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Desmontando el catastrofismo: el "régimen del 78", ni fracaso ni conspiración contra el pueblo

Los datos económicos muestran que el último medio siglo ha sido positivo para España. ¿Podría haber sido mejor? Desde luego… y mucho peor.

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Los Reyes, este miércoles, en el Congreso, junto a las máximas autoridades del Estado y los 'padres' de la Constitución. | EFE

La trama, el candado del 78, el régimen de la Transición… Las metáforas han ido variando, pero la idea es la misma: en España, tras el franquismo, no se instituyó una verdadera democracia, sino un pacto entre las élites para mantener su poder a costa del pueblo. Hay días en los que Pablo Iglesias y Podemos lo expresan con más claridad (por ejemplo, en su discurso para la moción de censura a Mariano Rajoy, en el que se fue hasta el siglo XIX para buscar ejemplos que demostrasen su tesis). En otras ocasiones, se apela a un genérico de ellos vs nosotros, los poderosos contra el pueblo, los que roban frente a los expoliados, los que sacan beneficios y los que trabajan, el 1% vs el 99% restante. Los actos de celebración de esta semana, con motivo del aniversario de las primeras elecciones tras la Dictadura, han vuelto a ser aprovechados para desempolvar los viejos lemas.

Nada de esto es nuevo. Al menos desde los escritos de Karl Marx a mediados del siglo XIX, la retórica es la habitual de la extrema izquierda para intentar llegar al poder. Ahora, en España, se mezclan aspectos políticos (el intento de deslegitimar el modelo de Estado nacido con la Constitución de 1978) y económicos (la idea de que los españoles de ahora viven peor que sus padres porque hay unos pocos que se han apropiado de la riqueza del país). En la primera parte de la ecuación –la política- cada uno debe decidir si cree que es cierto que vivimos en un país poco democrático, sin Estado de Derecho, con unas elecciones fraudulentas y sin posibilidad real de alternancia. A primera vista no lo parece y precisamente el éxito de Podemos y su acceso a las instituciones desmienten buena parte de su discurso.

A nivel económico, también puede haber mucho margen para el debate. Aquí mostraremos sólo algunos datos de los últimos cuarenta años. Y no son especialmente negativos sino más bien lo contrario. Si comparamos las cuatro décadas de democracia con los anteriores 200 años de la historia de España, hay pocos indicadores que puedan echársele en cara al actual "régimen". Sí, es cierto, hay otros países que lo han hecho mucho mejor. Y esos deberían ser los ejemplos a los que agarrarnos para mejorar en el próximo medio siglo. Pero cuidado, la sana ambición de progreso no debe ocultar una realidad: de 1975 a 2017 España es una historia de éxito y muchos otros países similares, cuando han tomado el camino equivocado, han demostrado que la senda ascendente no tiene por qué ser continua y que es perfectamente posible para una sociedad retroceder durante años y décadas si las decisiones no son las acertadas.

De Irlanda a Grecia

El primer indicador cuando se habla de temas económicos a nivel país casi siempre es el PIB per cápita (tomaremos las cifras de la base de datos del Banco Mundial: PIB Per Cápita a precios constantes en dólares de 2010). En Libre Mercado hemos pensado que el siguiente cuadro puede ser un buen resumen de cómo lo ha hecho España en el último medio siglo, especialmente desde la llegada de la democracia. Hemos escogido para la comparación otros cuatro países que podríamos considerar de nuestro entorno: Francia (nuestro referente constante), Irlanda (país católico, de la periferia de Europa y mucho más pobre que su vecino rico, en su caso el Reino Unido), Grecia (país mediterráneo con un nivel de riqueza similar en los años 60-70 al de España) y Argentina (el país sudamericano con una estructura social más parecida a la española hace medio siglo). Se podrían haber cogido otros, como Portugal, Italia, Bélgica o Chile. Pero para hacernos una idea, estos cuatro parecen significativos. Y con esos otros ejemplos los resultados tampoco variarían demasiado.

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¿La conclusión principal? Pues que no estamos tan mal. Sí, desde 2005 hemos perdido pie. La crisis ha hecho mella en España. Pero el camino es claramente ascendente. Si uno mira a Irlanda siente una sana envidia por lo conseguido por el Tigre Celta, incluso tras su rescate y el colapso de su sector bancario-inmobiliario. También es cierto que podríamos compararnos con Grecia (un país con una renta per cápita superior a la nuestra en 1985) y consolarnos. Y si miramos a Francia, pues más o menos vemos que la situación es similar, si acaso con una cierta tendencia a la convergencia. ¿Hay margen para la mejora? Desde luego. ¿Complacencia? Ninguna. ¿Catastrofismo? No parece justificado.

