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Mercados internacionales: dónde invertir y de dónde salir

Las políticas que promueven el desarrollo incorporan un tratamiento favorable para el ahorro, la formación de empresas y la inversión a largo plazo.

RAQUEL MERINO JARA
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De poco serviría elegir una empresa prometedora si el entorno del país la echa a perder. Traemos a colación en el análisis de mercados de esta semana la sabiduría de John Templeton para ilustrar la problemática de la inversión internacional. Nacido en el seno de una familia pobre de Tennessee y profundamente religioso, John Templeton confesaba que fue en la universidad cuando descubrió su vocación hacia la gestión de patrimonios: "Mientras estudiaba me puse a averiguar qué talentos me había concedido Dios. Pensé que el lugar donde yo podría ser más útil a la gente quizás sería ayudándoles a cometer menos errores estúpidos al seleccionar sus inversiones". La idea de Templeton fue sencilla a la vez que revolucionaria: coger el viejo principio de comprar bajo y vender alto y aplicarlo a escala global allí donde hubiera una oportunidad, sin fijarse en las fronteras.

Al decidir en qué países invertir, Templeton insistía en que la inversión debe dirigirse a aquellos lugares donde sea bien recibida y tratada:

1. Evitar países plagados de políticas socialistas o inflacionistas

Evitar países con políticas inflacionistas es especialmente importante en el caso de que se opte por la inversión en renta fija, pues una devaluación monetaria implicaría pérdidas sustanciales en el principal de la inversión. En renta fija, las remuneraciones son inamovibles. La renta a percibir está pactada de antemano y, salvo pacto en contrario, en la moneda local. Una devaluación es una terrible noticia. Pongamos el caso de un norteamericano, inversor en renta fija en la Argentina de 2001. De un día para otro, pasó a recibir en dólares un tercio de aquello con que contaba hasta la fatídica devaluación.

Las políticas inflacionistas suelen presentarse bajo dos formas. La más burda y de efectos destructivos más inmediatos consiste en la financiación de gasto público corriente a través de deuda pública inmediatamente colocada al banco emisor contra nueva moneda emitida. Es el mecanismo de lo que coloquialmente entiende el público como "imprimir billetes". El Banco Central, debidamente instado por el Gobierno, no imprime tales billetes contra nada, sino contra la deuda pública que está emitiendo el Tesoro para pagar los despilfarros de la Administración, y que incorpora a su balance como activo de reserva.

En este caso, esos nuevos billetes que ahora están en circulación tendrán efectos sobre el nivel de precios y el tipo de cambio que se advertirán enseguida, sin tan siquiera tener la emisión inflacionaria un efecto estimulante sobre el nivel de actividad económica.

Son los casos típicos de países iberoamericanos. En la Unión Monetaria Europea, esta práctica se encuentra prohibida. No obstante, Grecia, hasta cierto punto, sería el país cuya operativa fiscal se asemeja más a la descrita: poco crecimiento económico, mucho gasto público, mucho déficit presupuestario y, finalmente, mucha deuda pública que ahora representa un grave problema para la Unión.

La segunda modalidad inflacionaria es más silenciosa e insidiosa y adopta la forma de financiación barata y crédito fácil para los agentes económicos. Esta borrachera de crédito es el caldo de cultivo para el surgimiento de los ciclos económicos que tan bien ha estudiado la Escuela Austríaca de Economía.

Como ya se analizó en un anterior artículo, los ciclos son un fenómeno eminentemente crediticio que explican la sobrevaloración de las empresas cíclicas y de la bolsa en general. Pero también se revelará fundamental su comprensión y demandará nuestra máxima atención si estamos invertidos en la moneda local de un país en pleno boom.

En la etapa final del auge, los bancos acaban inundados de un volumen anormal de créditos sustentados sobre una actividad económica recalentada por las compras a crédito. Al mismo tiempo, una gran parte de los agentes económicos (incluido el sector financiero) acaba fuertemente endeudada.

Cuando no es posible estirar más el crédito, este gigante con pies de barro se cae por su propio peso, siguiendo normalmente un guión que el reciente ocaso irlandés ha trazado a la perfección. Los tipos de interés se disparan y se extiende el miedo en los bancos a seguir prestando. Simultáneamente, la demanda a crédito se desploma y, de su mano, caen las ventas, por lo que entran en pérdidas numerosos negocios dependientes de esa demanda, que deberán cerrar o disminuir de tamaño. Asociados a las liquidaciones y a la caída de la demanda de esos bienes, tarde o temprano, los precios de los bienes antes inflados bajarán significativamente.

