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Un día cualquiera

¿Quién ha limitado nuestra libertad con impuestos, regulaciones, multas, controles y prohibiciones de toda suerte? ¿Quién fija desde lo que nos cuesta la luz hasta la velocidad máxima a la que podemos conducir? No han sido "los mercados", no.

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Viajo en tren y leo El País un día cualquiera.

Juan Aguirre, del dúo Amaral, declara: "Solo hay un partido el ‘PPOE’, y responde ante los intereses del FMI". El FMI es una entidad pública, nutrida con dinero de los contribuyentes, y donde todo es política. Sus últimos dirigentes han sido dos ex ministros, Rato y Strauss-Kahn, y su próxima directora también sale de un ministerio, Christine Lagarde, y todos fueron designados por presiones de sus partidos respectivos, pero el señor Aguirre concluye que es el FMI el que manda sobre los políticos, y no al revés.

Pablo Yuste, director de la Oficina de Acción Humanitaria, proclama: "La especulación genera hambre". Su tesis es que la subida de los precios de los alimentos resulta letal para los más pobres, que apenas tienen una renta suficiente para comprar comida. Podría argumentarse que el encarecimiento de los alimentos es una ventaja para los numerosos modestos agricultores que los venden. Pero dejemos esto de lado y admitamos la razonable idea de don Pablo del perjuicio que el fenómeno ocasiona en quienes los compran. Aun admitiéndolo, lo que no es evidente es su punto de partida: unos malvados especuladores que hacen subir los precios. Si esto fuera tan fácil, no se entiende por qué tan poderosos personajes no manipulan siempre las cotizaciones y muchos de ellos se arruinan cuando los precios bajan.

Pero, ¿por qué suben? Puede haber buenas razones, como la disminución de la pobreza y la consiguiente mayor demanda de alimentos agrícolas o de materias primas agrícolas como pienso para el ganado. Y las malas razones, digamos, la pérfida especulación, obligan a considerar un aspecto que don Pablo omite: la desestabilización monetaria causada por las autoridades. Es una especulación de la que nunca se habla.

Por fin, Antonio Valdecantos, catedrático de Filosofía, dice que las decisiones ya no las pueden tomar ni personas ni mandatarios "sino ciertos agentes económicos transnacionales, enigmáticamente llamados ‘los mercados’, que conceden a Gobiernos y ciudadanos la capacidad de sancionar políticamente lo que ya está económicamente decidido". Y la crisis será ocasión "para extender la lógica del mercado a la totalidad de la vida, sin dejar resquicio alguno fuera".

El delirio de que existen fabulosos poderes exteriores que aniquilan nuestra capacidad de decisión no debería formar parte del bagaje intelectual de ningún universitario. Por desgracia, está muy extendido, a pesar de que no tiene sentido, por dos razones. En primer lugar, no hay "mercados" como seres independientes sino reacciones ante conductas de los Gobiernos: digamos, si don Antonio cobra 100 y gasta 200, y al final ningún banco quiere prestarle dinero para cubrir la diferencia, sería absurdo que clamara contra la perversidad de "los mercados". Más bien concluiría que lo que pasa es resultado de su propia acción. Lo mismo sucede con los Estados.

Y a tales Estados convendría que dirigiera su atención el profesor Valdecantos. Es verdad que los ciudadanos tomamos cada vez menos decisiones, pero ¿quién ha limitado nuestra libertad con impuestos, regulaciones, multas, controles y prohibiciones de toda suerte? ¿Quién fija desde lo que nos cuesta la luz hasta la velocidad máxima a la que podemos conducir? No han sido "los mercados", no.

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