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Próximamente... el fin

La historia del socialismo no permite muchos optimismos, salvo que se concluya en que es el momento para la reflexión y la renovación, desprendiéndose de la historia vergonzante.

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Dos expresiones muy cinéfilas; bien es verdad que en español nos ahorramos el artículo de la segunda, aunque en este caso me aporta énfasis la literalidad inglesa. Soy consciente de que son dos términos contradictorios: el primero –próximamente– indica esperanza anunciando el arribo de un hecho cierto y anhelado; el segundo, contrariamente, constata que no se alcanzará lo que no se haya conseguido ya: pasó la última oportunidad.

En nuestra querida España, nación de contradicciones, ambos son capaces de cohabitar en una expresión única para quienes, ávidos de esperanza, con la mirada puesta en lo próximo a suceder, esperan "el fin" como síntesis de sus deseos y aspiraciones. El anuncio, hace un par de días, del señor P. Rubalcaba (me resisto a llamarle "Alfredo", pues nada en común tengo con él, porque, hasta lo que para él es disfrute, para mí es sufrimiento) de que próximamente dará a conocer las pócimas milagreras para los males de nuestro país, además de considerarlo un insulto a los sufridos españoles, me ha permitido refugiarme en la única esperanza que todavía soy capaz de mantener: que la pócima sea el fin, que termine con la cruz que soportamos los españoles con su presencia.

Así que necesitamos una nueva película, con nuevo guión y nuevos personajes. También nos valen las de animación, con muñecos capaces de despertar nuevas esperanzas, pero pensar que puede ser otra vez el señor P. Rubalcaba, NO. Siete fueron las plagas de Egipto, pero el socialismo español ha sobrepasado ya la docena, por lo que precisamos de alguien que saque al pueblo de su cautiverio. Y ese no puede ser el actual vicepresidente primero, ni puede serlo quien tenga las manos manchadas en los gobiernos de la ineficacia, del favoritismo, y también de la corrupción en el ejercicio de la función pública, de los señores Rodríguez Zapatero y González Márquez.

¿Pero es que no hay otros socialistas, honestos, diligentes, dispuestos a trabajar por la Nación en vez de aprovecharse de ella? ¿No hay socialistas que no mientan, que sean coherentes con los principios del buen gobierno y del bien común?

La historia del socialismo no permite muchos optimismos, salvo que se concluya en que es el momento para la reflexión y la renovación, desprendiéndose de la historia vergonzante y asumiendo líneas modernas de compromiso político que permitan reestructurar el país, el Estado de Derecho –destrozado como nunca antes en tiempos de paz–, y la economía; esta última, basada en el buen hacer y en la confianza, no en el pelotazo, y sin amenazas demagógicas que, como se comprueba, nos conducen al caos.

No se puede gobernar desde las trincheras; desde allí, sólo cabe defenderse. Buscar entre los indignados milicianos para la defensa es una forma de prolongar la guerra y, en ella, no es un consuelo que también pierda el tal Alfredo, porque más perderemos los demás; al fin y al cabo, a nosotros, aún nos queda alguna esperanza.

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