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Hidalgo y Colau

La izquierda y los populismos son un gran peligro para el progreso de las mujeres y los hombres.

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EFE

Hace unos meses Milagros Pérez Oliva entrevistó muy favorablemente en El País a las alcaldesas de París y Barcelona, Anne Hidalgo y Ada Colau. Sus declaraciones resultaron útiles para ponderar el peligro que representan la izquierda y los populismos para el progreso de las mujeres y los hombres.

De entrada, la señora Colau desplegó el habitual alarmismo sectario de los populistas, denunciando que vivimos "una sociedad todavía patriarcal y machista". Eso sí, el poder, el machismo por excelencia, no es machista si lo ejerce ella, que en realidad no manda, sino que expresa la voluntad del pueblo: "Hemos podido hacer muchísimas cosas porque tenemos la fuerza de la gente".

La señora Hidalgo no se quedó corta en obviedades, y clamó contra "la crisis de la austeridad", cuando Francia tiene uno de los niveles de gasto público más altos del mundo, y contra "niveles de desigualdad que ya no se puede aceptar", cuando en el mundo la desigualdad ha disminuido. La alcaldesa barcelonesa la secundó en sus críticas contra "las políticas de austeridad", que no se han aplicado en España, salvo sobre los ciudadanos privados. La parisina elogió las "nuevas formas de vida colaborativa", como si tratase bien a las empresas que a ella se dedican. Eso sí, aseguró que en París mueren 6.500 personas por año debido "sobre todo al diésel". Sobre todo.

Y Colau se puso decididamente dramática:

El modelo anterior era insostenible, llevaba a la desigualdad, a la infelicidad y a terminar con los recursos del planeta. Ese modelo ya no nos sirve, no solo a los jóvenes, no le sirve a la humanidad. Hay que cambiar un modelo de consumo completamente irresponsable e irracional, para ir a políticas más sostenibles. Sabemos que no hay que ser millonario para ser feliz. Que hay recursos suficientes, pero que –algo tan básico de la socialdemocracia– hay que repartirlos mejor.

Acabáramos: o sea, que la cosa estriba en redistribuir la renta, es decir, en subir los impuestos. Por suerte, ninguna de las dos alcaldesas nos insultó a los ciudadanos en dicha entrevista con la mentira esa de que "sólo pagarán más los más ricos", con que nos flagelan sus colegas progresistas hombres. Gracias por ello.

El turismo dio pie al lucimiento de doña Ada: "Que el turismo esté al servicio de la ciudad y no la ciudad al servicio del turismo". A partir de ahí, todo el mundo está al servicio del poder municipal, que ha hecho y sobre todo deshecho en una actividad tan importante para Barcelona. Todo a golpe de prohibiciones sin cesar. Pero, esto es típico de los totalitarios, la señora Colau no manda realmente, porque lo suyo es "un liderazgo democrático". Y, por supuesto, es inconcebible la libertad, porque el malvado "sector privado tiene intereses en la explotación del turismo". Hasta ahí podríamos llegar.

Ahora bien, todo esto ¿no le suena a usted un poco despótico? Tranquilidad, camaradas, que la alcaldesa lo tiene clarísimo:

El despotismo ilustrado ha quedado atrás afortunadamente, no se trata de imponer las ideas desde arriba, hemos de abrir las instituciones a la participación, pero también hemos de llevar a cabo el mandato por el que nos votaron.

Muy interesante, porque dice una cosa y exactamente la contraria en la misma frase: no hay que imponer pero también hay que imponer.

No señale usted la contradicción, porque también ha pensado en ella la señora Colau, que responde con el clásico truco de los totalitarios: en realidad, ellos representan genuinamente la voz del pueblo, que, naturalmente, los medios de comunicación no representan, porque, ya se sabe, aún quedan algunos de propiedad privada que tapan la boca al pueblo oprimido. Afortunadamente, ese pueblo silenciado tiene ahora quien le represente de verdad: los populistas, claro. ¿Cree usted que exagero? Pues lea a la señora alcaldesa, lea:

Y quiero subrayar otra evidencia: una cosa es la opinión publicada y otra la opinión de la ciudadanía, que tiene muchos más matices y mucha más variedad de la que se refleja en las voces que más se escuchan. Hay quienes tienen mucha más capacidad, incluso económica, para hacerse escuchar, y grandes mayorías a las que les cuesta hacerse visibles. Yo creo que estamos en las instituciones para hacer que se escuche a todo el mundo.

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