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La idea de que estamos en manos de las empresas y que su poder es igual al poder político es antigua, e interesante por ser a la vez disparatada y verosímil.

Carlos Rodríguez Braun
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Mi amigo canario Antonio Salazar me envía un artículo publicado en el Diario de Avisos, firmado por el poeta tinerfeño Mariano Vega-Luque, que identifica al Big Brother orwelliano con las empresas multinacionales.

Don Mariano ha sido maltratado por una compañía telefónica española, que no le explica sus facturas, y una empresa francesa de automóviles, que le tuvo meses esperando un repuesto. Concluye que dichas empresas "funcionan como dictaduras" y alude al "bombardeo propagandístico" y al "capitalismo salvaje".

La idea de que estamos en manos de las empresas y que su poder es igual al poder político es antigua, e interesante por ser a la vez disparatada y verosímil.

Es disparatada porque el llamado poder económico es esencialmente distinto del poder político, porque sólo éste ostenta el monopolio de la violencia legítima. El desarrollo empresarial en competencia no se basa en la fuerza sino en el suministro de bienes y servicios que los ciudadanos deciden comprar libremente: ninguna empresa puede obligar al consumidor a pagar, por más que le bombardee con propaganda. El poder de las empresas no es capaz de ejercer la coacción del mismo modo que la política, salvo en un caso que veremos de inmediato.

La noción del poder empresarial es, empero, verosímil porque las empresas multinacionales son grandes organizaciones que pueden parecerse a Estados, y también porque es tal el peso de la política que las empresas no pueden darse el lujo de ignorar a quienes controlan directamente la mitad del PIB mediante el gasto público, e indirectamente el resto mediante regulaciones, controles y leyes.

Más aún, la existencia de Estados tan fuertes fomenta la aproximación de las empresas en busca de monopolios, proteccionismo y ventajas de todo tipo al margen de la competencia. Dicha aproximación es lo único que permite a las empresas ejercer la coacción, pero la ejercen a través de la política, que es su titular original, y no gracias al capitalismo salvaje. Esto ha sido denunciado por los economistas liberales desde Adam Smith, y no significa que las empresas sean iguales al Gran Hermano.

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