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Las claves del fracaso educativo en España

Los estudios internacionales demuestran que lo más importante no es el nivel de gasto sino el modelo educativo.

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Hay pocos temas de los que sea más complicado discutir con frialdad que el de la educación. La enseñanza de nuestros hijos es terreno abonado para la demagogia, el populismo y el eslogan facilón. Esta semana se ha visto con claridad esta cuestión a cuenta de los supuestos recortes del Gobierno de la Comunidad de Madrid, consistentes en incrementar el número de horas lectivas de los maestros titulares (de 18 a 20 semanales) para así poder prescindir de muchos interinos, con el consiguiente ahorro que esto supone para las arcas públicas.

Desde que Lucía Figar presentó el plan para el curso 2011-2012, se han sucedido las manifestaciones, los artículos de prensa y los reproches de sindicatos, periodistas, intelectuales y rivales políticos. El objetivo era dejar en evidencia la falta de cariño de Esperanza Aguirre hacia la escuela pública, ejemplificada sin ningún lugar a dudas por ese ahorro de 80 millones de euros.

Sin embargo, en pocos sitios se ha visto un análisis de qué está pasando en la educación española en los últimos 30 años. Se han sucedido gobiernos de varios signos políticos, que han aprobado diversas leyes educativas. Las diecisiete comunidades han recibido competencias en la materia y cada una ha tratado de aplicarlas a su manera. Pero a pesar de todo, nadie ha sido capaz de descubrir la piedra filosofal que haga que los niños españoles destaquen en los exámenes en los que se les compara con los alumnos de otros países.

En el informe PISA, España sigue por debajo de la media de la OCDE en las tres cuestiones analizadas (matemáticas, lectura y ciencia). Mientras, algunos países occidentales (Finlandia, Canadá, Holanda...) sacan cada año mejores notas. ¿Qué funciona allí que es tan complicado de aplicar aquí? En realidad, todos ellos tienen características comunes que están lejísimos de la realidad educativa española. Si no se ponen en marcha no es por falta de dinero sino de voluntad política, y porque no interesa a algunos grupos de interés, muchos de los cuales han hecho mucho ruido esta semana persiguiendo a Esperanza Aguirre. Por cierto, Madrid está por encima de la media española en las tres categorías de PISA (y en lectura lidera la tabla nacional).

1. Gasto: no demasiado importante

En los próximos párrafos, tomaremos como base dos artículos realmente interesantes aparecidos en los últimos días y que, desde enfoques muy diferentes, llegan a conclusiones bastante similares. Por un lado, un análisis de Antonio Cabrales y Florentino Felgueroso en Nada es Gratis, el blog de Fedea. Por otro, un reportaje de The Economist sobre los sistemas educativos que más han mejorado en los últimos años.

En primer lugar, los dos coinciden en que, alcanzado un nivel mínimo de gasto por alumno, el incremento del dinero invertido en la educación pública no supone una cuestión relevante para las calificaciones de los alumnos. Como puede verse en el siguiente gráfico, España tiene un nivel de inversión por alumno equivalente a muchos países que sacan mejores notas (con diferencia) en los exámenes internacionales. Por lo tanto, como asegura el profesor Cabrales, "la cuestión no es cuánto, es cómo y dónde".

2. La polémica de las horas

La gran discusión de los últimos días se ha centrado en las horas que trabajan los profesores y en si esas dos horas más de enseñanza directa a la semana vaN a suponer una merma en la calidad de la educación de los niños madrileños. De nuevo, los números nos dicen que los profesores españoles pasan en el aula un número similar al de otros maestros en otros países de la OCDE, pero sus resultados son peores. De hecho, son los profesores griegos los que menos horas lectivas tienen a lo largo del año y sus notas están entre las peores de Europa.

Tampoco el número de alumnos por clase parece un determinante del éxito académico. Según el último informe del Ministerio de Educación, España está en la media de la OCDE en este ratio, en un nivel muy parecido al de países como Francia o Alemania.

