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George Will

La parsimoniosa Albión

El Servicio Nacional de Salud británico es el sexto patrón más grande del mundo, por detrás del ejército chino, Wal-Mart, la China National Petroleum, la Corporación Eléctrica Estatal de China y la de Ferrocarriles de la India.

George Will
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El ministro británico de Economía y Hacienda tiene un sentido del humor seco y agudo. George Osborne, de 40 años, dice que Gran Bretaña escapó de sufrir una burbuja inmobiliaria similar a la norteamericana con su correspondiente batacazo posterior porque, mientras Estados Unidos ampliaba de forma imprudente su parque inmobiliario, "nosotros nos salvamos porque en este país no se permite construir nada".

Hasta cierto punto exageraba los obstáculos regulatorios al dinamismo empresarial que interpone Gran Bretaña, igual que resultó exagerada, hasta cierto punto, su predicción, realizada al jurar el cargo hace 15 meses, de que en cuestión de seis lunas sería el hombre más impopular de Gran Bretaña. Su apuesta y la del primer ministro David Cameron son del tipo que debería interesar a los estadounidenses: creen posible que Gran Bretaña reduzca el tamaño del estado y estimule la economía simultáneamente.

Desde que se reanudara el crecimiento aquí en el 2010, ha llegado a un 2,2% poco sólido. Durante el segundo trimestre de 2011 fue del 0,2%, peor que el lamentable 0,8% de Estados Unidos durante la primera mitad de este año. Hay quien dice que la boda real distrajo al obrero británico. De verdad. De hecho, también los recientes disturbios han suscitado la aparición de otra teoría sociológica de andar por casa, que asegura que los recortes en los servicios sociales empujan a turbas desesperadas de jóvenes a saquear las tiendas de zapatillas Nike. Pero a lo mejor la política no es la causa de todo.

La contracción del Estado británico se supone más severa que la del estadounidense, donde unos recortes supuestamente "salvajes", "draconianos", etc. acordados en el Congreso se tradujeron en que durante una década Washington va a tener que sobrevivir con 43.700 millones de dólares en lugar de 46.100. De verdad.

El Estado británico sufre de obesidad mórbida. Por tercer ejercicio consecutivo se lleva más de la mitad del Producto Interior Bruto, en parte porque la mitad de todo el empleo creado durante los trece años de Partido Laborista en el poder que finalizaron en mayo de 2010 fue en el sector público. La deuda de Gran Bretaña, que se sitúa ya en el 62% del PIB, se prevé que alcance el 71% durante los ejercicios 2013-14 antes de descender. El Estado devora el 47% de la renta nacional.

El objetivo de reducirlo al 40% en cinco años será difícil porque Cameron tiene un mandato cogido con alfileres. En 2010 los conservadores estuvieron a punto de sufrir su cuarta derrota consecutiva, y no lograron la mayoría frente a un Gobierno laborista acabado e impopular.

Ahí podría estar la razón por la que Cameron se haya abstenido de reformar en profundidad la religión oficial del país. No, la Iglesia de Inglaterra no: el Servicio Nacional de Salud. En ocasiones funciona bien como proveedor de servicios sanitarios pero es sobre todo un fabuloso programar de creación de empleo: es el sexto patrón más grande del mundo, por detrás del ejército chino, Wal-Mart, la China National Petroleum, la Corporación Eléctrica Estatal de China y la de Ferrocarriles de la India.

Osborne afirma que la reforma social estadounidense de 1996 "ayudó a cambiar el debate que se producía aquí". A lo mejor, pero casi el 30% del gasto público británico sigue destinándose a un Estado del bienestar que le regala a una madre soltera en paro con dos hijos una renta neta tras impuestos superior a la de un cartero. Existe, afirma Osborne, un considerable resentimiento entre la población que "va a trabajar a las siete de la mañana y ve bajadas las persianas del vecino de al lado". Casi la quinta parte de los hogares británicos no tiene un cabeza de familia, mientras los inmigrantes constituyen el 13% de la mano de obra.

Afortunadamente en Gran Bretaña, como en gran parte de Estados Unidos, los sindicatos están perdiendo fuerza. Los sindicatos británicos sólo tienen 7 millones de afiliados, por debajo de los 13 millones de hace 30 años. Cuando en junio los responsables de un gran sindicato de funcionarios convocaron una jornada de huelga, sus afiliados no se entusiasmaron y el público no sufrió ninguna molestia.

Casi la mitad de los parlamentarios conservadores de los Comunes fueron elegidos por primera vez en 2010 y, al igual que los republicanos de la Cámara de Representantes de EEUU elegidos por primera vez ese año, estos conservadores mantienen una indiferencia propia del Tea Party hacia los habituales temas intocables como la Unión Europea. Ha sido tal la filtración de soberanía británica hacia Bruselas que la capacidad de Cameron de liberalizar la economía de su país se está viendo significativamente mermada. Sólo el 22% de los británicos considera "algo bueno" el ingreso en la UE ahora que la Unión anda ocupada transfiriendo riqueza a quienes no la crean.

Con la vista cauta puesta en Grecia y el posible contagio a Italia, España y Portugal, entre otros, Osborne se teme una "reposición versión deuda soberana" de la crisis económica provocada por el colapso en septiembre de 2008 de Lehman Brothers. También teme que Gran Bretaña pueda verse injustamente manchada a los ojos de los inversores asiáticos, entre otros, si deciden que "Europa es un caso perdido".

Bueno, sí. The Economist informa que hará cosa de un mes, en una reunión de urgencia de líderes de la eurozona, Jean-Claude Trichet, gobernador del Banco Central Europeo, repartió una lista ordenada de economías con más probabilidades de impago de la deuda soberana según los mercados: "Grecia, Portugal e Irlanda estaban en los primeros puestos, considerados un mayor riesgo que Venezuela y Pakistán; España se considera menos segura que el Egipto revolucionario".

El año que viene podría ir algo mejor. Londres será anfitriona de los Juegos Olímpicos y el país celebrará el aniversario de diamante de la Reina: 60 años en su trono. Este año, sin embargo, las rehabilitaciones del Palacio de Buckingham y el Castillo de Windsor quedan aplazadas.

© Washington Post Writers Group

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