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EEUU sufre su particular burbuja universitaria

Los universitarios cargan con una deuda próxima a los 24.000 dólares, un 50% más que hace una década.

DIEGO SÁNCHEZ DE LA CRUZ
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El 45% de los estadounidenses que comienzan una carrera universitaria no se gradúa. Entre quienes sí lo consiguen, el 85% vuelve a vivir con sus padres después de terminar sus estudios. A sus espaldas cargan una deuda promedio superior a los $24.000 dólares, un 50% más que hace una década.

Desde hace años, la educación superior estadounidense ha multiplicado su precio de forma acelerada. Así, una licenciatura vale hoy un 945% más que en 1980, un aumento muy superior a la inflación acumulada, que si bien ha sido elevada, no llega al 200% en dicho periodo. La tendencia también la apreciamos en el precio del servicio de residencia en los campus (comida y habitación), que se ha duplicado durante el mismo periodo.

Estamos hablando, por supuesto, de una burbuja económica de tamaño gigantesco y consecuencias sociales dramáticas. La mentalidad de quienes se encuentran atrapados en este proceso es similar a la de la burbuja inmobiliaria: "me endeudo porque esta casa será una buena inversión" recuerda irremediablemente a "me endeudo porque este título será una buena inversión". En ambos casos, el frenazo de la economía estadounidense trae consigo el progresivo pinchazo de la "burbuja", reventando la ilusión de rentabilidad.

El porcentaje de licenciados que paga su carrera con deuda asciende a dos tercios del total. El montante total de estas obligaciones es de tres billones de dólares, una cifra que iguala la deuda total de todas las tarjetas de crédito registradas en los Estados Unidos.

Esta burbuja de la educación superior ha devaluado el valor de los títulos universitarios, ya que ha aumentado su oferta de forma significativa. Por cada 12 licenciados en el año 2000 hubo 16 en 2009, pero ocho de cada diez graduados en dicha promoción no encontró trabajo tras la universidad. Incluso aquellos que no sufren la lacra del paro juvenil se han encontrado con un mercado laboral tan deprimido que la mitad de estos nuevos licenciados gana menos de $15.000 dólares anuales. 

Los cálculos de Barclays retrasan el hundimiento definitivo de esta "burbuja" hasta 2020, por lo que la espiral descrita en párrafos anteriores se traducirá en dramáticas consecuencias sociales y económicas a lo largo de los próximos diez años. Citando el informe de la entidad financiera, la cadena de noticias CNBC no ha dudado en anticipar que esta situación puede convertirse en una "bomba de relojería".

Así cebó el Estado la burbuja

Evidentemente, la intervención del Estado ha sido el principal factor que ha alimentado esta gigantesca burbuja de la educación superior. La barra libre de crédito implementada por la Reserva Federal desde comienzos del siglo XXI aceleró enormemente el crecimiento de la burbuja que ahora empieza a pincharse.

Coincidiendo con el expansionismo monetario de la FED, la deuda universitaria se ha disparado más de un 500%. No obstante, el problema viene de lejos: en realidad, el espectacular aumento de los costes de la educación superior no puede explicarse sin detallar los avales y garantías que las Administraciones Públicas estadounidenses han concedido a los estudiantes.

Las intenciones de esta política eran probablemente nobles, pero el resultado ha sido desastroso. En teoría, la idea era facilitar el acceso a financiación de los estudiantes; en la práctica, lo que ha supuesto esta política es una espectacular inflación de los costes educativos. Como las universidades cuentan con que el Estado respaldará estos préstamos, no dudan en aumentar el precio de sus matrículas año tras año. 

Entre 2000 y 2012, los préstamos universitarios otorgados directamente por el gobierno se multiplicaron de forma espectacular: pasaron de menos de 100.000 millones de dólares a más de 450.000 en apenas doce años. Desde la llegada del Presidente Obama a la Casa Blanca, el gobierno federal ha profundizado este proceso, multiplicando en más de un 300% el volumen total de créditos educativos concedidos por el Estado.

La masificación de la universidad no tiene justificación laboral, ya que 17 millones de estadounidenses están "sobrecualificados" y desempeñan trabajos que exigen una preparación académica inferior a la que han obtenido. Se calcula que a lo largo de la próxima década, los programas de refinanciación del Gobierno acabarán suponiendo un agujero de 190.000 millones de dólares, que será asumido por los contribuyentes.

Una crisis de raíz progresista

La mentalidad progresista que defiende este tipo de políticas mantiene que la educación superior no debería ser analizada según criterios de mercado. Esto abre la puerta a la intervención estatal y explica el auge de licenciaturas y cursos de nula aplicación en la vida real, una fractura que numerosos empresarios llevan años denunciando y que uno puede repasando las numerosas listas de "cursos inútiles" que circulan por la red.

Existen diversos estudios que apuntan a una notable degradación de la moral estudiantil estadounidense. Según dichos informes, buena parte de los universitarios parece entender su paso por la educación superior como un periodo de socialización, en vez de como una etapa de aprendizaje.

Entre las voces más críticas con el actual desempeño de la educación superior estadounidense encontramos a Peter Thiel (co-fundador de PayPal) o Peter Schiff (CEO de Euro Pacific Capital). Thiel lleva años anticipando el pinchazo de la burbuja educativa y lanzó recientemente una iniciativa que apoya y financia a aquellos jóvenes que no quieren cursar estudios universitarios y prefieren lanzar su propio negocio. Por su parte, Schiff lleva años analizando este asunto y denunciando el despilfarro que supone invertir miles de dólares en licenciaturas que no se ajustan a la realidad económica y social del siglo XXI.

Aunque estas iniciativas deberían motivar un cambio de mentalidad, numerosos jóvenes siguen sumándose a la burbuja educativa sin siquiera esforzarse por reducir las obligaciones que esto les genera. Muchos ni siquiera compaginan sus estudios superiores con un trabajo a tiempo parcial, posponiendo sus deudas eternamente y renunciando a amortizar rápidamente la deuda y los gastos asumidos.

Esta actitud no parece preocupar a muchos estudiantes, que simpatizan con la propuesta de Ocupa Wall Street de "rescatar" a todos los universitarios que han asumido un préstamo que ahora les cuesta devolver. Curiosamente, los indignados estadounidenses se oponen a los "rescates" a las empresas. Sobre este punto, cabe señalar que, según cálculos de Barclays, el total de préstamos otorgados por el Gobierno federal estadounidense en la última década asciende a 538.000 millones de dólares, cifra superior al rescate financiero TARP, que ha sido valorado en 431.000 millones de dólares.

Por último, es innegable que los propios centros que hoy se benefician de esta burbuja deben empezar a cambiar su modelo formativo. Quizá en vez de un centro al que se acude una única vez en la vida, de los 18 a los 22 años, la universidad podría convertirse en un centro de formación al que acudir en diferentes etapas de la vida, por periodos más breves y con un enfoque más práctico y especializado. También es importante que los estudiantes puedan elegir un currículo académico más personalizado e individualizado, con un proceso de aprendizaje que esté de acuerdo con las necesidades de cada uno y fomente la formación por internet.

Por último, la modernización definitiva pasará inevitablemente por enmarcar todos estos procesos dentro de una gran reforma educativa que apueste por la exigencia académica, la competencia entre centros formativos, la innovación tecnológica y la participación del sector privado.

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