De hecho, como explica el profesor Cabrales: "Los más viejos de entre nosotros nos educamos en clases de 50 alumnos. Nuestros hijos estudian en clases de 25 alumnos o incluso menos. Sin embargo, no se nota una mejora sustantiva de los resultados a través del tiempo". Y esto es algo que se repite en los estudios sobre la materia. De hecho, en España, por ejemplo, las escuelas privadas sacan mejores notas aunque tienen un ratio número de alumnos/profesor de 13,8, frente al 10,4 de las públicas.

3. Lo que funciona

Aunque casi todos los tertulianos que aparecen en los medios hacen referencia al aumento en el gasto por alumno o a reducir el número de chavales por clase como la panacea para mejorar las notas, ya hemos visto que estas dos cuestiones no son, ni mucho menos, las más importantes.

Sin embargo, sí hay fórmulas que funcionan de forma más o menos constante en los modelos de éxito. En el artículo de The Economist citado antes se estudia el caso de Ontario (Canadá), Sajonia (Alemania) o Breslavia (Polonia). No son los únicos, como explicamos hace unos meses en Libertad Digital, las características de estos sistemas pueden encontrarse en lugares tan diferentes como Finlandia, Holanda o Shanghai.

Las claves del éxito son, según los autores de este informe, "la descentralización (devolver poder a los colegios), la posibilidad de elección entre diferentes tipos de escuelas, altos estándares para los maestros y centrarse de forma específica en los alumnos con problemas". Además, PISA citaba como importantes la disciplina y los exámenes externos que sirvan para comparar a los diferentes centros.

En resumen, dar más libertad a los padres y a los maestros para que construyan el tipo de educación que quieren para sus hijos y alumnos. Además, esta libertad servirá para que los centros puedan pagar más a los profesores en función de sus resultados (algo que también propone Antonio Cabrales), para que puedan establecer un sistema disciplinario conforme a sus criterios y para que puedan escoger cuál es la mejor manera de tratar a aquellos alumnos con necesidades especiales.

A todo esto se une que los exámenes externos que midan la calidad de cada colegio incentivarán la competencia entre ellos, algo que se ha demostrad como muy útil allí donde se ha aplicado. Por cierto, cuando Esperanza Aguirre comenzó a hacer algo parecido en Madrid los mismos que ahora protestan en las calles también se le echaron encima.

Pero casi todos estos temas son tabúes para los dos colectivos que dominan en este momento la educación pública española: los políticos y los sindicatos. Dar más libertad a los centros en detrimento de la administración sacaría de la ecuación a los burócratas del Ministerio y de las consejerías de las CCAA. Y también quitaría mucho poder a las grandes federaciones de enseñanza de los sindicatos de maestros.

4. Los profesores

En los estudios sobre calidad de la educación siempre aparece la figura del profesor como la clave de todo el sistema. Eso no quiere decir que los docentes españoles sean peores que sus colegas europeos, pero sí que tienen peores incentivos. Como explica el profesor Cabrales: "Estamos seguros de que hay profesores perezosos, pero también estamos seguros de que hay una mayoría de docentes cumplidores y capaces. ¿No valdría la pena separar el trigo de la paja? Ya hemos mostrado en alguna ocasión evidencia de que montar esquemas de incentivos para los docentes es una buena forma de gastar nuestros escasos recursos fiscales".

Esto quiere decir que, al igual que en el resto de empleos, un sistema de incentivos que ayude a los que se lo merecen y penalice a aquéllos que no cumplen con sus objetivos sería una muy buena forma de mejorar los resultados de la enseñanza.

Recortar los sueldos de los profesores sin más sólo provocará que los mejores estudiantes que salgan de las universidades españolas no quieran dedicarse a la docencia. Tener buenos maestros cuesta dinero, pero el sistema actual, en el que el sueldo se fija de forma directa desde cada Consejería de Educación y en el que tiene más incidencia la antigüedad que los resultados, desincentiva por completo esa búsqueda de la excelencia que debe ser la clave de todo sistema educativo.

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