Raquel Merino Jara
Inversión en valor

Seis maneras de batir al mercado

Sea cual sea la clase de acción por la que se opte, es un requisito indispensable previo a la inversión un suficiente conocimiento del negocio elegido

RAQUEL MERINO JARA

Como inversores, no podemos esperar lo mismo de todas las acciones. Y no podemos hacerlo por dos motivos básicos: no todos los accionistas se fijan los mismos objetivos marcados por la dupla revalorización-aversión al riesgo ni todas las compañías presentan las mismas características.

Así pues, las empresas, como los seres humanos, pasan por distintas fases a lo largo de su vida (ciclo de vida). Las puertas que parecen abrirse de par en par cuando alguien tiene 25 años y el ímpetu con que varios caminos son susceptibles de tomarse a dicha edad, por lo general, no son repetibles a los 50. En cambio, el temple y el saber hacer gracias a la experiencia y los años de estar en primera línea son rasgos más propios de personas de 50 años. Por las mismas, una empresa joven y dinámica puede brindar un gran potencial de crecimiento y cintura para adaptarse a entornos cambiantes. Mientras, una organización ya asentada, que lleva siendo puntera durante muchos años, estará previsiblemente menos sujeta a vaivenes y tenderá a ofrecer resultados más estables.

Asimismo, empresas y personas son muy distintas entre sí. No podemos esperar que, al margen de edades y condiciones, todos debamos tener la misma aversión al riesgo, el mismo entusiasmo, el mismo grado de implicación, la misma capacidad de aprender, la misma suerte.

Esto explica que, a la hora de elegir acciones, debamos tener en cuenta tanto nuestro propio perfil inversor como las características de las empresas en que podemos invertir. Una clave fundamental para la inversión exitosa reside en la buena tipificación de cada clase de compañía. Si conseguimos hacerlo con buen juicio, podremos saber qué esperar de nuestra elección tanto en los mejores como en los peores escenarios.

Frente a una aproximación neoclásica que maneja la "hipótesis del mercado eficiente", según la cual toda la información relevante se conoce y se incorpora en la toma de decisiones empresarial y, por tanto, es imposible obtener de forma consistente rendimientos superiores a la media, nuestra aproximación, que bebe de las ideas de la Escuela Austríaca de Economía, destaca que el conocimiento es algo privativo de cada uno, así como los medios utilizados y los fines perseguidos.

De esta manera, la información que es relevante para gestores o agentes individuales de inversión según su filosofía seguida tendrá muy poco en común. Para un trader que opera apalancado, los datos relevantes en la compraventa de acciones son las resistencias, soportes y otra serie de indicadores técnicos, mientras que un value investor (inversor en valor) buscará ventajas competitivas que piensa puede disponer la empresa o activos intangibles (know-how) que están siendo pasados por alto por el grueso de los inversores.

Desde luego, a diferencia de la hipótesis neoclásica, no todos los empresarios buscan lo mismo ni son capaces de poner en marcha proyectos con iguales resultados. Habrá líderes empresariales que, por corazón, por establecer un sistema de producción superior a sus competidores o por ambos (a veces, aderezado con una pizquita de suerte), se empecinarán en superar sistemáticamente a la media.

Teniendo presentes todos estos elementos –distintos perfiles inversores, distintas fases y características de una empresa y distinto desempeño–, vamos a recuperar la taxonomía que elaboró Peter Lynch en su magnífica obra Un paso por delante de la bolsa (One up on Wall Street) con objeto de mostrar cómo se pueden obtener oportunidades de ganancia para cada tipología de acción e inversor, permitiéndonos saber qué esperar de cada compañía para lo bueno y para lo malo.

Eligiendo comprar acciones en cualquiera de estas seis categorías y teniendo claro cuándo hacerlo y lo que podemos esperar de ellas, posiblemente obtendremos unos rendimientos más que satisfactorios.

