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Terrible dilema

Los socialistas, desde Cuba hasta Corea del Norte, jamás han combatido la pobreza. Al contrario, la han creado, fomentado, extendido y generalizado.

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Walter Oppenheimer entrevista a la periodista Katherine Boo para el dominical de El País y le pregunta:

La economía centralizada no funciona y no es una solución para combatir la pobreza. Pero el sistema de mercado incentiva el beneficio del individuo, no el de la comunidad. ¿Cuál es la solución a ese dilema?

La señora Boo no tiene una respuesta clara, no dice nada sugestivo, y el lector queda con la impresión de que, en efecto, se trata de un terrible dilema.

En realidad, no es ningún dilema sino una solemne bobada, sólo interesante porque revela el distorsionado razonamiento característico del pensamiento único.

La retórica de don Walter brilla desde el principio. No habla de socialismo ni de comunismo, sino de "economía centralizada", y lo que transmite es que se trata de una alternativa no eficiente, porque "no funciona" y no resuelve la pobreza. Esto es llamativo. El comunismo por supuesto que funciona, lleva un siglo funcionando. Lo que sucede es que su funcionamiento ha regado el planeta con la sangre de millones de víctimas, con hambre, dictaduras y campos de concentración, asuntos todos ellos sobre los cuales usted habrá visto muy pocas películas, ¿verdad? Pues así es la corrección política: rara vez habla del socialismo real como realmente fue: un régimen criminal. Prefiere púdicamente aducir que "no funciona".

Análogamente retorcido es proclamar que el comunismo "no es una solución para combatir la pobreza". A ver, don Walter: los socialistas, desde Cuba hasta Corea del Norte, jamás han combatido la pobreza. Al contrario, la han creado, fomentado, extendido y generalizado, salvo para los jerarcas del Partido Comunista, en una desigualdad que no es subrayada entre los llamamientos a "luchar por la igualdad"... en los países capitalistas, claro.

Lo primero que ha hecho el señor Oppenheimer, por tanto, es distorsionar la realidad antiliberal y anticapitalista. Lo segundo, vinculado con lo anterior, es comparar esa realidad distorsionada con la realidad del mundo no comunista, como si realmente fuese parangonable el comunismo con ningún otro sistema, pese a lo cual es sistemáticamente comparado, o incluso disculpado. Por ejemplo, es habitual entre la izquierda considerar que Franco o Pinochet son dictadores pero que Fidel Castro no, o no tanto...

Y lo tercero que hace don Walter es desfigurar también la realidad no comunista. Obsérvese, otra vez, la retórica. Tras hablar del comunismo, y como queriendo defender una postura centrista y moderada entre dos extremos equivalentes en su maldad, apunta que el mercado "incentiva el beneficio del individuo, no el de la comunidad". Es una objeción extraordinaria. Es clamorosamente falsa, y el señor Oppenheimer no puede no saber que es falsa, no puede no saber que cuando se ha dejado al mercado relativamente libre sus beneficios privados han sido registrados en la comunidad, en la mejoría de las condiciones de vida de países enteros. ¿Qué es eso de que el mercado es malo porque sus beneficios son sólo individuales?

Pues es un disparate, evidentemente, pero revelador de un dilema genuino, que no estriba en enfrentar comunismo y mercado sino en enfrentarse a la realidad presente, a la historia pasada y a los fantasmas de ambas.

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