Historias pintorescas de economistas ilustres

Menger, ya mayorcito, tiene un hijo de soltero

En la década de 1870 se produjo un cambio fundamental en la teoría económica. En un período de tiempo muy breve tres economistas formularon, de forma independiente, los principios del análisis económico moderno. El fenómeno se conoce como "revolución marginalista". Y sus protagonistas fueron William S. Jevons en Gran Bretaña, Leon Walras en Lausanne y Carl Menger en Viena. Sus enfoques fueron diferentes e, incluso, su forma de entender la teoría económica no fue la misma en muchos aspectos. Pero los tres coincidieron en la necesidad de abandonar la teoría objetiva del valor; y, gracias a ellos, la utilidad y los costes marginales se convirtieron en el fundamento del análisis del comportamiento de los consumidores, las empresas y los mercados.

Los tres personajes tuvieron un carácter peculiar. Ya he contado en otro artículo que Jevons tenía una curiosa obsesión por acumular en su casa una cantidad enorme de papel de escribir. Y ya llegará el momento de hablar de Walras. Nuestro economista de hoy es Carl Menger. Nacido en Neu-Sandez, en Galitzia –entonces territorio austriaco– el año 1840, estudió Menger derecho, ciencias políticas y economía en Viena, Praga y Cracovia. Tras un breve paso por la administración pública, en 1873 empezó su brillante carrera académica, uno de cuyos hitos fue ser el tutor del príncipe Rudolf, el heredero del trono del Imperio que, en 1889, se suicidó con su amante –la baronesa Vetzera – en el refugio de caza de Mayerling.

Carl Menger se convirtió pronto en el principal economista del mundo de habla alemana. Protagonizó un duro debate con Schmoller y los historicistas alemanes, que negaban no sólo el carácter universal de los principios económicos sino también la posibilidad misma de una teoría económica general. Y sentó los principios de la escuela austriaca de economía; de modo que teóricos tan brillantes como Böhm-Bawerk, Mises o Hayek fueron, en muchos sentidos, sus discípulos intelectuales.

En 1903, cuando tenía 63 años, renunció a su cátedra y abandonó la enseñanza para siempre. Pero ¿por qué lo hizo? No había cumplido la edad habitual de jubilación, que para los catedráticos austriacos estaba en torno a los setenta años. Las biografías convencionales han hablado de problemas de salud, lo que resulta bastante discutible, ya que no murió hasta dieciocho años más tarde. Se ha dicho también que necesitaba todo su tiempo para trabajar en un tratado de economía que nunca llegó a terminar.

Pero la realidad es bastante diferente. La auténtica razón hay que buscarla en el hecho de que en 1902 nació su hijo Karl. Este llegó a ser, por cierto, un excelente matemático, que hizo –entre otras cosas– aportaciones muy interesantes al cálculo de probabilidades, campo muy relevante para el análisis económico. Pero su llegada al mundo no fue fácil. Menger tenía entonces nada menos que sesenta y dos años y estaba soltero. La madre de la criatura se llamaba Hermine Andermann, con quien nuestro economista mantuvo una larga relación sentimental. Nunca se casó con ella, sin embargo. Y en 1921 Menger falleció soltero. Su actitud a este respecto resulta bastante sorprendente si se tiene en cuenta que se preocupó mucho por su hijo y movió –con éxito– todas sus influencias en la corte de Viena para lograr la legitimación del joven Karl. Más fácil le habría resultado, sin duda, casarse con Hermine. Quienes mejor conocen su vida y su obra insisten en la idea de que no lo hizo porque no pudo. Se especula con que Hermine tal vez fuera judía, mientras que Menger era católico. Y es posible que estuviera casada, lo que habría planteado un problema irresoluble en un país en el que no existió el divorcio –con posibilidad de contraer un nuevo matrimonio– hasta el año 1938.

Es interesante también observar cómo en las notas biográficas de Karl Menger se ha tratado –y se trata aún en algunos casos– de dar una versión edulcorada del asunto. Se encuentran textos, por ejemplo, en los que se afirma que su madre estaba casada con su padre, a pesar de la clara falsedad del dato. Y más llamativo aún es que algunas de estas notas dicen que Hermine era novelista o incluso una "conocida novelista". Falso también, me parece. Nadie ha hecho nunca referencia a sus obras. Y yo mismo he buscado en repertorios bibliográficos internacionales y no he encontrado una sola referencia a libros escritos por alguien que tuviera el nombre de Hermine Andermann.

No dudo de la buena intención de los biógrafos. Pero creo que ya es un poco tarde para arreglar el lío que dejó el viejo Carl.

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