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La 'maldición de los rascacielos' golpea a Europa

Los rascacielos son la manifestación más visible de un vasto proceso de construcción que tiene lugar en la primera fase del boom.

Daniel Luna
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La construcción en Londres del edificio más alto del continente confirma la relación entre los proyectos arquitectónicos grandiosos y las crisis económicas. Entre abril de 1930 y mayo de 1931 se construyeron en Nueva York tres de los primeros rascacielos modernos: el número 40 de Wall Street, el Chrysler Building y el Empire State Building. Cada uno de ellos sucedió al anterior como el edificio más alto del mundo. En esos años comenzó la Gran Depresión: el desempleo en Estados Unidos se disparó hasta niveles nunca vistos y el comercio internacional disminuyó a la mitad.

Cuarenta años después, también en Nueva York, las Torres Gemelas establecieron un nuevo récord mundial con 410 metros, treinta más que el Empire State, y cedieron su puesto pocos meses después a la Torre Sears, en Chicago, con 440 metros. La inauguración de estos tres colosos coincidió con la "estanflación" de los 70, una combinación de alta inflación y estancamiento económico que se prolongó hasta bien entrada la siguiente década.

En 1998 las vanguardistas Torres Petronas de Kuala Lumpur superaron a la Torre Sears al alcanzar 450 metros. Durante ese año la economía no sólo de Malasia sino de todo el Sudeste asiático, bajo los efectos del colapso financiero del verano anterior, entró en una brutal depresión, con caídas de la producción cercanas al 40%.

La construcción del siguiente edificio más alto del mundo, el espectacular Taipei 101, con 510 metros, coincidió con la histórica caída en las bolsas de las empresas puntocom, a comienzos del nuevo siglo. Sin embargo, su inauguración se retrasó hasta el año 2004 debido, precisamente, a dificultades financieras y a un terremoto, entre otros motivos.

Todos los récords fueron pulverizados el año pasado con la apertura en Dubai del edificio Burj Khalifa: 828 metros, tan alto como la suma del Taipei 101 y la Torre Eiffel, o como una de las Torres Gemelas encima de la otra. Dos meses antes de su inauguración, en noviembre del 2009, Dubai anunció que no podía devolver los 80.000 millones de dólares de su deuda y cerraba el ejercicio económico con la primera caída del PIB en 21 años.

Ahora llega a Europa

La maldición de los rascacielos llega ahora a Europa. Justo cuando la UE atraviesa la mayor crisis desde su nacimiento se está construyendo en Londres el edificio más alto del continente. Se trata de The Shard, una moderna pirámide de cristal de 310 metros obra del arquitecto italiano Renzo Piano, cuya inauguración está prevista para mayo del 2012, dos meses antes de los Juegos Olímpicos.

The Shard se encuentra junto al Támesis, en el distrito de Southwark, al otro lado de la City. Se ha diseñado con una estructura triangular irregular y tendrá 72 plantas, en la última de las cuales habrá un observatorio al aire libre. Su cubierta de cristal reflejará la luz del sol de forma que cambiará de aspecto según el tiempo que haga y la estación del año.

Mientras la tormenta de deuda soberana amenaza la misma existencia del euro, los indicadores económicos apuntan a que The Shard verá la luz en medio de una nueva recesión. La nueva torre de Londres se suma así a un maleficio que se remonta como mínimo a 1892, año en que por primera vez un edificio superó los 90 metros en Chicago, y en el Estados Unidos sufrió una fuerte contracción económica seguida de un pánico bancario.

Las causas

¿Se trata de una simple coincidencia? ¿Cuál es la causa de que los edificios más altos se construyan siempre en tiempos de crisis? "Detrás de todos estos casos se encuentra el crédito fácil", asegura Mark Thornton, economista del Instituto Mises, en Alabama, EEUU.

Thornton ha estudiado la "maldición" y ha llegado a la conclusión de que no es una casualidad, sino la consecuencia de una distorsión económica generalizada cuyo origen está en el exceso de crédito: "Los rascacielos son la manifestación más visible de un vasto proceso de construcción de todo tipo de edificios que tiene lugar en la primera etapa de un ciclo económico, la del boom".

