Menú

Rallo: "El mercado puede ofrecer los servicios sociales mucho mejor que el Estado"

El economista publica Una revolución liberal para España y defiende una reducción del gasto público hasta situarlo en el entorno del 5% del PIB.

96
Portada de 'Una revolución liberal para España'

Entre 2008 y 2012, el gasto público en España ascendió, de media, al 45,3% del PIB. Es decir, el Estado ha consumido casi la mitad de la riqueza del país. Son más de 450.000 millones de euros para pensiones, educación, sanidad, policía y todos los demás servicios que proporcionan las administraciones públicas. Es una cantidad enorme de dinero, tanto si se mide en términos absolutos como relativos. Pero no parece suficiente.

De hecho, viendo las encuestas, parece que para la mayoría de la población española el problema es que el Estado gasta poco, no mucho. Hay un cierto consenso en los medios en que vivimos una etapa de "austeridad", incluso aunque se haya mantenido un déficit público superior al 9% del PIB de 2009 a 2012 (y el cierre de 2013 probablemente estará cerca del 7%). En lo que hace referencia a los servicios públicos, la palabra más escuchada son "recortes", que parece que tienen la culpa de todo, desde las listas de espera de la sanidad a las malas notas de nuestros estudiantes en PISA. Y el Ministerio de Hacienda prepara una reforma fiscal para hacer frente al "problema" del sistema tributario que, en opinión de Cristóbal Montoro, está en lo poco que se recauda.

En esta coyuntura, Juan Ramón Rallo publica nuevo libro, Una revolución liberal para España. Y su tesis parece verdaderamente revolucionaria. El analista económico de esRadio y director del Instituto Juan de Mariana propone reducir el peso del sector público en la economía hasta el 5% del PIB. No sólo eso, asegura que, si se hace bien, este movimiento traería mejores servicios públicos para todos, ricos y pobres. No es un discurso políticamente muy correcto, pero escuchándole, uno se percata de que el autor está convencido no sólo de que es posible, sino de que, en algún momento, será realidad.

- Usted plantea como tesis fundamental de su libro que habría que dejar al Estado con un peso no superior al 5% del PIB. ¿No teme que le tomen por loco? ¿es realista este planteamiento?

- Es totalmente aplicable. El libro se dirige a explicar que esto ha sido posible en el pasado en muchos países. Eso sí, la gente debe quererlo o debe haber al menos una mayoría amplia que lo quiera. En este momento, este modelo de sociedad no es realista porque no hay una mayoría social que lo quiera. Pero precisamente el objetivo del libro es convencer a la gente de que, en su propio interés, el Estado debe retroceder a, como mucho, el 5% del PIB.

- Dice en la introducción que en otros momentos de la historia habría sido un motivo de alegría que el Estado retrocediera en su intromisión en nuestras vidas; pero ahora si el gasto público desciende se ve como algo negativo.

- Los dos sentimientos que guían la búsqueda de una mayor intervención estatal son el miedo y la esperanza. Por un lado, el miedo de no conocer las alternativas. Por otro, la esperanza de que otro modelo de Estado es posible. El libro trata de mostrar que no deben tener miedo a las alternativas, porque son mucho más libres y prósperas de lo que ofrece el Estado.

- Queda la esperanza. Creo que el español de a pie tiene la sensación de que el problema no es el sistema, sino cómo se aplica. El problema es Zapatero, Rajoy o Montoro... Pero quiere creer que si encuentra un buen político, todo saldrá bien.

- Por eso, el libro también busca frustrar esas esperanza sobre el tipo de Estado que tenemos en Europa. Seguramente en Suecia será mejor que en España, pero en cualquier caso este tipo de Estado es el que es: absorbente, mata la capacidad de innovación en aquellas áreas que monopoliza, el individuo no es soberano, sino siervo... Por lo tanto, si es posible hacer todo lo que hace el Estado, de mejor manera y sin coacción, pues claramente es preferible una sociedad más libre que más centralizada.

- ¿Es necesario el Estado? Apunta que su tamaño debería ser "como máximo" equivalente a un 5% del PIB.

- En el libro asumo que el Estado mantiene competencias de orden público y de Justicia. Aunque no todas, por ejemplo, explico que la policía local se podría privatizar sin problemas; también parte de la justicia, sobre todo en el orden civil, sustituyéndose por procedimientos de arbitraje. Pero no he querido entrar en la lógica de la existencia del Estado o en la cuestión de si es necesario. Ése sería el tema de otro libro.

