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Jesús Gómez Ruiz

Jordi Sevilla Keynes

Las bajadas de impuestos siempre son positivas. Significan que el estado gasta menos para que el contribuyente pueda gastar, ahorrar o invertir más —y de forma más eficaz—; o lo que es lo mismo, con impuestos más bajos el ciudadano es un poco más libre. Pero con la condición de que el estado gaste menos. Porque si sigue gastando lo mismo, o incluso más, el contribuyente acabará pagando más tarde la diferencia —corregida y aumentada—, ya sea en forma de inflación, de depreciación de la divisa, de futuras subidas de impuestos, de desempleo, o de una mezcla de las cuatro.

Desde que Keynes anunció que el gasto público y el déficit presupuestario creaban riqueza, han sido escasos los gobiernos del mundo que no han sucumbido a la tentación de incrementar el déficit del estado en épocas de recesión. Ni siquiera después de las experiencias de la Gran Depresión, de la crisis de los años setenta y de las hiperinflaciones que se han producido después de la posguerra —que demostraron empíricamente que el déficit público, no sólo no crea empleo y riqueza, sino que los destruye— los políticos se han curado completamente de ese reflejo derrochador que les aflora cuando la economía no crece todo lo rápido que, según su criterio, debería crecer.

No faltan ejemplos hoy día: Alemania y Portugal, después de incurrir en déficit que rozan el límite de los criterios de estabilidad del euro (el 3% del PIB, por lo que se han hecho acreedoras a la reconvención de las autoridades europeas), no han logrado revitalizar sus economías. Los déficit públicos acumulados en la etapa socialista (llegaron al 7% del PIB) provocaron las tres devaluaciones de la peseta y un fuerte aumento del desempleo.

La economía española ha crecido un 2,8% el pasado año (dos décimas por debajo de las previsiones del Gobierno). Si bien no es una cifra espectacular, tampoco puede decirse que la economía española esté atravesando graves problemas. Crecemos al doble de la media europea, y Alemania, la economía más grande de la zona, ha crecido sólo el 0,5% y acumula su cifra de paro más alta desde la guerra. Aunque es cierto que el crecimiento del cuarto trimestre ha sido el menor del año (un 2,4%), es preciso tener en cuenta el impacto del 11-S.

Con estas cifras no puede hablarse en sentido estricto de recesión en España. Todo lo más, de una suave desaceleración (que para sí querría Alemania). Es por esto por lo que sorprenden las declaraciones de Jordi Sevilla, responsable de política económica del PSOE, cuando insta al Gobierno a rebajar impuestos e incurrir en déficit con el objeto de superar la “recesión”. Habría que preguntarle a Jordi Sevilla qué nombre debería recibir, en su opinión, lo que le ocurre a Alemania... quizá “terrible depresión”, “argentinización” o “chavización”. Según Sevilla, lleno de furor keynesiano, "se está haciendo todo lo contrario de lo que se debería de hacer en una situación de crisis que es mayor de la prevista. El Gobierno está subiendo impuestos, es decir, desanimando el consumo de las familias y está obsesionado con el 'déficit cero', es decir, restringiendo la posibilidad de actuar desde el Presupuesto". Es precisamente esa “obsesión” por el déficit cero lo que ha permitido reducir la carga financiera de la deuda pública desde cotas superiores al 25% del Presupuesto a las actuales del 10%. Y esa “actuación desde el Presupuesto” se refiere a la mal llamada “política fiscal”, responsable de que las bajadas de impuestos tengan tan mala fama como generadoras de déficit público, inflación y desempleo.

Poco importa si bajar los impuestos es de “izquierdas” o de “derechas”. Pero lo indiscutible es que, si no se van a rebajar también los gastos, es preferible dejar las cosas como están, aunque atravesemos una “terrible” recesión. Si el PSOE quiere hacer oposición en materia económica, no podía haber elegido peor los argumentos

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