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El mito de la contaminación: el aire de las ciudades es hoy más limpio que años atrás

Los agentes contaminantes producidos por el hombre se han reducido de forma drástica en los últimos 100 años.

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Atasco en las carreteras de Kansas City, EEUU | Flickr/Thomanication

La contaminación atmosférica afecta a la salud humana y, por lo tanto, representa un grave problema. Los principales agentes contaminantes son las partículas de humo y hollín, el ozono (O3), el dióxido de azufre (SO2), el óxido y dióxido de nitrógeno (NO y NO2), el plomo y el monóxido de carbono (CO).

La mayoría de los costes de contaminación, en torno a un 80%, provienen de las partículas de humo y hollín procedentes de incendios de bosques o volcanes en erupción. El restante, menos del 20%, son ocasionadas por la actividad humana, es decir, por las industrias, vehículos o centrales eléctricas. Estas emisiones se han producido a lo largo de la historia y, principalmente, después de la revolución industrial, en donde los seres humanos han elegido vivir libremente por ser la forma más económica de convivencia y se concentra la mayoría de la población del planeta: las ciudades.

Algunos culpan a las ciudades de la contaminación y degradación del planeta. Sin embargo, autores como Edward Glaeser en su libro Triumph of the City demuestran que gracias a ellas somos más ricos, inteligentes, ecológicos, sanos y felices. Las aglomeraciones urbanas permiten disponer de sistemas de transporte más eficientes, un consumo energético más económico y una mejor gestión de los residuos. Si no co-habitáramos en ciudades las transacciones serían más costosas, tendríamos que haber destinado un mayor número de recursos para llevar la electricidad a cada uno de nuestros hogares y acumularíamos nuestros desechos en ellos.

Además, frente a lo que piensan algunas personas, los agentes contaminantes producidos por el hombre se han reducido de forma drástica en los últimos 100 años gracias a la reducción del uso del SO2 en las industrias, la creación de la gasolina sin plomo o la incorporación del catalizador en el automóvil, tal como detalla Bjorn Lomborg en su libro The skeptical environmentalist. Lomborg, con sus estadísticas, detalla que existe una conexión entre crecimiento económico y mejora del medio ambiente. A mayor PIB, aumenta la preocupación por la emisión de partículas contaminantes y comienzan a reducirse. De esta forma, las distintas sociedades empiezan a ocuparse del medio ambiente cuando han abandonado la pobreza.

En esta misma línea, Julian Simon o Stephen Moore han descrito cómo nuestras ciudades son cada vez más limpias. Por ejemplo, en su libro conjunto It's Getting Better All the Time: 100 Greatest Trends of the Last 100 Years, explican que la polución se ha estado reduciendo durante varias décadas y que nuestras urbes estaban mucho más contaminadas en el pasado. Por ejemplo, la polución del aire en Chicago decreció más de la mitad desde 1960 o Philadelphia, Chicago, Los Ángeles y New York tenían más de 150 días al año de aire muy contaminado o insano a principios de los 70 mientras que en 1996 esta cifra no sobrepasaba los 20 días en ninguna de estas ciudades.

En esta misma línea, la Environmental Protection Agency (EPA) establece que las emisiones de monóxido de carbono, los compuestos orgánicos volátiles, las partículas, el dióxido de azufre y el dióxido de nitrógeno han decrecido en cantidades diferentes, que van desde el 17% al 44% entre 1990 y 2002, mientras que el plomo se ha reducido en un 99% entre 1970 y 2002. Estas mejoras han sido gracias a la capitalización, la innovación y el emprendimiento, que han posibilitado mejorar las tecnologías, desindustrializar las ciudades más desarrolladas y permitir que cada vez sea más importante el capital humano en nuestras economías urbanas.

Aunque hemos mejorado considerablemente, en nuestras ciudades -unas más que otras- sigue existiendo contaminación creada por la actividad humana. Por ello, continúa siendo un problema importante a solucionar, especialmente en aquellas en las que los niveles de contaminación exceden los límites de salubridad. Las personas, por lo general, prefieren vivir en ciudades limpias y no contaminadas.

Es cierto que los habitantes de las ciudades y países más pobres están más preocupados en crear riqueza para alcanzar un mayor bienestar que en el medio ambiente en el que viven, sin embargo, a la mayoría de la población, incluso a los que están más preocupados de salir de la pobreza, les gustaría vivir en ciudades más limpias y sanas. Por esta razón, aunque se haya reducido drásticamente durante los últimos 100 años la contaminación del aire de las ciudades hoy más desarrolladas, debemos poner especial interés en encontrar soluciones eficientes y éticas que permitan que el medio ambiente urbano sea cada vez más limpio y saludable.

Las externalidades de la polución

Las ciudades, aunque estén intensamente intervenidas por el planeamiento urbano coercitivo, son el resultado de procesos de mercado. La teoría económica dominante establece que estos procesos tienen fallos. La polución estaría englobada dentro de uno de estos fallos: las externalidades.

La contaminación urbana del aire es una externalidad negativa. Estas son producidas por personas o empresas que realizan actividades sin internalizar la totalidad de los costes y traspasan a terceros los mismos. Visto de otra forma, unos se benefician a costa de otros que no participan de la actividad. Por ejemplo, cuando nos transportamos en nuestro automóvil que emite gases, no respiramos las sustancias contaminantes que expulsamos, sino que es un tercero el que se verá perjudicado.

Coerción versus mercado

Las medidas que se plantean para solventar las externalidades negativas son de dos tipos: coercitivas o de mercado.

Las propuestas coercitivas son las regulaciones estatales y los impuestos y subvenciones pigouvianas. Entre las regulaciones estatales, tendríamos prohibir parcial o totalmente la circulación, forzar a usar medios de transporte no contaminantes, obligar a utilizar sistemas de climatización eléctricos o establecer regulaciones de planeamiento urbano que prohíban establecer usos industriales en los centros urbanos. Por otro lado, como ejemplos de impuestos estarían cobrar a quienes contaminan usando automóviles que se mueven con combustibles fósiles o tienen calefacción de gas o carbón y, como subvenciones, pagar la sanidad a quienes son contaminados o poner a la disposición de quienes no contaminan medios de transportes no contaminantes.

Entre las soluciones de mercado, encontraríamos la libre negociación entre contaminado y contaminador -no posible en el caso que nos ocupa al tener unos costes de transacción muy elevados debido al gran número de contaminadores, contaminantes y contaminados-, la creación de administraciones o gobiernos voluntarios de propiedad comunal para administrar dichas externalidades o representar a los distintos propietarios afectados en las negociaciones y la innovación empresarial del mercado creando nuevas tecnologías o soluciones creativas que solventen o minoren el problema -la creación de nuevos modelos urbanos que priman el transporte colectivo no contaminante, la aparición de nuevas tecnologías como el catalizador o la creación de herramientas tecnológicas y digitales que permitan establecer un sistema de precios de mercado sobre las calles para tener un tráfico más eficiente-.

Gonzalo Melián es doctor en arquitectura, doctorando en economía y experto en urbanismo.

En Libre Mercado

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