Creo que este libro la mejor virtud que tiene es que presenta una alternativa para todos los temas que trata (y recuerdo que afectan al 95% del tamaño del Estado). La mejor teoría económica que tenemos y la mejor evidencia empírica apuntan a que el sector público es claramente sustituible en una sociedad libre. Por lo tanto, aunque pueda parecer muy chocante, se limita a recoger lo evidente, sin entrar en otras polémicas.

- Antes hablaba de Suecia. Este país es uno de los ejemplos clásicos de los intervencionistas. Aquellos que creen en la capacidad del Estado pueden decir: "En Suecia, Dinamarca o Finlandia el Estado tiene una participación en la economía cercana al 50%. Y en todos estos países se vive muy bien. Mientras, en Somalia el Estado no existe y es un desastre". ¿Qué les diría?

- Es cierto que hay estados que son pequeños y disfuncionales. Pero es que el liberalismo no se basa en minimizar el Estado, sino en minimizar la coacción. Para lograrlo, no sólo hace falta que el Estado sea pequeño (porque el Estado es coacción en sí mismo), sino que son necesarias otras instituciones sociales que respeten la propiedad privada y los contratos. Un Estado pequeño sin estas instituciones sociales no funciona.

La pregunta es: ¿allí donde sí existen estas instituciones sociales es necesario el Estado? Sabemos que Occidente se ha desarrollado y ha generado mucha riqueza con estados como el que yo propongo. EEUU o Inglaterra, a mediados del siglo XIX, tenían un Estado con un peso en el entorno al 5% del PIB y fueron países que prosperaron. Por lo tanto, no vamos a caer necesariamente en Somalia por tener un estado más pequeño.

La otra posibilidad es tener un Estado grande que nos cubra todas nuestras necesidades, como en Suecia. Pero este caso se suele entender mal o, al menos, de forma incompleta. Por ejemplo, el Estado en Suecia no es mucho más grande que otros estados europeos (el gasto público es equivalente al 52% del PIB cuando en España es el 46%). Pero lo que le caracteriza es que la parte que no está intervenida por el Estado es mucho más libre que en otros países salvo en el mercado laboral.

Por lo tanto, con toda esa parte libre se puede crear mucha riqueza y el Estado se reserva un papel como proveedor monopolístico de ciertos servicios sociales. La cuestión es ¿esos servicios sociales se pueden proveer mejor con un mercado libre que con el Estado? Pues a eso se dirige el libro. La respuesta es que sí. Suecia, si en lugar de estatalizar los servicios básicos (como sanidad, educación o pensiones), los privatizara de manera total, funcionaría mejor. Sería una sociedad del bienestar que no Estado del bienestar.

- Hablando de Suecia, en los últimos años los países escandinavos han comenzado un proceso de modernización de sus estados del bienestar. Se han extendido fórmulas como la del cheque escolar o sanitario, en los que el Estado redistribuye y controla, pero la decisión final sobre el proveedor de los servicios es del ciudadano. Usted incluye en la portada a Milton Friedman(*), que también defendió estar alternativas. Pero en su libro va un paso más allá.

- Sí, voy más allá. La defensa de que el Estado no intervenga no es sólo para que no nos quite nuestro dinero. Sino para que haya una auténtica libertad y competencia en el lado de la oferta a la hora de proponer alternativas. En el caso de la educación es flagrante. El intervencionismo del Estado ha cristalizado en modelos educativos que son propios del siglo XIX y que no se adaptan en absoluto a los tiempos modernos.

En los años 70, las tres competencias que más valoraban las empresas incluidas en la lista de Fortune 500 eran que el trabajador supiera escribir, el cálculo y la lectura; hoy en día, las tres más valoradas son la capacidad para trabajar en equipo, la capacidad para resolver problemas y la capacidad de comunicación interpersonal. Tenemos un sistema educativo que no se adapta a la sociedad moderna porque el Estado sigue regulando todos los aspectos del mercado educativo.

- Usted dedica cada uno de los capítulos del libro a un servicio o sector que en estos momentos está en manos del Estado, pero que cree que podría liberalizarse. Para esta entrevista, yo he escogido profundizar en la sanidad, porque quizás sea el más polémico y el que mucha gente considera como más necesario.

- Por eso es el capítulo más largo.

