Productividad

El paro que no consta como tal

Estamos convencidos de que, en economía, los milagros no existen. Esta afirmación es lógica, si pensamos que la economía busca explicar la relación de unos medios con unos fines, relación que no se da, al menos visiblemente, cuando nos situamos ante los milagros.

La razón de ser de estas líneas se encuentra en la preocupación que por el optimismo desmedido de parte de la población, también de algunos medios, esperando que, tras las elecciones, la tendencia económica cambie rápidamente convirtiendo, lo que es recesión en expansión, y lo que es elevado desempleo en virtual pleno empleo.

Vaya por delante que la actividad económica posee una inercia para el bien y para el mal. Ni se para instantáneamente, ni tampoco de repente inicia una carrera a gran velocidad. Igual que la economía expansiva del Gobierno de Aznar no se detiene en el instante en que comienzan los despropósitos de Zapatero, siguiendo altas sus tasas de crecimiento en 2004, 2005 y 2006 –este último con signos de debilidad–, tampoco puede esperarse que el derrumbe económico y la recesión a la que conducen los gobiernos del PSOE, cambie de forma inmediata cuando el señor Rajoy asuma el Gobierno.

Igual que hubo una inercia para lo bueno, que benefició sin mérito alguno a Zapatero, habrá también una inercia para lo malo, perjudicando indebidamente la gestión de Rajoy. Si el arrastre del mal del PSOE consigue resolverse en un par de años, será con gran esfuerzo y por virtud de sus artífices. Así que, de ilusiones, nada.

Y una variable es especialmente notoria por el anhelo que plantea su mejora, si no su solución. Me refiero al paro; a esos cinco millones que, con toda probabilidad se verá crecer en el próximo futuro, pese a la hipócrita manifestación de Elena Salgado, sorprendida porque no baja el paro. Si realmente queremos una economía española competitiva, se requiere un aumento significativo de la productividad, lo que no se podrá conseguir sin un mercado de trabajo ajustable a la realidad económica.

La rigidez actual del mercado de trabajo encubre como empleo lo que realmente es desempleo; se trata de un empleo que no produce, es decir, un paro, pero al que se le paga un salario y figura estadísticamente como empleo. ¿Qué hacían los cinco millones de parados cuando, estando activos, el PIB era sustancialmente el mismo que cuando están parados? Observemos que en 2008, 2009 y 2010, el empleo se contrae mucho más que el PIB, lo que indica el bajo rendimiento de los rescindidos. ¿Han aumentado o mejorado los servicios por el aumento del empleo público? Tampoco; es decir, ineficiencia.

¿Es posible aumentar productividad sin necesidad de aumentar el paro? Hoy quizá no. Hay mucho parado total o parcial que no consta como tal. El principio socialista de que mejor pagar salarios que prestaciones o subsidios es, simplemente, suicida. Cuando no se reconoce el problema, no cabe esperar una solución. 

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