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Pedro Schwartz

Presiones sobre el Banco Central Europeo

La independencia del Banco Central Europeo es un activo precioso que los europeos debemos defender sin descanso. Si el Banco es independiente y se atiene a su objetivo primordial de “mantener la estabilidad de precios”, se abstendrá de inyectar “chutes” de dinero a la economía europea para reanimarla, aunque se lo reclamen quienes creen que es posible hacer otra política monetaria que no sea la de en mantener constante el valor del euro a lo largo de los siglos.
 
Como la inflación de Eurolandia, medida por el Índice armonizado de precios al consumo está creciendo por encima del 2% anual, no creo que el Consejo de Gobierno del BCE vaya a reducir el tipo de interés básico; y si lo hace, pues mal. Sin embargo, en Europa cunde la preocupación porque el euro se ha revalorizado tanto frente un dólar mal gobernado: los políticos y cabilderos empresariales claman por una reducción del tipo para que las inversiones en euros no sean tan apetecibles y la moneda se deprecie un poco.
 
La independencia del BCE, que no pueden ni recabar ni aceptar instrucciones “procedentes de las instituciones u organismos comunitarios, de ningún Gobierno de un Estado miembro ni de ningún otro organismo”, se ve amenazada por otro camino, el de los intentos de llegar a acuerdos con otros países para fijar el tipo de cambio. Si Schroeder, ahora que es más amigo de Bush, consigue convencer al presidente americano de que hay que tomar medidas artificiales para detener la caída del dólar, causada por el creciente déficit público y comercial de EEUU, ello equivaldrá a arrastrar la moneda europea por el mismo camino de perdición que el dólar. Precisamente uno de los puntos flacos del Estatuto del BCE es que la política cambiaria no está en manos del Banco sino de los representantes de los Estados en el Consejo Europeo. El artículo 109 del Tratado permite, por ejemplo, que dicho Consejo, sobre la base de una recomendación de la Comisión de Bruselas, pueda celebrar acuerdos para crear un sistema de tipos de cambio mundiales. Es cierto que previamente tendría que “consultar” al Parlamento Europeo; y también al BCE para que ello sea compatible con el objetivo de la estabilidad de precios. Pero no me fío nada y, en evitación de enjuagues, doy gracias como siempre al obstáculo que supone la regla de unanimidad.
 
Dirá alguno que la economía europea no puede soportar una revaluación tan aguda del euro. Nuestras compañías están declarando beneficios. La coyuntura va a mejor. Admitirán ustedes que Francia y Alemania van mal por muy otras razones que las cambiarias: no les viene mal un poco de disciplina monetaria para que por fin pongan manos a la obra de la reforma.
 
 
© AIPE
Pedro Schwartz, catedrático de la Universidad San Pablo CEU y columnista de Expansión y La Vanguardia.

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