- Usted pide un mercado sanitario libre. Sus críticos dirán que, en esas circunstancias, los pobres no se podrán pagar la asistencia y los enfermos crónicos se quedarán tirados.

- La parte de las enfermedades preexistentes tiene una solución de mercado y la planteo en el libro. La ha desarrollado John Cochrane, el economista de la Universidad de Chicago. Básicamente, consiste en preasegurar a la gente antes de que desarrollen una dolencia. Incluso, yo propongo preasegurarles antes de que hayan sido concebidos. Eso en parte podría considerarse dentro de la patria potestad como una obligación igual a dar educación a tus hijos o alimentarles.

- Entonces, ¿sería obligatorio ese preaseguro? Porque si no lo es, muchos padres podrían decir: "Paso, me ahorro los 500 euros al año y ya aseguraré al niño cuando nazca".

- El preaseguramiento tiene sentido que se le pueda exigir al padre. Pero no hace falta que lo exija el Estado. Esto es una confusión muy habitual. Que alguien tenga una obligación en una sociedad libre no quiere decir que tenga que imponerla el Estado. Por ejemplo, si hoy vemos a un padre que está maltratando a sus hijos, cualquiera tiene derecho a detenerle, no hace falta que venga la policía. En ese sentido, esa obligación la veo razonable dentro de la patria potestad, porque si no, estás sometiendo al niño a un riesgo muy grande.

Pero en todo caso, incluso sin la obligatoriedad, la sociedad tiene herramientas para solventar esos problemas, como la asistencia social. Muchas veces subestimamos la asistencia social que puede salir del mercado. Por ejemplo, en Inglaterra, antes de la Primera Guerra Mundial un tercio de todos los hospitales ingleses eran de beneficiencia. Gran parte de esa red de hospitales es la que hoy sigue existiendo.

En todo caso, para cubrirnos las espaldas, en el libro planteo que un 2% del PIB puede dedicarse a financiar la asistencia social como una red subsidiaria última. Un 2% del PIB dedicado específicamente para esto más otro punto que llegaría, como mínimo, de asistencia privada (en EEUU se llega a los dos puntos en estos momentos) te da para cubrir la sanidad y la educación del 15-20% de la población.

- Pero lo que vemos en las películas es que la sanidad americana, que es teóricamente privada, deja a millones de personas sin cobertura.

- El caso de EEUU lo he estudiado a fondo en el libro y es un mal ejemplo. Un mercado sanitario libre necesita una oferta y una demanda libre. Para empezar, en EEUU hay muchas restricciones a la oferta, aunque ése no es el mayor problema.

La clave es que la demanda sea gestionada por el paciente, con asesoría pero gestionada por él: esto quiere decir que el grueso de sus gastos dependan de su ahorro. En EEUU, el gasto que acomete el ciudadano directamente en sanidad es inferior al gasto en España. En ese sentido, por el lado de la demanda, tenemos una sanidad más privatizada.

¿Eso qué significa? Pues que en EEUU el gasto está tremendamente socializado, lo que genera unos incentivos perversos para que el coste de la factura sanitaria, como se externaliza a terceros, vaya creciendo. ¿Y por qué EEUU tiene un gasto tan tremendamente socializado? Pues por una deducción fiscal a la sanidad contratada a través de la empresa.

- Dejemos el tema de la sanidad y volvamos a los principios generales. Alguien podría decirle que hay una contradicción en su argumento. Los defensores del liberalismo creen (o creemos) que el mundo es cada vez más próspero. Frente a aquellos que, desde la izquierda, sobre todo, dicen que la pobreza está creciendo o que nuestro modelo de desarrollo es insostenible, los liberales presentan los innegables avances de la sociedad de los últimos dos siglos.

- Correcto.

- Pero luego les alertamos sobre los peligros del creciente peso del Estado, que está alcanzando niveles máximos en Occidente. ¿No es todo esto incompatible? Si el Estado es tan malo y cada vez hay más Estado, deberíamos vivir cada día peor.

- Que el peso del Estado haya aumentado no significa que sea la causa de que nos hayamos enriquecido. Para empezar, en el siglo XIX el Estado no hubiera podido tener este peso, porque hubiera tenido que nacionalizar la agricultura o industrias básicas. Porque manejar el 50% del PIB, si eres pobre, significa que controlan tu casa y tus posesiones básicas. Es cuando la sociedad comienza a generar excedentes cuando el Estado puede copar gran parte de estos excedentes.

