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¿Qué sucede con nuestras infraestructuras?

Porque España necesita invertir bien en su infraestructura de transportes y comunicaciones, e incluso mucho, pero no en las que sirvan poco, o sea, las que tengan lo que se llama una enorme relación capital producto.

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Por supuesto que todos los economistas actualmente engolamos la voz y citamos a Aschauer como quien nos advirtió de los males que se derivan de una política equivocada por lo que se refiere a la construcción de infraestructura de transportes y comunicaciones. Por supuesto también que Aschauer tiene razón, pero existía una prioridad española. Había surgido en la lejanía de 1935, en un artículo publicado en el Weltwirtschaftliches Archiv por Perpiñá Grau. Criticaba en él la construcción radial de carreteras en España, que entonces tenían una rentabilidad ridícula en tráfico, durante kilómetros y kilómetros. Como una especie de corroboración, en El viaje a la Alcarria, Cela, echado a la sombra de un árbol en una de estas carreteras nacionales, corroboraría: "De vez en cuando pasaba una bicicleta o un coche oficial".

Ahora, en un discurso en la inauguración de la Feria de Muestras de Asturias, y ratificándolo, en el de clausura del curso de verano de la Escuela Asturiana de Estudios Hispánicos, Francisco Álvarez‑Cascos ha replanteado la cuestión en relación con nuestra realidad ferroviaria. Dijo exactamente:

Desde su incorporación a la Unión Europea en 1986, España hizo suyo el compromiso de creación de un espacio sin fronteras interiores que exige la interconexión y la interoperabilidad de las redes ferroviarias nacionales, a través de acciones normativas y técnicas para lograr un nuevo sistema que favorezca el aumento de la competitividad del transporte ferroviario en Europa. Si esto es importante para la Unión Europea donde el ferrocarril alcanza una cuota de mercado en el transporte de mercancías del 22% en Alemania, del 16% en Francia y del 11% en Italia, no es difícil admitir la trascendencia que supone para España donde la cuota actual de mercancías es del 4%. Recordemos también que el ferrocarril es el modo de transporte más eficiente energéticamente y más respetuoso con el medio ambiente.

Por supuesto que mucho tiene que ver con ello el ancho ibérico de las vías.

Las consecuencias, por ejemplo en relación con el consumo energético caro, son considerables. Mientras tanto, el Gobierno alardea de que superamos a prácticamente todos los países ricos en la densidad de trazados de AVE, aunque acabamos de tener noticia, de que no ha habido más remedio que cancelar algunos en líneas cercanas a Madrid.

Vamos disponiendo de estudios serios sobre cómo debería orientarse la política española. A las denuncias de los Perpiñá, los Aschauer, los Álvarez Cascos, se suman investigadores como los Cuadrado Roura, los Carolina Cosculluela con su muy reciente crítica de los resultados de recientes obras públicas y los de su maestro, el profesor Rafael Flores. Desde 2004, inicio de un colosal conjunto de errores cometidos en nuestra política económica, todo ha empeorado. Porque España necesita invertir bien en su infraestructura de transportes y comunicaciones, e incluso mucho, pero no en las que sirvan poco, o sea, las que tengan lo que se llama una enorme relación capital producto. El clarinazo de Álvarez Cascos no puede quedar reducido exclusivamente a la por otra parte excelente glosa La marginación ferroviaria de Asturias.

Juan Verlarde es catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid.

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