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Trump desquicia a los ecologistas y apuesta firme por el petróleo

El nuevo Presidente de EEUU quiere impulsar el fracking y desbloquear los oleoductos que Obama dejó en el aire. 

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Trump cambiará la política energética de EEUU | EFE

"Eliminar las restricciones que ha impuesto Obama a los sectores del petróleo y el gas va a ser una de las prioridades del nuevo gobierno de Donald Trump". Así de tajante se muestra Harold Hamm, el hombre de confianza del nuevo presidente de Estados Unidos a la hora de hablar de asuntos energéticos. Sus palabras han empujado al alza la cotización de las acciones de numerosas empresas de este segmento del mercado.

El petróleo y el gas no lo tuvieron nada fácil en los años de gobierno de Barack Obama. Como ha explicado el Financial Times, el mandato del dirigente demócrata concluye con más de 70 nuevas regulaciones de calado en el plano energético. De hecho, se esperaba que una victoria de Hillary Clinton iba a profundizar en esta línea.

¿Cómo se concretarán los planes energéticos de Trump? En primer lugar, el nuevo presidente se ha comprometido a levantar las restricciones que están en vigor y que impiden la exploración y perforación de grandes reservas de petróleo, gas natural, carbón limpio… El equipo de Trump cree que "hay 50 billones de dólares de riqueza en estas reservas" y vende esta medida como un punto crucial para crear empleo.

Un segundo punto incluido por Trump en su "contrato" con los votantes es el de autorizar grandes proyectos de infraestructuras energéticas que han sido frenados por el gobierno de Obama. El más importante es el complejo de oleoductos conocido como Keystone XL. Esta megaconstrucción está llamada a conectar Canadá con el Golfo de México con el ánimo de transportar cada día alrededor de 800.000 barriles de petróleo crudo y bituminoso diluido. A lo largo de 2.700 kilómetros, el oleoducto conectará los campos de extracción de Alberta con las refinerías de Illinois y los centros de distribución de Oklahoma. Obama retrasó la aprobación del proyecto alegando que estaba en desacuerdo con el trayecto, pero Trump parece dispuesto a dar su "OK" en cuanto sea posible.

Otro proyecto similar es el Dakota Access Pipeline, un oleoducto que ha saltado a las páginas de actualidad por las protestas de los grupos ecologistas y también las comunidades indígenas de la zona. La polémica fue a más el pasado 27 de octubre, cuando 140 personas fueron detenidas por okupar fincas privadas por las que va a transcurrir el oleoducto. Trump hereda un proyecto casi terminado, ya que el 75% de la obra está realizada, pero la presión de los activistas y la cercanía de las elecciones llevaron a Obama a frenar el desarrollo del proyecto, un parón que ahora podría quedar superado por el firme apoyo que quiere dar Trump a este tipo de iniciativas.

En tercer lugar, Trump quiere alejar a su Administración del Panel contra el Cambio Climático de la ONU. Por eso, ha prometido que cancelará los pagos del Gobierno federal a dicho organismo y usará ese dinero "para reparar infraestructuras de agua y mejorar la conservación del medio ambiente". El magnate juega aquí con el palo y la zanahoria: sabe que alejarse de la ONU en materia de cambio climático le valdrá el repudio del electorado más ecologista, pero también es consciente de que gastando esos fondos en proyectos de agua y medio ambiente podrá contestar a sus críticos con más facilidad.

Pero todas las certidumbres anteriores van a chocar con una gran incógnita que ha generado la campaña de Trump. Si el nuevo presidente se opone al libre comercio, ¿significa eso que no levantará las trabas que complican enormemente la exportación de energía al extranjero o hará una excepción en este punto? La mayoría de las empresas del sector esperan que el nuevo presidente sea pragmático y deponga su actitud proteccionista para permitir que el boom energético de los últimos años siga desarrollándose con las ventas internacionales como nueva palanca de crecimiento.

Por último, queda por ver qué actitud tomará Trump ante las energías renovables. Su discurso hasta la fecha parece ser más o menos el siguiente: el empresario permitirá su desarrollo privado, pero no lo fomentará desde el sector público. Esto podría suponer la cancelación de los grandes programas de gasto que el Gobierno de Barack Obama ha comprometido a lo largo de los últimos ocho años. ¿Suavizará su postura el magnate o estamos ciertamente ante un giro de 180 grados? Pronto lo sabremos.

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