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Supermercados y empleo

Otro dogma típico de los socialistas de todos los partidos es que las empresas que cobran precios bajos necesariamente pagan también salarios bajos.

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Esther Vivas negó en Público que la apertura de supermercados comporte la creación de empleo.

Su argumentación tiene momentos de brillante retórica, como cuando asegura que la patronal de las grandes superficies "acaba de imponer un nuevo y duro convenio a sus 230 mil empleados". Esto es muy notable, porque los convenios se pactan con los sindicatos. Pero no parece que la señora Vivas esté por la labor de aclarar que "los sindicatos acaban de imponer un nuevo y duro convenio" a los trabajadores. Prefiere demonizar a las grandes empresas porque dificultan la vida de las mujeres... como si esa vida fuera más fácil en las pymes o para las autónomas o empresarias.

Que la realidad no evite un buen dogma. Asegura doña Esther que "se aplica la regla de oro del capital, trabajar más por menos: se amplía la jornada laboral y se baja el sueldo". Esto obviamente no es la regla de oro del capital: si lo fuera, la jornada laboral debería haber aumentado y los salarios reales deberían haber disminuido históricamente, y han hecho lo contrario.

Pero el objetivo de doña Esther es que cuando la empresa abre una gran tienda y contrata trabajadores eso... no es creación de empleo. Para ello recurre a la vieja idea, típicamente antiliberal, de que los grandes se comen a los chicos, otra falsedad, porque si eso fuera cierto las pymes habrían disminuido hasta extinguirse, y ha sucedido lo contrario. Pero incluso aunque se demostrara que en este caso concreto el grande sí se come al chico y el pequeño comercio disminuye, eso no demostraría que la creación de empleo del supermercado no es una genuina creación de empleo.

Después se mete en un jardín de falacias, alegando que "si desaparece el pequeño comercio disminuyen, también, los ingresos en la comunidad, ya que la compra en una tienda de barrio, a diferencia de la compra en una gran superficie, repercute en mayor medida en la economía local". Esto es absurdo, porque las grandes superficies no están en el espacio sideral, y su expansión también fomenta las economías locales allí donde se asientan. Siguiendo el razonamiento de doña Esther, los comercios jamás deberían salir de los barrios, y mucho menos crecer.

Otro dogma típico de los socialistas de todos los partidos es que las empresas que cobran precios bajos necesariamente pagan también salarios bajos. Históricamente ha sucedido lo contrario: la calidad de los bienes de consumo ha subido, sus precios han bajado y los salarios reales han crecido.

Después de pintar un retrato lúgubre de los trabajadores de los supermercados, lo que es típico del antiliberalismo, que jamás considera que el trabajador pueda estar satisfecho con su labor, porque siempre es un explotado, termina sosteniendo seriamente que la gran distribución, que compra enormes cantidades de alimentos, condena a los campesinos... a la desaparición.

Dirá usted: no se puede desbarrar más. Pues claro que se puede, y además siempre en la misma dirección: la del rechazo sistemático a la libertad de los trabajadores y los ciudadanos corrientes. Porque, claro, un contraargumento obvio al discurso de doña Esther es que son los consumidores los que deciden el destino de las empresas, grandes o pequeñas. Nada habría que objetar, pues, si deciden dejar de comprar en la tienda del barrio y acudir a una gran superficie en cualquier otra parte. Pero para eso tiene doña Esther una respuesta clásica del socialismo, a saber: la gente es idiota, y, como es idiota, no puede ser libre. ¿Exagero? Nada de eso: la autora habla de "consumidores instados a comprar por encima de sus necesidades productos de mala calidad y no tan baratos como parecen". ¿Cómo llamaría usted a unos consumidores que no compran voluntariamente, compran basura y además cara? Idiotas, ¿no? Pues eso.

Por último, un aspecto siempre destacado en las fantasías antiliberales es la omisión de la consideración de las alternativas. Dice Esther Vivas que con la libertad el "tejido económico local se fragmenta y descompone. Éste es el paradigma de desarrollo que promueven los supermercados, donde una gran mayoría salimos perdiendo mientras unos pocos siempre ganan". Esto es un dislate: si fuera verdad, no habría prosperidad más allá de un puñado de privilegiados, y desde luego jamás habría surgido la clase media.

La señora Vivas no sólo falsea la realidad sino que no dedica ni un minuto a plantear qué podría pasar si la gran superficie no existiera o fuera prohibida, qué pasaría si no hubiera mercados más o menos libres, si no rigiera la cruel "regla de oro del capital". Y hay una experiencia rica y muy prolongada de lo que sucede. Por ejemplo, dentro de nada va a cumplir el comunismo 100 años. Esperamos ansiosos algún comentario de tantos enemigos del capitalismo que nos ilustre sobre qué sucede con el comercio, el salario, el empleo y el bienestar cuando no hay capitalismo; cómo es la calidad de los productos, y su precio. Y, desde luego, qué pasa con la suerte, la libertad y los derechos laborales de las grandes mayorías que quitan el sueño a doña Esther Vivas, que se define como "periodista y activista" y proclama que su meta es "comprender el mundo para cambiarlo". Muchos antiliberales han cambiado el mundo ya, para desgracia de cientos de millones de trabajadoras y trabajadores. 

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