La caída en la valoración de los activos de las entidades crediticias y la creciente morosidad de sus deudores empezarán a revelar agujeros contables que pondrán en solfa su solvencia. Por ello mismo, la incertidumbre respecto a la salud de las entidades de crédito provocará la retirada masiva de depósitos y la huida del apestado sector financiero en busca de instrumentos más seguros para conservar los patrimonios.

En muchas ocasiones, como refleja el caso español, el Gobierno busca sustituir la caída de la actividad económica, ya sea con políticas de estímulo, o salvando directamente a los sectores más tocados: los de bienes de equipo o construcción y el financiero. Este reemplazo de la demanda podrá ser sostenible tan solo durante un tiempo, pues el sector público caminará con pasos de gigante hacia volúmenes de deuda pública alarmantes, llegando, eventualmente, los "ataques a la misma", como se ha puesto de manifiesto en los casos reseñados de la UE.

El fin de este proceso es sin duda dispar. En Europa, se ha instado a los gobiernos manirrotos a hacer reajustes fiscales para controlar los déficits públicos y así evitar que el ciclo y la absurda política fiscal de algunos países arrastren a la moneda.

Sin embargo, al comprar deuda pública de España, Irlanda o Portugal, el Banco Central Europeo está monetizando los malos créditos privados y públicos de estos países, en un proceso que se aproxima al descrito cuando hablábamos de la impresión de billetes. Llevado a un extremo, si se llega a emitir sistemáticamente nuevo dinero respaldado por esos créditos malos, es cuando las tormentas monetarias pueden arreciar y hacerse patente la incapacidad del Banco Central de turno para sostener el tipo de cambio.

Ante estas presiones, por tanto, una vía de escape muy común es la devaluación. De esta manera, el Gobierno y los agentes más endeudados se alivian impagando parte de su deuda real al tiempo que se estimulan las exportaciones, aumentan los ingresos fiscales y se equilibra la balanza comercial. Eso sí, a costa de unos acreedores a los que se estafa (tenedores de moneda y de deuda) y de unos ciudadanos que habrán de soportar inflación y merma de las ventajas del comercio internacional debido a lo oneroso de las importaciones.

Vistos someramente ambos procesos de desarrollo de políticas inflacionistas, el inversor internacional avezado debe estar familiarizado con éstos –si bien más con el segundo, más sutil– si no quiere verse atrapado en medio de devaluaciones muy dolorosas, que puedan diezmar su patrimonio.

2. Invertir preferentemente en aquellos que promueven y consiguen importantes crecimientos económicos a largo plazo

Normalmente, las políticas económicas que promueven el desarrollo incorporan un tratamiento favorable para el ahorro, la formación de empresas y la inversión a largo plazo. Son países en que impera la paz social; hay una población crecientemente formada o, al menos, con capacidad de adaptación. O también invierten para contar con infraestructuras adecuadas, entre otros factores de éxito.

Buenos ejemplos serían los casos de Chile en las tres últimas décadas, de Singapur desde su independencia o, yendo más atrás, de la República Federal Alemana y Japón en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

3. Países que promueven reformas tendentes a la liberalización económica

Entre estas reformas, estarían las privatizaciones y desregulaciones de sectores, la persecución de la corrupción, una mayor apertura internacional y la transparencia de las instituciones públicas y privadas.

Sería el caso típico de países que cambian de sistema, pasando de economías mercantilistas o socialistas (cerradas al exterior o planificadas) a sistemas más abiertos, dispuestos a abrazar las ventajas de la libertad de empresa y el comercio internacional. Dos buenos casos serían el de España a partir del Plan de Estabilización (1958) o el de China a partir de las reformas de Deng.

De lo anteriormente expuesto, pueden extraerse enseñanzas tanto para los inversores como para los responsables de las políticas económicas y monetarias. Si los segundos se embarcan en algunas de las malas prácticas señaladas, especialmente las conducentes a incrementar la tensión social, demonizar la empresarialidad y la inversión o apostar por el crédito barato y fácil, ahuyentarán los capitales y habrán de sustituir su financiación atrayendo el dinero más caliente y especulativo que sólo busca la alta rentabilidad en el más corto plazo antes del temido colapso. Por parte de los inversores y antes de seguir a los más avispados, deberemos fijarnos especialmente en las burbujas e irnos retirando cuando aún estemos a tiempo; casos de España, Irlanda o la bolsa mundial hacia los años 2006/2007. Actualmente, los países que aparecen más peligrosos desde este punto de vista podrían ser Brasil y, en menor medida, China, donde el Gobierno parece sensibilizado con esta deriva y está tomando medidas antiinflacionistas de forma determinante: incremento de tipos de interés, de coeficientes de reserva bancaria, prohibición de compra de segunda casa o la reforma del sector bancario.

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