1. Empresas en crecimiento

La primera de esta clase de valores en los que invertir es la que agruparemos bajo el epígrafe de "crecimiento". Son todas aquellas empresas cuyos beneficios por acción (BPA) se incrementan anualmente como mínimo por encima del 15% o, mejor aún, del 20%. Dicho de otro modo, son empresas capaces de duplicar su beneficio cada tres o cuatro años y de hacerlo principalmente a través del crecimiento orgánico y la reinversión de lo ganado.

Conviene tener presentes tres advertencias con respecto a las mismas. La primera es que el momento ideal para invertir en ellas es una vez han demostrado la viabilidad del modelo de negocio. Se debe huir de empresas que prometen mucho, pero aún no han demostrado nada (como tantas puntocom a finales de los 90).

La segunda recomendación es que se compren siempre que el múltiplo del PER con el que cotizan sea inferior a la tasa de crecimiento esperada a medio plazo. Dicho de otro modo, siempre que su PEG (price earning to growth, que pone en relación el PER con la tasa de crecimiento porcentual del beneficio por acción) sea inferior a 1 y, mejor aún, si es menor de 0,75. Ejemplo: una empresa con PER 15 y tasas de crecimiento esperadas del 15% tendría un PEG de 1.

También es prudente evitar empresas de este tipo con un PER superior a 30, pues implicaría tener que mantener crecimientos de beneficios superiores al 30% durante un periodo de tiempo prolongado, algo que históricamente se demuestra extremadamente improbable.

Un buen ejemplo de este tipo de compañía es Inditex, la mayor empresa textil de España, que durante décadas ha promediado crecimientos superiores al 20% merced a la continua apertura de tiendas, primero en España y, más tarde, internacionalmente, financiadas con la reinversión de beneficios.

2. Empresas sólidas

La segunda clase de acciones propuesta por Lynch es la de "empresas sólidas". Esta categoría está constituida por empresas importantes con ratios de rentabilidad económica y crecimientos del beneficio por encima de la media, pero ya algo maduras para tener los crecimientos extraordinarios del primer grupo.

Constituyen una excelente opción para los inversores que apuestan por el "valor" (value investors). En este caso, la mejor opción es comprar a PER bajo y aprovechar la doble revalorización que a medio plazo debe producirse en las mismas merced al crecimiento del beneficio anual y el hecho de que los inversores estarán dispuestos a pagar un PER más elevado al descubrir la calidad y solidez del negocio.

Una vez obtenida tal revalorización, que, de acuerdo con Lynch, puede estar en torno al 50 o 60% en un par de años, lo ideal es rotar hacia otros valores de este mismo grupo que de nuevo cumplan las condiciones señaladas.

Ejemplos históricos interesantes han sido los de Coca Cola o Gillette, que proporcionaron a Warren Buffett enormes beneficios durante décadas.

3. Acciones de alto dividendo

Una tercera opción la forman las "acciones de alto dividendo". Esta elección es ideal para aquellos inversores que necesitan rentas monetarias anuales estables –principalmente jubilados, viudas y huérfanos–.

Aquí no basta con seleccionar la empresa que haya dado el mejor dividendo el último año, sino que nos cubriremos eligiendo valores con impecables historiales (al menos, más de diez años sin fallar el pago en ninguno de ellos). Además, buscaremos niveles de payout (el porcentaje del beneficio que se reparte entre los accionistas cada año) no demasiado altos; así, si caen los beneficios, podrán mantenerse sin gran dificultad los dividendos.

Generalmente, este tipo de empresas tiene un importante volumen de su corriente de ingresos más o menos garantizado por la gran estabilidad de su negocio (enseguida, viene a la mente el caso de las eléctricas, la red de gas, etc.) o su carácter de concesionaria de algún servicio público (autopistas, por ejemplo).

El hecho del pago del propio dividendo suele servir también como soporte preventivo de fuertes caídas en la cotización. Tenemos así que este tipo de acciones son lo más parecido a la renta fija que uno puede encontrarse en el mercado de acciones, si bien con la eventual ventaja de que el dividendo tiene tendencia a incrementarse con el paso de los años, cosa que no ocurre generalmente con el cupón de los bonos (salvo los indiciados a la inflación).

