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Libertad en Madrid

La idea de que la libertad solo beneficia a unos pocos a costa de la mayoría es tan antigua como equivocada.

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La libertad de horarios en Madrid fue abiertamente rechazada por la izquierda. Antero Ruiz, de IU, preguntó: "¿a quién beneficia esta ley? Solo a unos pocos, a la gran patronal del sector de las grandes superficies". Y Paz Martín, del PSM, declaró: "es una ley injusta e innecesaria, nace sin el consenso del sector ni de las asociaciones de consumidores. Perjudica también a los consumidores, vamos a ver cómo se incrementan los precios de las grandes superficies".

La idea de que la libertad solo beneficia a unos pocos a costa de la mayoría es tan antigua como equivocada: si los contratos son voluntarios todas las partes salen beneficiadas, porque en caso contrario no los entablarían. Así, incluso suponiendo que la libertad de horarios resultara en un incremento de las ventas de El Corte Inglés, por ejemplo, ¿cómo es posible que el señor Ruiz crea que el único beneficiado por esas ventas es el vendedor? En efecto, no puede haber una venta sin alguien que compre, y si compra es porque le conviene entregar su dinero a cambio del bien que adquiere.

La objeción de que la libertad puede arruinar a unos empresarios es también insostenible, no porque sea falsa sino porque no cabe concluir de esa realidad que el poder deba recortar la libertad de las personas de comprar y vender. En cambio, lo que sí es falso es la noción de que la libertad es mala para los pequeños; es mala para los no competitivos, que no es lo mismo; es mala para los que no brindan a los consumidores la mejor relación calidad/precio.

Por eso es absurdo pretender, como hace la señora Martín, que la libertad permite que los grandes suban los precios y dañen a los consumidores: está claro que se cuidarán mucho de hacerlo, precisamente porque hay libertad de comercio, y entonces el incremento de los precios hace que esos vendedores sean menos atractivos, y que los consumidores opten por otros oferentes.

Igualmente indefendible, aunque muy popular, es la idea de que las leyes son injustas si no nacen del "consenso del sector". Oiga ¿y quién es "el sector"? Y sobre todo ¿quién es el sector para imponer restricciones a la libertad? La lógica que subyace a esta fantasía es que la política representa a la sociedad: así, si los políticos hacen cosas con "consenso", eso significa que la sociedad está de acuerdo y los respalda. Pero esto nunca es así: los famosos "consensos" y "sectores" se limitan a acuerdos entre el poder y los grupos de presión, porque el conjunto de la sociedad nunca puede ser fielmente representado por nadie; es indudable que los consumidores no están todos en las llamadas asociaciones de consumidores.

Por tanto, la conclusión sobre lo que es justo y necesario, una conclusión ante la cual los políticos y los lobbies huyen como de la peste, es que no hay que obligar a que los compradores compren y los vendedores vendan cuando el poder así lo disponga.

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