La pregunta es ¿nos hemos enriquecido gracias al Estado o a pesar del Estado? Claramente, uno de los períodos más prósperos de Occidente llegó con estados pequeños. Si la sociedad, siendo mucho más pobre, era capaz de salir adelante con Estados con un peso del 5% del PIB, nos debemos plantear qué sería posible hoy si la mayor parte de nuestra riqueza la organizase la sociedad.

- Pero el Estado da mucha seguridad, para mucha gente es una especie de red que evita que choques contra el suelo. Y muchos de nuestros vecinos creen que necesitan esa red para sentirse a gusto, vivir tranquilos y también generar riqueza.

- En el libro planteo tres niveles de seguridad. El primero es el clásico de los liberales: ahorro y seguros. Te construyes tú, por ti mismo, una red de suficiencia financiera. Pero hay dos niveles más. El último sería ese 2% de garantía estatal en asistencia social del que hablamos antes. Sería muy subsidario y evitando en lo posible el riesgo moral, de que sea beneficioso entrar en una determinada situación para recibir esa ayuda.

Pero hay una red intermedia que no todos los liberales han mencionado siempre, pero en el libro yo sí la estudio con cierto detalle. Fue muy importante a finales del siglo XIX y principios del XX. Hablamos de la sociedad civil. Pero no por el lado de la filantropía, que sería una parte relativamente pequeña, entre otras cosas porque a la gente no le gusta depender de la discrecionalidad de terceros y situarse en una situación inferior (entre comillas, ser humillado por la caridad de los ricos). La gente lo que quiere es que la traten de igual a igual.

Por eso, en el siglo XIX, este tipo de cuestiones se solventaron con sociedades horizontales o sociedades de ayuda mutua (friendly societies). Eran inmensas. Por ejemplo, a comienzos del siglo XX, uno de cada tres adultos pertenecía a estas sociedades. Lo que hacían era proveer de gastos de seguro contra enfermedades, desempleo, pensiones,... Incluso te pagaban el transporte y el alojamiento si perdías el trabajo y tenías que ir a buscar empleo a otra ciudad.

Eran redes muy amplias en las que la ayuda se basaba en la confianza y en el cumplimiento de ciertas condiciones de honestidad (de no aprovecharte del otro, sino querer ayudarle). Eran relaciones mucho más sociales y menos burocratizadas que las actuales. Es un tipo de sociedad que a todos nos gusta más, salvo a aquellos que quieran institucionalizar la rapiña. Pero si hay empatía, y yo creo que la hay porque la gente quiere que se apoye a los desfavorecidos, no se necesita coacción, sino acción social voluntaria.

- ¿Pero de verdad piensa que lo que plantea en el libro es posible? ¿A corto plazo? Por ejemplo, el otro día estuve en un polideportivo municipal, en uno de los barrios más caros de Madrid, y ofrecían clases de pilates por debajo del precio de mercado. Puede parecer una exageración, pero la tendencia es que el ayuntamiento también te pague el gimnasio.

- Es una posibilidad. Pero a largo plazo soy optimista.

- ¿Cuánto es largo plazo? ¿Cien años? ¿Doscientos?

- Sí, quizás cien años. Hacer proyecciones a tanto tiempo es ciencia ficción. Pero si los liberales tenemos razón (y yo creo que la tenemos), eso quiere decir que las sociedades tienden a mejorar a largo plazo a través de la prueba y error. Si eso es así, el péndulo tendría que cambiar de lado. Los liberales tratamos de acelerar este cambio probando a la sociedad que no tiene por qué ser sierva, sino soberana de su propia vida.

Este libro, que se titula Una revolución liberal, no aspira a una revolución política, sino que aspira a una revolución de la conciencia y la mentalidad. El libro pretende mostrar a la gente que una sociedad con un 5% de Estado puede funcionar mucho mejor que ahora y sin coacción.

(*) Corrección: el que aparece en la portada del libro es David Friedman, hijo del famoso Premio Nobel y también economista.

En Libre Mercado

    Recomendado

    Lo más popular

    1. Olvido Hormigos, ¿reclamo de una web para adultos?
    2. Federico Jiménez Losantos: 'Carmena inventa la "querellación" para tapar su corrupción'
    3. Chenoa y por qué no le duran los novios
    4. De Gea revoluciona Instagram con un 'robado' de Edurne en la cama
    5. Así traicionó Rajoy al Levante español
    0
    comentarios

    Servicios