Un ejemplo de empresa en la que prima el dividendo nos lo ofrece Telefónica, que en estos momentos tiene una rentabilidad por dividendo (dividendo por acción dividido por la cotización) del 7,43% y un payout del 58,4%.

4. Empresas cíclicas

El cuarto lugar de la clasificación de Lynch lo ocupan las empresas cíclicas, de las que ya hablamos en un artículo anterior. Dentro de ellas, estarían incluidas las empresas de automóviles, las constructoras, las inmobiliarias, las acereras, los fabricantes de bienes de equipo, etc. Es decir, todos aquellos sectores que necesitan inmovilizar más inversión (más intensivos en capital) y cuya demanda fluctúa mucho en función de la expansión o contracción del crédito y de la fase del ciclo en que se encuentre la economía.

En este tipo de inversiones, acertar con el momento es un asunto clave. Entrar en momentos de precios deprimidos, poco antes de un gran despegue y cabalgar sobre toda la fase expansiva puede producir grandes plusvalías, mientras que llegar tarde a la fiesta puede diezmar nuestra inversión –véase el caso de las constructoras y las inmobiliarias españolas en 2007–.

Otro elemento que ya analizamos en el citado artículo y que hace la inversión en cíclicas algo más complicado es el hecho de que en esta clase de empresas un PER bajo no implica necesariamente una buena oportunidad debido a la mayor volatilidad de los resultados de beneficio.

Por ejemplo, Sacyr Vallehermoso o Cementos Portland llegaron a multiplicar por diez su cotización durante el boom para luego caer a plomo durante la crisis.

5. Empresas recuperables

El quinto grupo son las empresas que Lynch denomina "recuperables". Son empresas que atraviesan por dificultades, pero están en camino de la recuperación merced a nuevas estrategias, planes de ajuste y viabilidad, etc. Acertar aquí puede producir grandes revalorizaciones, pues no es inusual que la cotización de este tipo de empresas haya caído incluso bastante por debajo del valor contable, como también vimos en un pasado artículo. A diferencia del caso de las cíclicas, la evolución de la cotización de una empresa de esta clase no depende demasiado de la evolución del mercado en general. Dinergy fue el ejemplo analizado en ese momento, para el que nos guiamos, sobre todo, del ratio PBV como aproximación al valor liquidativo de la empresa.

6. Empresas con baza oculta

El último conjunto tratado en One up on Wall Street es el de las "empresas que juegan con una baza oculta". Son empresas que disponen de alguna clase de activo más o menos oculto en la contabilidad y que el mercado está pasando por alto: desde patentes y copyrights pasando por inmuebles o concesiones.

Evidentemente, esta clase de descubrimiento requiere de un profundo conocimiento de la empresa en cuestión y normalmente está más al alcance de aquellos inversores que tienen una mayor relación de proximidad con la empresa: clientes, personal, vecinos de la zona...

Pese a no tratarse de una empresa cotizada, es bien ilustrativo el caso del Real Madrid, que se hizo con una venta millonaria de los terrenos de su ciudad deportiva, ubicados en una privilegiada situación en la prolongación del Paseo de la Castellana, gracias a una recalificación. A partir de entonces, cambió completamente su situación económica, pasando de ser una empresa con graves problemas financieros a convertirse en uno de los clubes más ricos del mundo.

En todo caso, sea cual sea la clase de acción por la que se opte, Peter Lynch considera como requisito indispensable previo a la inversión un suficiente conocimiento del negocio elegido: ¿a qué se dedica la empresa?, ¿de dónde salen sus beneficios?, ¿qué posición ocupa y cuáles son sus puntos fueres y débiles? Igualmente, debe tenerse presente el escenario de desenvolvimiento previsto para la acción/compañía elegida para poder seguir su evolución y valorar si la historia que nos habíamos dibujado está siendo o no cumplida.

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