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La receta de los demagogos

¿Qué no llega parné? Pues muy fácil, se les quitan los coches oficiales a los políticos, que son todos unos mangantes, y asunto resuelto, como gusta proclamar el sabio pueblo.

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Ese "ticket moderador" del consumo farmacéutico que en Cataluña acaba de implantar el profesor Mas-Colell, una autoridad mundial en Teoría Económica, está llamado a abrir la caja de Pandora de la demagogia garbancera. Es bien sabido, aquí los servicios públicos, sin excepción posible, deben ser gratis total, igualito que las perchas en El Corte Inglés, el perejil en las fruterías y el gasto de saliva en las discusiones para arreglar España ante las barras de los bares. Recuérdese si no lo que pasó, allá por 2004, cuando sus propios conmilitones forzaron a Marina Geli, la consejera de Sanidad del Tripartito, a humillarse y rogar perdón por su grave pecado de lesa progresía.

A la buena mujer se le había ocurrido sugerir el copago de la asistencia médica pública (otro eurito) con el argumento de que el sistema iba derecho, ya entonces, a la quiebra cierta. Anatema que a punto estaría de costarle su carrera política en el bando de los virtuosos. Aunque en esa materia tampoco es que la tropa de la diestra ande mucho más dispuesta a transigir con la realidad. ¿Qué no llega parné? Pues muy fácil, se les quitan los coches oficiales a los políticos, que son todos unos mangantes, y asunto resuelto, como gusta proclamar el sabio pueblo. Que se vaya preparando el ínclito Colell, le van a dar hasta en el carné del PSUC que portaba en la década de los sesenta. Porque las recetas del seguro no pueden valer ni un céntimo, faltaría más.

Y lo de menos es que la factura farmacéutica a este lado de los Pirineos supere en un ¡cuarenta por ciento! a las de terruños tan atrasados, misérrimos y tercermundistas como Bélgica, Dinamarca o el Reino Unido. Países todos ellos donde los pensionistas, destinatarios de siete de cada diez cajas de medicamentos en España, contribuyen con algún tipo de desembolso al pago de los fármacos. Pero, lo dicho, ni hablar del peluquín. Ya lo ordenó Unamuno: "¡Que inventen ellos!". Nosotros, a lo nuestro: barra libre y a vivir. Bien haría, sin embargo, el investido no escudándose ahora tras la coartada del argumento leguleyo (la invasión autonómica de competencias estatales). ¿Se atreverá, tal como prometió, a no buscar el aplauso fácil del vulgo? Veremos.

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