Quiebra

La inevitable bancarrota griega

Grecia tiene en estos momentos una deuda pública del 150% del PIB después de cerrar 2010 con un déficit público cercano al 10%. No es que los ingresos fiscales se hayan desplomado –pues tras un transitorio bajón en 2009 si encuentran en máximos históricos–, es que el Estado griego, como todos los Estados pero éste un poquito más, gasta mucho, demasiado. El pasado ejercicio, pese a los continuos planes de ajuste que presuntamente la disciplinada Merkel les impuso, el sector público seguía dilapidando alrededor del 50% del PIB heleno.

Eso, que la mitad de la producción anual de un país pase por las manos de un Gobierno, no hay economía depresiva que lo aguante. Mucho menos cuando, para mayor desgracia, se tiene esa losa de endeudamiento encima: hoy el Estado griego está pagando alrededor de un 13% por su deuda pública a 10 años, lo que significa que, conforme vaya refinanciando ese 150% de deuda pública sobre el PIB –y deberá hacerlo porque no ha conseguido amasar un superávit presupuestario–, el coste sólo en intereses de la deuda se aproximará al 20% del PIB.

Dicho de otra manera, Grecia ahora mismo sólo tiene cinco opciones ante sí (o una combinación de las cinco):

  • Crecer nominalmente más de un 20% al año: Si entre inflación y producción real Grecia consiguiera aumentar su PIB más de un 20% al año, podría pagar los intereses de su deuda pública con el aumento de su riqueza. ¿Problema? Ni Singapur ni siquiera China han logrado esas tasas de crecimiento nominal. Y es completamente absurdo pensar tanto que el Banco Central Europeo tiene la capacidad como que posee la voluntad de generar más de un 20% de inflación anual: no creo (o eso espero) que los ahorradores de toda la Unión Europea consistieran semejante expolio sólo para que el apéndice griego no quebrara.
  • Amasar un superávit presupuestario primario del 20% del PIB: Es decir, o bajar el gasto alrededor del 30% o subir la presión fiscal al 70% del PIB. Lo primero podría ser deseable, pero probablemente arderían las calles del país; lo segundo no son más que sueños húmedos intervencionistas, como bien ilustra esa representación del umbral de dolor tributario que es la curva de Laffer.
  • Vender activos: Lo más sensato junto al recorte de gasto sería la opción que el propio Gobierno griego planteó hace unos días, la venta de activos del sector público. Claro que el monto del que se habló, 50.000 millones de euros, es a todas luces insuficiente. Con ello sólo se rebajaría la deuda pública a aproximadamente el 125% del PIB, lo cual, especialmente si subsiste el abultadísimo déficit público actual, sigue siendo una cantidad imposible de atender. Por supuesto se puede incrementar el número de activos en venta y, de hecho, me parecería lo más honrado y conveniente que podría hacer el Ejecutivo heleno, pero tengamos presente que todos esos activos son altamente ilíquidos, lo que significa que el precio que podemos obtener por cada uno de ellos decrece con su oferta: no es lo mismo vender un piso que 10.000 de golpe.
  • Rescate europeo... con pérdidas: De momento el FMI y la Unión Europea han refinanciado deuda griega por importe de 110.000 millones de euros (el 47% del PIB). Pero refinanciar sólo supone postergar el problema, no solucionarlo. Para solucionarlo por la vía del rescate, alguien tiene que comerse el agujero que ha dejado el sector público griego y, desde luego, debería ser por una cuantía superior a esos 110.000 millones. Es muy dudoso que alguien quiera presentarles esa factura a sus contribuyentes Por cierto, que esta vía sería nefasta para España, pues implicaría una reducción muy considerable del dinero que tiene preparado Europa para (intentar) rescatarnos.
  • Suspensión de pagos con quita y espera: La última de las posibilidades, la única realista combinada con la liquidación de activos y un drástico ajuste presupuestario, es que Grecia reestructure su deuda aplicando una quita de entre el 40% y el 50% (dependiendo de la magnitud de la liquidación de activos y del ajuste presupuestario) y un aplazamiento en los pagos de su deuda. Sólo reconduciendo sus pasivos a niveles cercanos al 70% del PIB y con superávit en las cuentas públicas, la incertidumbre comenzará a despejarse y los tipos de interés a reducirse algo (tampoco creamos que mucho; los países impagadores es lo que tienen, que nadie quiere volver a prestarles dinero). Por supuesto, los inversores que compraron deuda griega saldrían escaldados, pero, oye, que la deuda pública occidental fuera un activo libre riesgo sólo ha sido una conveniente mentira difundida por los estatólatras de turno. Quien invierta mal, pierde, como nunca debería haber dejado de ser.

Así están las cosas. Creo que no hace falta ser muy avispado para saber por dónde irán los tiros en los próximos meses. Lo que hoy se discute en los corrillos privados, terminará haciéndose público en ruedas de prensa. Es lo que tiene cebar el Estado... que termina explotando y llevándose por delante a medio país.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.
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