Quien quiera más detalles puede acudir al estudio España en la economía mundial, de Jordi Maluquer de Motes, que publicó el Instituto de Estudios Económicos hace unos meses. En sus decenas de tablas podrá ver que la tendencia de los últimos 60-70 años es claramente positiva en cuestiones económicas. Una vez pasada la durísima postguerra, nuestro país comenzó un camino ascendente que le ha acercado a sus vecinos del norte de Europa, algo que en 1950-1960 no estaba tan claro que fuera a suceder. No hay más que mirar lo que ocurrió con los países comunistas tras la caída del Muro: por resumirlo, se podía optar por el camino de Bulgaria o el de Eslovenia. No había nada predeterminado. Dependía de las decisiones que tomase cada sociedad. España está más cerca de ser un caso de éxito que de fracaso.

Maluquer compara el desempeño de España con el de Portugal, Francia e Italia, la que denomina como Europa latina. Y en todos los indicadores puede verse que el camino es similar. España sigue siendo más rica que su vecino luso y quedamos algo por detrás de italianos y galos, aunque con una cierta tendencia a acercarnos a unos y otros. Porque además no hablamos sólo de PIB. El consumo por habitante ha pasado de los 8.290 euros de 1977 a los 12.021 de 2013 (y esta cifra, la última que aparece en el estudio, ha subido con seguridad en los últimos cuatro años: en 2007, antes de la crisis, era de 13.752 euros).

Hace unos días, nuestro compañero Daniel Fernández hacia un excelente análisis sobre los indicadores que mejor explican cómo es nuestra vida en el día a día: capacidad de acceso a una vivienda (más barata en términos de salarios necesarios para su compra), coste de productos como el automóvil en relación a los sueldos (casi toda la cesta de consumo se ha abaratado) o porcentaje del gasto en alimentos (en constante descenso en el último medio siglo). Las conclusiones eran claras: vivimos mejor que nuestros padres y abuelos, incluso aunque unos años de crisis que sobre todo han tenido un fuerte impacto en el mercado laboral a veces hagan que perdamos la perspectiva.

La piedra en el zapato

Porque si hay un borrón en el desempeño de la economía española, ése tiene que ver con el mercado laboral. Incluso en nuestros mejores momentos, por ejemplo, otoño de 2007, justo antes de que estallara la burbuja inmobiliaria, teníamos una tasa de paro del 8%, que en otros países considerarían un nivel propio de una crisis. Es la piedra en el zapato que nos impide avanzar con comodidad. Ahora, tras cuatro años de creación de empleo, seguimos en el 18,75% de desempleo. Y entre los menores de 25 años, la tasa de paro sigue estando alrededor del 40% según la última EPA. Son estas cifras las que explican el desencanto de buena parte de la población.

Pero cuidado, también aquí hay numerosos matices que apuntar. Por ejemplo, que la tasa de paro sea elevada no quiere decir que haya menos españoles trabajando que hace 20-30-40 años. Al contrario. Todavía nos queda para llegar a los 20 millones de ocupados de 2007, pero lo normal es que entre 2019 y 2020 alcancemos esa cifra. En términos de afiliación a la Seguridad Social, como puede verse en las estadísticas del Ministerio de Empleo, hemos pasado de los 10,5 millones de 1985 a los 18,3 millones del último mes de mayo. Todavía hay camino para alcanzar los 19,4 millones de mayo de 2008, pero no pensemos que no se ha avanzado. Además, este incremento se explica en parte por el aumento de población pero también por la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral, otro éxito de los últimos 30 años que no merece caer en el olvido.

En este momento, la mirada se dirige a los salarios. Que también han sufrido con la crisis, sobre todo en el período 2011-2014. Pero tampoco aquí, siendo conscientes de que hay margen para la mejora, los datos son como para ser catastrofistas. Los sueldos han crecido en España en las últimas cuatro décadas y, como veíamos en el artículo de Daniel Fernández, también lo ha hecho su capacidad de compra.

