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El Gobierno, pobrecillo

Los ciudadanos no pagamos impuestos a cambio de servicios sociales; pagamos impuestos porque es obligatorio hacerlo, independientemente de los servicios que la Administración pueda ofrecer, o no.

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Leí lo siguiente en una interesante entrevista en El País de Lydia Aguirre con Alan D. Solomont, embajador de Estados Unidos en España:

Pregunta: El ciudadano medio de la socialdemócrata Europa piensa que el Gobierno debe garantizar los servicios sociales porque para ello paga sus impuestos. ¿Hay algo erróneo en esta ecuación?
Respuesta: Creo que la ecuación no termina ahí. Podemos esperar que el Gobierno atienda necesidades básicas en educación, salud o recogida de basuras, pero eso no significa que los ciudadanos no tengan también responsabilidades con su comunidad. Tenemos el ejemplo de Higuera de la Serena [Badajoz]. El alcalde es de IU, no es alguien de derechas. Es un pueblo con una gran deuda que no puede financiar algunos servicios públicos, y lo que ha hecho la gente es juntarse para proveerlos. La tradición más rica de la socialdemocracia es la creencia de que cuidamos los unos de los otros. No solo pagamos impuestos. No podemos depender del Gobierno para todo. Además, creo que es bastante claro que no puede hacerlo todo.

Tanto la pregunta como la respuesta tienen el atractivo de condensar el pensamiento único. Por ejemplo, la supuesta obviedad de que pagamos impuestos para recibir una serie de servicios que el Estado "debe garantizar". El verbo "deber" no es conjugado por la periodista cuando habla de los impuestos, y eso que los impuestos llevan la coacción hasta en el nombre. Es reveladora la retórica que expresa la realidad fiscal como si fuera un contrato más: parecería, en efecto, que pagamos impuestos a cambio de servicios, como pagamos al tendero a cambio de un kilo de azúcar. Si le pagamos y nos niega el azúcar, nos indignamos porque no está cumpliendo con lo que "debe" hacer.

Pero esta identificación es falaz, y el pago de impuestos resulta fundamentalmente diferente del pago al tendero. La diferencia estriba en que, a pesar de la retórica contractual expresada por Lydia Aguirre, los ciudadanos no pagamos impuestos a cambio de servicios sociales; pagamos impuestos porque es obligatorio hacerlo, independientemente de los servicios que la Administración pueda ofrecer, o no.

La coacción, que es la razón de ser del Estado, su cualidad distintiva, resulta oscurecida en la pregunta, y aún más en la respuesta. El embajador Solomont transforma esa coacción en una colaboración abnegada de alguien al que no puede pedírsele todo. El Gobierno hace cosas, pero los ciudadanos tienen "también responsabilidades con su comunidad". ¿Cómo que "también"? Todo lo que el Gobierno hace lo hace con dinero extraído a la fuerza de los bolsillos de los ciudadanos, y el embajador habla como si fuera un socio más de los ciudadanos, que pone lo suyo y, lógicamente, espera que los demás pongamos lo nuestro. Oiga, que no: que lo del Estado también es nuestro.

El ejemplo de Higuera de la Serena es asimismo engañoso. No necesitamos ese caso para saber que los ciudadanos somos capaces de cooperar y de ayudarnos los unos a los otros. Eso no es "la tradición más rica de la socialdemocracia" sino la tradición humana, pura y simple, anterior a la política, y que prueba, por cierto, que ésta es contingente. En cambio, la tradición socialdemócrata es puramente política y se basa en la coacción sobre los ciudadanos, muchas veces argumentada, al contrario de lo que sugiere el señor Solomont, alegando que no podemos ni sabemos colaborar ni cuidarnos los unos a los otros si el Gobierno no nos obliga.

Pues bien, resulta que una vez que nos obliga, una vez que nos quita el dinero, no hace lo que promete, no brinda los servicios que supuestamente iba a brindar. Y entonces ¿cuál es la reacción de la corrección política? Pues pasarle la responsabilidad a la gente, porque el Gobierno, pobrecillo, "no puede hacerlo todo". 

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