Medidas anticrisis

Un 10 para Rajoy

Acaso lo único sorprendente de las primeras medidas económicas del presidente Rajoy es que haya quien se diga sorprendido por ellas. Y más tratándose de caballeros que ya peinan alguna cana, gentes a las que uno suponía curadas de esos espantos doctrinarios tan caros al ardor juvenil. A fin de cuentas, cualquiera que sepa algo de economía (de economía digo, no de literatura de ciencia ficción sobre capitalismos utópicos y otras milongas) ha de admitir su absoluta procedencia. El Gobierno ha hecho lo que tenía que hacer. Lo ha hecho pronto. Lo ha hecho bien. Y lo ha hecho eludiendo maquiavélicos filibusterismos electorales.

Pronto porque la perentoria subida de los impuestos, tan dolorosa para su base sociológica como inevitable, no admitía mayor demora. Bien porque la opción por los tributos directos –frente al IVA– mutilará en menor grado el consumo (igual que propiciará una distribución equitativa de los sacrificios entre la población). Y lo ha acometido, decía, evitando la tentación, aquí tan recurrente, del tacticismo cortoplacista. Fiel a la tradición secular de la plaza, Rajoy pudiera haber esperado a las andaluzas antes de administrar la primera dosis de aceite de ricino. No lo ha hecho. Y eso le honra. Nada de ello, sin embargo, habrá de aliviar la súbita zozobra que aqueja a los partidarios del modelo somalí. Como es sabido, en Somalia –al igual que en Zaire, Angola o Camerún– las cuentas públicas presentan un envidiable equilibrio consolidado.

De hecho, vienen reflejando un meritorio déficit cero desde el Big Bang a esta parte. Así las cosas, emular los logros centroafricanos estaría al alcance de nuestra mano. Al cabo hubiese bastado con clausurar todos los hospitales y colegios. Además de despedir a ese ochenta y dos por ciento de los empleados de las autonomías que labura en sanidad, educación y seguridad. Amén, huelga decir, de librar a los cinco millones de parados a su suerte, suprimiendo el seguro de desempleo. Aunque al presidente no se le ve mucho por la labor. Parece que no confunde –él no– a Adam Smith con Charles Darwin... El más lúcido de los opúsculos que compuso Lenin llevaba por título El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Cuánto bien le haría su lectura a alguna derecha pueril. ¡Cuánto!

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