De hecho, según los datos del INE, el sueldo medio en España ha seguido creciendo incluso en los últimos diez años: de los 1.572 euros al mes de 2006 a los 1.893 euros de 2015. Y también lo ha hecho el sueldo mediano (el que deja a la mitad de la población arriba y a la otra mitad debajo), de 1.338 a 1.597 euros en el mismo período de tiempo. Siguen siendo cifras bajas en comparación con los países más ricos de Europa y el objetivo, como país, debe ser que crezcan, algo que harán si conseguimos también mejoras de productividad. Pero ni los datos absolutos son tan horribles como a veces se pinta ni la tendencia es la que se vende desde determinadas tribunas.

¿Y por qué se comporta tan mal el mercado laboral español? Pues algunos apuntan a que es culpa de los empresarios, a los que les interesa tener una reserva de trabajadores en precario o en paro, para así poder bajar los salarios al resto. Para conseguir este objetivo, habrían logrado que los políticos legislen a su antojo, desequilibrando las relaciones laborales en favor de las empresas y contra los trabajadores. El problema es que este relato no encaja especialmente bien con la realidad. Los empresarios españoles llevan años pidiendo menos regulación en el mercado laboral, costes de despido más bajos y una normativa que se parezca a la de los países del norte y el centro de Europa: Holanda, Suiza, Austria, Dinamarca… Cada caso es diferente, en unos no hay costes de despido, en otros tienen la mochila austriaca, la negociación colectiva casi siempre prima el nivel empresarial, incluso hay quien se acerca mucho al modelo conocido como de "contrato único". Y sí, la reforma laboral flexibilizó algo el marco de relaciones laborales. Pero nuestro mercado sigue siendo uno de los más intervenidos de la UE: España y Grecia son los dos países con el despido más caro de la Unión Europea; y si miramos el capítulo de libertad del mercado de trabajo del Índice de Libertad Económica de The Wall Street Journal, España está muy lejos de cualquiera de los países mencionados. La legislación en nuestro país se parece más a la que dejó el franquismo en 1975 que a la vigente en muchos de los países de nuestro entorno. Si es verdad que los empresarios presionan a los políticos para conseguir una desregulación completa del marco de relaciones laborales… han conseguido muy poco al respecto. La "trama", al menos en esto, funciona muy mal.

Desigualdad, pobreza y servicios públicos

Podría pensarse, eso sí, que el problema no es que no hayamos crecido en los últimos cuarenta años, sino cómo lo hemos hecho. Porque los titulares, sobre todo a partir de la llegada del PP al Gobierno (parece que antes esto preocupaba menos) hablan cada día de desigualdad, beneficios crecientes y salarios menguantes, servicios públicos que se desmoronan, graves carencias en el nivel de vida de amplias capas de la población, etc… Pues bien, tampoco. De nuevo, sólo que hay que tomar cierta perspectiva para comprobar que el relato catastrofista no es cierto. Como hemos explicado, hay mucho margen de mejora. Pero ni mucho menos estamos estancados ni vivimos en la situación de emergencia que nos cuentan. Quizás aquí se podría recordar la experiencia de Madrid, que antes de las elecciones municipales tenía decenas de miles de niños en riesgo de malnutrición, que desaparecieron misteriosamente al día siguiente de que Manuela Carmena llegara al Ayuntamiento. ¿Pasará lo mismo con la "pobreza energética"?

Los siguientes son algunos de esos mitos catastrofistas:

- Más beneficios y menos salarios: se asegura que se disparan los beneficios a costa de los salarios. Pero no es cierto si contamos los beneficios reales y no todo lo que en las estadísticas se suma como rentas del capital. Lo explica aquí Juan Ramón Rallo con datos del año 2013, el peor de la crisis.

Restando a las rentas del capital agregadas las rentas inmobiliarias imputadas netas y el consumo de capital (a objeto de obtener unas rentas del capital que únicamente contengan beneficios empresariales netos de empresas y autónomos) las rentas del trabajo siguen siendo muy superiores a las rentas del capital. Se hecho, si no incluyéramos la totalidad de la remuneración de los autónomos entre las rentas del capital, la diferencia sería todavía más amplia.

Es verdad que el peso de las rentas del capital en el PIB viene creciendo desde 2010, pero lo hace porque 2010 fue el peor año de todos para las rentas del capital: de hecho, en 2013 el peso de las rentas del capital en el PIB no sólo era inferior al de 1999, sino también al de 2007 (previo al inicio de la crisis). Cuando se nos dice que el peso de las rentas del capital en el PIB está en máximos históricos, en realidad lo único cierto que se está aseverando es que hubo una enorme sobreinversión empresarial e inmobiliaria durante la era de la burbuja y que ahora mismo las únicas rentas del capital que crecen son el "consumo de capital" y las "rentas inmobiliarias imputadas": de hecho, los beneficios empresariales y de autónomos ascendieron en 2013 a 230.000 millones de euros frente a los 247.000 millones de 2007; es decir, en términos nominales, empresas y autónomos ganaron en 2013 un 7% menos y en términos reales un 18% menos.

