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Cómo ponderar nuestra cartera en tiempos difíciles

Para conseguir rentabilidades y evitar pérdidas es esencial comprender los efectos que cada tipo de periodo secular tiene en los activos.

Raquel Merino Jara
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La importancia de los ciclos seculares, es fundamental a la hora de elegir la composición de nuestras inversiones. Para conseguir rentabilidades interesantes, así como para evitar dolorosas pérdidas, es esencial comprender los efectos que cada tipo de periodo secular tiene en los activos que poseemos o estamos en disposición de adquirir.

Un periodo secular, como ya vimos, suele estar compuesto asimismo de varios ciclos comerciales. Así por ejemplo, podemos encontrarnos con que en a lo largo de un periodo secular alcista haya varios ciclos comerciales completos. Sería el caso del auge y posterior crisis de las "punto com" en España, fenómeno que se correspondería con un ciclo comercial completo (1995-2000), integrado a su vez en la fase alcista de un ciclo secular (1982-2007). Lo mismo puede decirse de los periodos seculares bajistas: también tendremos ciclos comerciales subsumidos en ellos.

En los periodos seculares, nos toparemos a menudo con las habituales fases de expansión, crisis, recesión y recuperación. Pero los ciclos seculares son períodos mucho más amplios y se presentan simas más profundas o más elevados picos en la producción (empleo, demanda total, evolución de los índices bursátiles, etc.), que no son explicables a partir de los meros ciclos comerciales.

A continuación, entraremos en harina ofreciendo algunos elementos que nos ayudarán a identificar periodos seculares y distinguirlos de los simplemente comerciales.

Características de los periodos seculares bajistas:

  • Duración: generalmente, se tarda en torno a una generación en salir de un periodo secular. Dicho de otro modo, alrededor de 18 años. Tenemos como ejemplo las recesiones o depresiones del 29 al 47 (la Gran Depresión) y del 69 al 82 (estanflación).
  • Suele producirse una caída de al menos un 40% en los principales índices bursátiles, siendo las caídas aún mayores en índices más pequeños (de determinados sectores, de empresas emergentes o small caps, etc.).
  • La caída dura al menos entre 3 y 5 años.
  • Tras la caída se produce un tiempo prolongado de estancamiento y resaca en el que los excesos son purgados (de entre 8 y 12 años).
  • Aunque, como ya se ha visto, durante un ciclo secular bajista puede haber ciclos alcistas cortos, tardará más de década y media en ponerse en marcha otro periodo secular alcista. Es importante tener presente que este dará comienzo cuando se sobrepasen los niveles máximos alcanzados en el anterior ciclo secular alcista.

Características de las fases bajistas de los ciclos comerciales:

  • Solemos toparnos con caídas de entre 15% y 40% en los índices que raramente duran más de un año.
  • Así pues, no es lo mismo un pánico que un periodo secular bajista (téngase en consideración, por ejemplo, el crack del 87).

Lo que caracteriza, por tanto, a un periodo secular es su duración y el dolor sostenido que ello conlleva. Inclusive, es algo que hace cambiar los patrones de comportamiento de los agentes en el largo plazo, ya hablemos de la época de auge o de recesión. Por ejemplo, tras los febriles años 20, vino la depresión. Ya en la actualidad y sin salir de nuestras fronteras, tras la hiperinflación sostenida, se estableció el patrón del gusto por comprar casas; y tras el inflacionismo –entendido esto como fenómeno social– y los consiguientes desmanes, aparece ahora la fase de austeridad...

Ciclos seculares y activos

Así pues, llegamos a nuestro objetivo final. Ya presentamos cuáles son los activos que, en condiciones normales, son más aptos para alcanzar los objetivos que nos marquemos de protección (a corto o largo plazo) o crecimiento del patrimonio. Ahora veremos cómo esos activos cumplen esta función en etapas más convulsas. Dicho de otro modo, si las acciones –por grueso que resulte meterlas a todas en un mismo saco– pueden cumplir los objetivos de protección en el largo plazo y crecimiento del principal, habrá fases del ciclo en que no lo harán tan bien. En esos casos, habremos de reducir en nuestra cartera (asset allocation) el peso que éstas tengan por los riesgos inherentes a dicha inversión.

En cada ciclo, nos enfrentaremos a estos entornos económicos que tienden a repetirse: a) recuperación, época con mayor estabilidad de precios; b) inicio de la siguiente expansión económica, con moderada inflación, sobre todo, si nos fijamos en los bienes de consumo o materias primas (otros activos sí suben de precio significativamente); c) crisis e inicio de recesión; d) recesión, en la que podemos tener tanto deflación (la crisis de los 30) como hiperinflación (años 70), y e) desinflación en el caso de estabilización tras una hiperinflación (años 80).

Cómo se desencadena una hiperinflación partiendo de un entorno de crisis ya lo examinamos en anteriores artículos. Ésta fundamentalmente se debía a los desajustes de las cuentas públicas, ya sea por la llegada de gobernantes populistas (Hispanoamérica; España hoy, aunque contenida por la UE...) o alguna guerra. Estos desajustes conducen a un creciente endeudamiento público, al empeoramiento de la calidad de los activos de los bancos centrales, dedicados a monetizar esa deuda cada vez más incierta y, finalmente, a la llegada las devaluaciones y, en suma, a las huidas en estampida de esa repudiada moneda.

Vistos los escenarios, analicemos los activos a considerar con vistas a nuestro asset allocation. Siguiendo a Darst, estos activos podrían englobarse en las siguientes clases: las acciones, la deuda pública, los activos monetarios, las commodities, la propiedad inmuebles y el oro.

En Libre Mercado

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