El dinero barato, suministrado en la actualidad por los bancos centrales, lleva a la economía a un estado de hiperactividad de la que los rascacielos son sólo un llamativo síntoma. Al mismo tiempo siembra la semilla de la recesión, porque el crecimiento explosivo que genera es ficticio. La crisis y los rascacielos son dos efectos diferentes de una misma causa. Por eso coinciden en el tiempo.

"El sector inmobiliario es casi siempre uno de los más afectados por los ciclos económicos", explica Thornton. "Durante la fase inicial sube la bolsa, aumenta la especulación y de repente cualquiera es un genio capaz de ganar mucho dinero con la compra-venta de acciones y propiedades inmobiliarias. Es en ese momento de locura cuando se suelen anunciar los proyectos de los grandes edificios".

Además de generar esa locura colectiva, los tipos de interés artificialmente bajos incentivan la construcción de rascacielos por tres motivos, según Thornton: aumentan la demanda de suelo y con ello su precio, de manera que la altura se convierte en la clave para hacer rentable un edificio; aumentan también la demanda de espacio de oficinas; por último, reducen el coste de desarrollar las nuevas tecnologías que se requieren para estos proyectos, cada uno de ellos un auténtico prodigio de ingeniería superior al anterior.

Por eso, añade, "los edificios más altos del mundo se construyen normalmente cuando los tipos de interés efectivos son significativamente más bajos que los naturales, como resultado de una intervención del gobierno [a través de los bancos centrales]". Estos proyectos se ponen en marcha en plena burbuja, pero requieren varios años. Cuando concluyen, el panorama ha cambiado por completo: "En un momento determinado los mercados caen bruscamente, llega la recesión y el desempleo se dispara. Los rascacielos suelen completarse en plena crisis", dice Thornton.

Ahora bien, ¿qué es lo que desata semejantes vaivenes en la economía? ¿Y qué relación tienen con el exceso de crédito? Para responder a esas preguntas hay que recurrir a la teoría económica.

La maldición de los rascacielos se puede considerar una manifestación particular de la Teoría Austriaca de los Ciclos Económicos. Esta teoría predice que la creación de crédito "artificial" (no procedente del ahorro y, por tanto, sin respaldo de riqueza real) genera una impresión falsa de prosperidad que engaña a los empresarios y se extiende a toda la sociedad. Aparentemente, existen más recursos disponibles, pero en realidad sólo se ha creado dinero.

La distorsión económica comienza cuando los bancos toman prestado ese dinero. Para obtener un beneficio necesitan colocarlo en el mercado, aun a costa de volverse menos selectivos: "La Reserva Federal inyecta crédito a bajos tipos de interés, y los bancos que lo reciben rebajan sus criterios, prestándolo a clientes menos fiables", dice Thornton. "De esta manera se producen errores de inversión generalizados".

Formación de burbujas

La reciente burbuja inmobiliaria en España, en la que los bancos ofrecían insólitas facilidades de financiación, es un buen ejemplo de este proceso, en el que no faltaron rascacielos ni clamorosos errores de inversión. El primer efecto de estas inyecciones de crédito es una gran expansión económica. Los empresarios, incentivados por la financiación artificialmente barata, se lanzan a invertir, fundan o amplían empresas y crean muchos puestos de trabajo. El exceso de dinero dispara las acciones, los precios de la vivienda y los sueldos, lo cual contribuye a la falsa percepción general de prosperidad.

El crédito barato es como una raya de cocaína que causa euforia e invita al optimismo. Todos los proyectos empresariales se vuelven posibles, todas las inversiones parecen rentables. Se trata de un fenómeno que afecta también a los consumidores, haciéndoles perder la noción de la realidad. Según dos psicólogos estadounidenses, el exceso de crédito ha contribuido a crear en los últimos años una epidemia de narcisismo, un trastorno que implica una pérdida de conciencia sobre los propios límites.

Ese ambiente de expectativas exageradas es un caldo de cultivo para proyectos grandiosos como los rascacielos: "Casi nunca los construyen sus futuros ocupantes ni cuentan con clientes comprometidos de antemano", asegura Thornton. "La idea es constrúyelo, y vendrán. Por eso se pueden considerar indicadores de un exceso de confianza".