Las rentas de capital crecen, sí, porque lo hace el consumo del capital y las rentas inmobiliarias imputadas de inversiones pasadas. Los beneficios de empresas y autónomos se han hundido en mayor medida que los salarios.

Dicho esto, es evidente que en los últimos años los beneficios se están recuperando en España. Lógico tras una etapa tan mala como la vivida entre 2007 y 2013. Pero ni esto es malo ni se está produciendo a costa de los salarios, que también han comenzado una lenta recuperación en 2014-15 (también es cierto que tras la crisis de 2007-08, el ajuste en los sueldos tardó más en llegar que a las cuentas de las empresas).

- Desigualdad: tampoco aquí parece que el "régimen del 78" se haya comportado de manera muy diferente a otros países de nuestro entorno. Si se mide en términos de desigualdad de ingresos, es cierto que en España ha crecido en las últimas cuatro décadas, pero no más que en nuestros vecinos y, sobre todo, ha sido a partir de la crisis y con motivo de la destrucción de empleo. Porque en España la desigualdad está ligada (para lo bueno y para lo malo) al mercado laboral y la tasa de paro. Por eso cayó de 2000 a 2007, subió a partir de ese año y está reduciéndose desde 2014.

Pero no, en nuestro país el 1% más rico no obtiene un porcentaje muy elevado de la renta nacional. Si comparamos con otros países de la UE, podríamos decir que es más bien al contrario. No tenemos muchos ricos ni muchas grandes empresas. Nuestra desigualdad está asociada a la diferencia entre la clase media y la parte baja de la distribución (esos hogares sin empleo en los que no entran ingresos) y no a una supuesta clase privilegiada que acapare rentas (al menos, no tanto como en los países de nuestro entorno).

Y si hablamos de desigualdad de riqueza (patrimonio) España es uno de los países más igualitarios de Europa, entre otras cosas por el elevado porcentaje de personas que vive en una vivienda de su propiedad. Y lo mismo si hablamos de desigualdad de consumo, la más importante para explicar cómo viven día a día los ciudadanos de un país y que en España está al nivel de Suecia o Bélgica y por debajo de Dinamarca, Italia, Francia o Alemania. No parece la imagen de un régimen montado sólo para beneficio de unos pocos.

- Pobreza y vivienda: todos los indicadores de pobreza muestran que nuestra situación es infinitamente mejor de la que había en 1978, cuando se implantó el "régimen" que tantas críticas recibe desde la extrema izquierda. Pero ya no es sólo cuestión de que evolucionemos en un sentido positivo, es que si nos comparamos con nuestros vecinos europeos la situación de España es mejor que la media.

Hay muchos indicadores de pobreza que miden cuestiones muy diferentes (nuestro país aparece en mala posición cuando se mezclan datos de privación material y mercado laboral). Pero en lo que se refiera a dificultades materiales graves, España está en una posición relativamente buena. Para las personas que lo sufran es muy grave, pero no se puede generar alarmismo. Por ejemplo, en el más relevante de los que mide Eurostat: porcentaje de población que no puede afrontar una comida de carne, pescado o equivalente vegetariano cada dos días, España es uno de los países en el que menos porcentaje de población está en esa situación (2,6% en 2015), superado sólo por los más ricos del continente: Suecia, Suiza, Dinamarca, Luxemburgo, Holanda y Noruega. Y algo parecido ocurre en los indicadores que miden las condiciones de la vivienda (si se puede calentar en invierno, goteras graves, suministros básicos…): no era así en 1977, pero ahora los hogares españoles están entre los que mejores condiciones presentan.

Y una cuestión fundamental que no debemos olvidar, más del 80% de los españoles vive en una vivienda de su propiedad, con todos los beneficios que eso tiene. No es tan normal en el resto de Europa Occidental.

