Tontería económica

La gran desigualdad

Por recomendación de José Carlos Díez leo en La Vanguardia el texto "Alemania en la Gran Desigualdad", de Rafael Poch, corresponsal de La Vanguardia en Berlín. Es un buen compendio de aspectos ampliamente compartidos del pensamiento único. Nada fascina más a la corrección política como que haya tanto porcentaje de la humanidad con tan poco porcentaje de la renta total, y viceversa. Sospecho que es porque así muchos progres pueden jugar a buenos Procustos, mientras que si se tratara de la enorme desigualdad en talento o belleza sería más complicado. Y desde luego lo que jamás les preocupa es la desigualdad entre el poder y sus súbditos.

Otra idea popular es la antropomorfización del capital. La tesis progre, que recoge Poch con destreza, es ésta:

A partir de los años setenta el Capital perdió el miedo a los factores que perturbaban, y moderaban, su sueño histórico de dominio y beneficio sin concesiones ni fisuras. Es entonces cuando, aprovechando la primera crisis del petróleo de 1973, se comienza a desmontar el pacto social de posguerra en los países del capitalismo central, pacto que incluía una cierta socialización de la prosperidad, lo que a su vez contribuía a ampliar el consumo y a alimentar el crecimiento. A partir de políticos como Carter, Reagan y Thatcher, eso se sustituye por un enfoque dirigido al enriquecimiento exacerbado de una minoría oligárquica: el enriquecimiento de los más ricos a expensas de trabajadores y clases medias.

Esto no tiene fundamento. En cambio, lo que sí pasó a partir de esa época es un fenómeno que la corrección política evitar analizar, y sobre el que Poch pasa púdicamente por encima denominándolo "la alternativa"; los ciudadanos perdieron el miedo al gran sueño histórico de dominio político: el socialismo real. Eso fue lo que pasó, y se coronó en la caída del Muro de Berlín. A partir de entonces el pensamiento de izquierdas clamó alarmadísimo ante el poder del capital, cuando lo que estaba pasando era lo contrario: el poder político crecía y se extendía a expensas del capital, el ahorro y el trabajo del pueblo. A cambio, se enriquecían las oligarquías políticas (el peso del Estado en la economía alcanzó niveles inéditos) y los grupos de presión que a su socaire medran.

En vez de pensar en esto, Rafael Poch solo ve aterrado la posibilidad de que el poder político sea cuestionado también en el mundo no comunista, y entonces incurre en las fábulas usuales: "Liberada de sus límites políticos, y desregulada, la nueva economía dio a su vez lugar a una orgía de especulación y corrupción". Lógicamente, hay que agitar siempre la amenaza paranoide: "Todo eso pudo realizarse gracias a una agresiva campaña ideológica financiada por nuevas instituciones vinculadas a las grandes empresas que colonizaron el poder político e impusieron, en la academia, en los think tanks y en los medios de comunicación, el discurso del desmonte paulatino del Estado social, y del papel del Estado en general, en beneficio de la empresa privada (privatización). El resultado fue un asalto general a la regulación y un enorme incremento de la influencia empresarial en la política". Un completo disparate que elude la realidad constatable de que el Estado no perdió peso en ningún país del mundo.

El artículo tiene interés por la sistematización de fantasías que lo pueblan: desde la amabilidad de la intervención política hasta el cántico al gasto público, el bulo de que la crisis fue desencadenada por el sector privado, etc.

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