Una vez pasada la euforia, se impone la realidad. Antes o después se demuestra que la abundancia de crédito era un engaño: no hay ahorro insuficiente para respaldar la inversión masiva, no existen recursos para sostener todos los proyectos iniciados y muchos de ellos tienen que ser cancelados antes de culminar. En ese momento llegan el cierre de empresas, los despidos, las oficinas vacías, los edificios a medio construir y otras manifestaciones típicas de una recesión. Entre ellas, la cancelación de proyectos de rascacielos, en algunos casos antes de nacer (recientemente en Korea, Dubai e India) y en otros a medio terminar (Tailandia).

La maldición de los rascacielos afecta también a las compañías que deciden construirse uno propio. La Torre Sears, el edificio más alto del mundo desde 1973 hasta 1998, fue creada para albergar las oficinas de la legendaria compañía del mismo nombre. Al poco tiempo, las ventas del que era hasta entonces el mayor minorista del mundo comenzaron a caer, hasta el punto de que tuvo que vender el edificio, que ahora se llama Torre Willis.

Similares contratiempos perjudicaron a AT&T en 1984 y a AOL Time Warner en el 2003, tras la inauguración de sus flamantes rascacielos en Manhattan, así como a la empresa canadiense de gas Encana, cuyo valor en la bolsa ha caído más de un 20% justo este año en el que está previsto que termine de construirse su sede central, el edificio más alto del país fuera de Toronto.

Los propios rascacielos son a veces víctimas de este embrujo: el Empire State Building tuvo en sus comienzos una demanda de ocupantes tan escasa, en algunos momentos de apenas el 25%, que en los años 30 los neoyorkinos lo llamaban "the Empty State Building". Lo mismo le ocurre hoy al Burj Khalifa, donde apenas 100 de los 900 apartamentos disponibles están ocupados, y el precio de los alquileres ha caído a la mitad.

La próxima víctima, ¿China?

Si la maldición continúa, hay dos países que deberían preocuparse: Arabia Saudí, que acaba de anunciar la Kingdom Tower, un edificio que doblaría la altura del Burj Khalifa, y sobre todo China. En la nueva superpotencia, que ya cuenta con 200 rascacielos, tantos como EEUU, se van a levantar otros 600 durante los próximos cinco años, uno nuevo cada tres días. Si se completan todos los proyectos, en el año 2015 China contará con el segundo y el tercer edificio más altos del mundo, y con seis de los diez primeros.

"El nivel de actividad en la construcción china recuerda al de hace unos años en Dubai", opina al respecto Mark Thornton. "Se dan los factores habituales en las burbujas: gran expansión monetaria, un crecimiento espectacular y unos bancos que han doblado la cantidad de préstamos en el último año". Uno de los signos de que, efectivamente, China puede estar cayendo en los excesos típicos de la maldición es el proyecto de un rascacielos de 530 metros, que hoy sería el segundo más alto del mundo, en Fangcheng Gang, una localidad con la misma población que Sevilla.

Según el profesor Yuan Qifeng, de la Universidad Sun Yat Sen de Guangzhou, China está "obsesionada" con los rascacielos: "Muchos de los políticos y empresarios chinos actuales tienen entre 40 y 50 años. Conocieron la pobreza en su juventud, y ahora que han prosperado están deseando exhibir su éxito". Para los chinos los rascacielos son un símbolo de su nuevo status internacional.

Thornton cree que China muestra síntomas de la maldición, pero no afirma con rotundidad que vaya a sufrirla: "Es muy difícil distinguir entre el crecimiento normal y el crecimiento causado por un ciclo económico". Sin embargo cree que la ciencia económica es imprescindible para hacer un diagnóstico correcto. "La Teoría Austriaca [llamada así por la procedencia de sus principales autores], se basa en la distinción entre los tipos de interés reales, que son señales que generan desarrollo, y los tipos de interés falsos, señales erróneas que causan los ciclos económicos".

"Entender un rascacielos como una manifestación de un ciclo económico, y cómo los tipos de interés pueden ocasionar malas inversiones que canalizan recursos de forma inadecuada, ayudaría mucho a los economistas a entender la naturaleza de los ciclos y sus soluciones".

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