- Servicios públicos: podría pensarse que a lo mejor todo esto se ha conseguido a costa de los servicios públicos o negando al grueso de la población el acceso a beneficios que en otros países se dan por garantizados. Pues tampoco. Si tomamos la estadística más general, el gasto público en España ha pasado del 31,1% en 1980 al 42,4% de 2016 (y ha bajado con el incremento del PIB de los últimos años). Sí, hay países como Francia o Dinamarca que tienen Estados más grandes, pero también hay otros con sectores públicos más reducidos. Este es otro tema en el que la discusión ideológica tiene el campo abierto, pero la imagen de un Estado mínimo que apenas tiene peso en la vida de sus ciudadanos simplemente no es cierta.

Si analizamos los servicios públicos, puede decirse algo similar. España tiene en los grandes apartados el nivel que le corresponde, por renta, dentro de la UE. Si acaso, está por encima en algunos de ellos. Por ejemplo, en infraestructuras: muchas de estas obras públicas quizás nos parezcan hasta excesivas, pero su nivel, calidad y extensión es muy elevado en comparación con otros países de la UE. Y por cierto, todos estos servicios públicos se han conseguido con un nivel de inclusión y alcance muy elevado. En algunos, como la educación universitaria, el problema es más de falta de excelencia que de alcance: es decir, al revés de lo que se dice en ocasiones, la Administración española no se ha montado para beneficio de unos pocos.

En sanidad, hace unas semanas se publicaba la clasificación de The Lancet, que situaba a España en el octavo puesto a nivel mundial por la calidad y universalidad de su cobertura. Un buen reflejo es el incremento en la esperanza de vida que muestra el INE, de los 73 años de 1975 a los 83 de 2015. De nuevo, hay mucho margen para discutir posibles mejoras del sistema de salud, pero el régimen del 78 también ha sido un éxito razonable por este lado. Y no, aunque parezca que esto sale solo por generación espontánea, no es así: los gobiernos y ministros de UCD, PSOE y PP han tenido mucho que ver en esta cuestión.

En educación, España flojea en PISA en comparación con otros países aunque el último examen, a pesar de toda la demagogia sobre los recortes, fue un poco más positivo que los anteriores. Hay que trabajar para reducir esa brecha y reducir las elevadas cifras de fracaso escolar, el gran punto negro de nuestra educación. Pero cuidado, si comparamos las cifras con las de 1975, casi todas apuntan a una clara mejoría. Como decíamos antes, el reto es la excelencia, pero el camino recorrido ha sido positivo en términos generales. Por ejemplo, en la universidad: de acuerdo con las estadísticas de la OCDE, menos del 23% de los españoles de 55 a 65 años tiene un título de educación superior. Es un porcentaje inferior al de la OCDE y la UE-15 para ese grupo de edad, lo que demuestra que los jóvenes españoles de las décadas de 1970 y 1980 todavía estaban por detrás de sus pares europeos. Si cogemos a la cohorte de entre 25 y 34 años, la imagen cambia por completo: más del 40% de los españoles de esa edad tiene un título universitario, más o menos en la media de la OCDE y la UE y por encima de países como Alemania (en el país germano, la formación profesional superior está muy extendida). Otro punto a favor del régimen del 78.

- El resumen: con todos estos datos sobre la mesa, lo que queda es un país estable y con unas instituciones sólidas. Que ha tenido un desempeño económico razonable, mejor que muchos otros aunque peor que los mejores. Con unos servicios públicos razonables. Más intervencionista en la legislación que sus vecinos europeos más ricos y con un Estado que, si acaso, está en fase creciente. Con salarios y condiciones de vida ajustados a su nivel de riqueza y productividad (éste sí es el gran reto pendiente de la economía española). Y con un mercado laboral disfuncional, que sí necesita de una reforma en profundidad para acercarse a lo habitual en otros países de la UE.

Hace unos días, Deloitte y Social Progress Imperative publicaban su Índice de Progreso Social, en el que aseguraban que España es el "mejor país para nacer" del mundo por su alto nivel de bienestar y salud. Algo influirán el clima, la cultura, las instituciones y la historia. Todo ello es importante para indicadores sobre salud, educación, poca violencia o cohesión social, en los que España destaca año a año. Pero también habrá que darle algo de crédito a los políticos y al sistema institucional que en estos días cumple cuarenta años. No, España no es un paraíso (probablemente, ningún país lo sea, cada uno tiene cosas buenas y malas). Pero tampoco es justo el retrato negro, oscuro y pesimista que el populismo quiere pintar en su beneficio. Al menos en materia económica (y también "social", esa palabra que tanto gusta aunque no esté claro qué significa), los datos nos dicen que el régimen del 78 no ha sido, ni mucho menos, un fracaso.

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