Rajoy

El cambalache

Mariano Rajoy, que ya empieza a desprender el suave aroma a BOE que tanto amansa a las fieras, se acaba de despachar con una verdad a medias a fin de sosegar a los mercados. Pues, como todos los políticos, el gallego también ignora que el único modo efectivo de contagiar tranquilidad al dinero consiste en permanecer tranquilo. De ahí esa liturgia recurrente, la de los dirigentes desfilando ante las cámaras de la televisión para avivar aún más el pánico financiero con sus compulsivos llamamientos a la calma. Así, fiel a la tradición, don Mariano corrió ayer a declarar que "España es un país solvente, pese a su Gobierno".

"Y a su Oposición", le faltó añadir. Repárese, si no, en el último cambalache vergonzante que acaban de maquinar PP y CiU en el Parlament. Me refiero, huelga decirlo, al apaño que, bendición de Génova mediante, habrá de permitir que la Generalidad ignore –un año más– el déficit máximo fijado a las autonomías. Y es que, merced a las muy generosas tragaderas del de Pontevedra, los catalanistas han vuelto a convertir en papel mojado lo que se acordó en el Consejo de Política Fiscal y Financiera. El célebre techo del 1,3 por ciento del PIB va a quedar entonces en mandato exclusivo para valencianos, murcianos, manchegos y demás gentes de mal vivir.

Por su parte, y con carácter exclusivo, Cataluña ha visto elevar al 1,8 ese muro infranqueable que constriñe el gasto del resto. Todo un presagio del implacable rigor y la férrea disciplina fiscal que el Partido Popular piensa imponer a las comunidades díscolas en cuanto se instale en el poder. En la Plaza de San Jaime deben estar temblando... de risa. Aunque no, por cierto, en las oficinas centrales de Moody’s, donde no se acaba de encontrar la gracia a las licencias periféricas de Rajoy. Por algo, su último boletín interno reza, lacónico: "el caso de Cataluña muestra que el Gobierno central no dispone de herramientas efectivas para forzar el cumplimiento presupuestario por parte de las comunidades autónomas". Pero acaso lo peor sea que tampoco dispondría de gobernantes prestos a hacerlo cumplir. Ni los hay hoy, ni parece que mañana los vaya a haber. Y las fieras, silentes.

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