Huelga general

Una de nuestras ficciones

Todo el mundo sabe en España, y los primeros quienes las convocan, que las huelgas generales han devenido una ficción que sólo alcanza visos de realidad en zonas acotadas y pasarían desapercibidas de no ser por la coacción que se teme y la que se lleva a cabo. Para lo que son se les da demasiada bola, pero no es en ese terreno, el real, donde se miden las fuerzas ni se sentencia el fracaso o el triunfo de una presión que es política por naturaleza. No hace falta ganar una huelga general en la calle para ganarle el pulso a un gobierno y es desde esa convicción, bien fundada en la experiencia, que se convoca. Porque han sido los gobiernos, los de uno y otro partido, los que han conferido poder real a estos rituales, al tomarlos como expresión genuina de la opinión pública, o como declaraciones de guerra que presagian nuevas y más cruentas batallas, y al ceder, en consecuencia, a su potencia simbólica.

Aunque parece obligado evaluar, dada la exagerada trascendencia que se le concede, si esta huelga ha tenido gran seguimiento o muy escaso, esa medición, siempre distorsionada por el factor coercitivo, será lo de menos. Comisiones y UGT, más los sindicatos nacionalistas, han puesto a sus liberados a trabajar, a la manera persuasiva que acostumbran, y es lógico que hayan logrado paralizar alguna actividad que, sin su concurso, no se hubiera sumado. Además de los cierres preventivos, claro. Se han pactado servicios ultramínimos en el transporte, a fin de facilitar la huelga y dificultar la vida al que quería ir al trabajo. Y el paro habrá sido absoluto en la enseñanza, donde no hace falta ni mandar piquetes. Uno, como es mi caso, puede haber pasado el día en Madrid sin percibir señal alguna de huelga ni de holganza, pero ya se encargarán las teles de mostrar la cara oculta de tanta normalidad, y sólo esa, por supuesto.

Hubo un tiempo, de ello hace décadas, que se revistió a Comisiones y UGT de una representatividad global del descontento con el gobierno, pero ese tiempo pasó a la historia. Ahora, montarle una huelga general a un gobierno de derechas que solo lleva tres meses, acentúa la impresión de que su papel se ha reducido a instrumentos del agit-prop de la izquierda. Y España no está para bromas. Muchos, ayer, abrieron sus negocios y fueron a trabajar conscientes de que podían afrontar escollos y amenazas. Veremos si el Gobierno de Rajoy está a su altura. O si, tal como se dijo en el Bicentenario de La Pepa,  resultará que la nación está muy por encima de sus autoridades.

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