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Ya ni Suiza es refugio seguro

Uno de los últimos reductos de la ortodoxia en la política contra la inflación puede estar viniéndose abajo ante el efecto arrastre de la zona euro.

Raquel Merino Jara
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¿Ni Suiza se salvará? ¿Ni siquiera es Suiza un sitio seguro para garantizar los ahorros? Ambas cuestiones son de lo más pertinente visto lo visto. Y es que hace una semana que el Banco Nacional de Suiza decidió anclar su moneda a un cambio fijo mínimo de 1,2 francos por euro ante la fuerte apreciación que estaba experimentando su moneda. Con esta medida, el Banco Central helvético pone las bases para que el Franco suizo deje de ser moneda refugio. No sólo eso, podemos estar en el preludio de una guerra entre países por debilitar sus propias divisas. Una guerra a la que podrían incorporarse los Estados Unidos y las potencias de Asia.

Efectivamente, Suiza no se está salvando de la quema y el efecto contagio del entorno con quien mantiene estrechas relaciones comerciales y monetarias, la Eurozona, se está haciendo sentir de manera muy acentuada.

Otra noticia reciente nos brinda la posibilidad de ilustrar la problemática a la que se enfrenta este país. La deuda suiza a dos años ha estado cotizando a un interés negativo del 0,01%. Lo que ello implica es que, en lugar de que el tenedor del título obtenga una remuneración por prestar su dinero a dos años, le cuesta dinero ser poseedor de una promesa de pago futuro del Gobierno suizo.

Como es fácil de imaginar, esto sucede en casos muy esporádicos y anormales. En este caso, que el tipo de interés sea negativo se explica por la cantidad de capitales que está atrayendo Suiza ante el pavor de ahorradores e inversores de Grecia, Italia, España, etc., que buscan ante todo y sobre cualquier otra cosa seguridad. Quieren conservar su patrimonio más líquido en un país que hace gala de una mayor ortodoxia fiscal y financiera (de ahí que inviertan en deuda pública a corto y medio plazo), que además cuenta con la particularidad de una moneda sana y poderosa que no hace más que apreciarse, lo que podría suponer ganancias al cambiar esa moneda a la del país de origen cuando se repatríe el dinero.

Empresas, inversores institucionales –fondos de inversión, pensiones, endowments...– o patrimonios particulares de alguna importancia son los agentes más proclives a reflejar este comportamiento financiero. Grandes volúmenes de tesorería ya no se sienten cómodos con los tradicionales depósitos bancarios a corto plazo (recordemos que el fondo de garantía de depósitos sólo cubre cantidades inferiores a 100.000€ en España o cifras parecidas en Europa y EEUU). A todas luces, esa falta de garantía está moviendo a algunos de estos medianos y grandes inversores a colocar su liquidez en instrumentos de corto y medio plazo en destinos donde hoy día tiene visos de conservar su valor en el tiempo.

En suma, los ahorradores están diciendo: "Tome mi dinero. No sé dónde meterlo; no sé si quebrarán los bancos privados de mi país; no sé si quebrará el Estado, nos expulsarán del euro, devaluaremos y perderé mis ahorros. Cualquier escenario que vislumbro es de lo más gris. ¡Pagaría porque me lo mantenga a buen recaudo y sin devaluarse!". Y aunque el franco suizo esté caro, el cliente compra deuda pública; y aunque el tipo de interés sea negativo, claro que está dispuesto a pagar ese plus.

Y cómo afecta todo esto a la estabilidad monetaria y cambiaria suiza. Parece extraño afirmar que importar capital sea ahora un problema para un país. El caso es que todos aquellos que invierten masivamente en deuda pública suiza –u otros activos– están demandando francos suizos a espuertas al tiempo que se deshacen de la moneda contraparte (por ejemplo, el euro). De esta manera, la revalorización del franco suizo es inevitable y, con ella, el encarecimiento de los productos que Suiza exporta. Los servicios financieros y los bienes cada vez son más caros en el exterior, cayendo las exportaciones y aumentando las importaciones.

Suiza, inevitablemente y por más que no hubiera querido una intervención cambiaria de esta índole, se enfrenta a la difícil elección de todas aquellas monedas que reciben un "dinero caliente" que va saltando de país en país (o de activo en activo) dejando cadáveres por el camino. Puede aceptar la revaluación de la moneda, debiendo hacer frente a una brutal pérdida de mercados a los que antes exportaba y que sostenían sectores económicos enteros. O puede intervenir en el mercado con emisiones masivas de su propia moneda con la que comprará esas otras divisas. Se trata de lo que Suiza acabará haciendo, llenándose a cambio de euros (y dólares) para poder mantener la paridad mínima de 1,2 francos por euro.

Con esta segunda medida, conseguiría estabilizar el precio de su divisa, si bien importará inflación del exterior. Dicho de otro modo, el nuevo dinero que emita el Banco central de Suiza estará respaldado por activos compuestos por una mayor cantidad de euros de cada vez peor calidad. Por Suiza circulará más moneda que además estará peor respaldada, con la amenaza para la estabilidad de los precios que ello representa. No nos debemos llevar a engaño. No es la primera vez ni será la última en que los socios comerciales de Suiza le arrastran pese a estar más saneado y no haber cometido tantas imprudencias como sus vecinos. En 1936, la Confederación helvética devalúo el franco suizo después de que saltara por los aires la Unión Monetaria Latina, desatándose la gran espiral de devaluaciones competitivas y furor proteccionista que acabaría desembocando en la Segunda Guerra Mundial.

Más recientemente, cuando padecimos la crisis del sistema monetario europeo del 92, Gran Bretaña, España y Francia también devaluaron haciendo tambalear los cimientos exportadores y financieros de la economía alemana. Ello explica que rápidamente los teutones impulsaran la creación de una moneda común fuerte integrada por unos miembros que, en medio de una crisis fiscal interna, no pudieran recurrir por sistema a guerras de divisas para ganar competitividad y aliviar su endeudamiento con el exterior de "un plumazo" (y, con ello de un plumazo también, hundir al país vecino).

La incógnita ahora es saber qué activo será refugio si ni Suiza ni, previsiblemente, Japón quieren tener este honor. No es casualidad que en este entorno el oro fijara máximos históricos la semana pasada.

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