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No deberíamos perder el sueño contando cuántos tienen trabajo en España: el asunto está en cuántos tienen un trabajo que sirva para algo y no digamos ya que sirva para crear riqueza.

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El gran problema del desempleo en España no es cuántos están en paro, sino cuántos no están aún en paro pero deberían estar. El paro en España es un devastador drama, en efecto, pero sobre todo causado por los millones de ciudadanos que aún no figuran en él, por motivos que a mí se me figuran incomprensibles. Consulto las cifras del paro, para comprobar estupefacto cómo sigue sin aumentar de repente en dos o tres millones más de personas, y eso sólo para abrir boca, gracias a que alguien empiece a preguntar a qué dedican realmente sus mañanas los habitantes de las instancias oficiales, las semipúblicas y las subcontratadas.

Se están dando unas cifras reales de paro, llamado "sin maquillar" (más de cinco millones en la actualidad, si aplicamos los últimos datos de septiembre a lo que ya teníamos), y lo que debemos preguntarnos es, mucho más que cuántos de los que no trabajan están apuntados al paro, cuántos de los que trabajan producen algo que no tenga una consistencia al menos gelatinosa. No deberíamos perder el sueño contando cuántos tienen trabajo en España: el asunto está en cuántos tienen un trabajo que sirva para algo y no digamos ya que sirva para crear riqueza. Igual que tener un puesto no es lo mismo que tener un trabajo, tampoco tener un trabajo equivale a estar aportando algo útil al país. Aquí trabajan dos, viven de ellos tres y pretendemos sumarnos a esa fiesta cuatro.

En España también tenemos nuestros cien jardineros en nómina cuidando del mismo metro cuadrado de parterre, como en Grecia, pero a una escala abrumadoramente superior a Grecia. Si el trabajo público o semipúblico en España se ajustase a una razón productiva, o simplemente a una razón que no fuese política, desaparecerían escalones administrativos enteros, y no sólo aquellos en que todos ustedes están pensando. Se ha hablado de las Diputaciones, ectoplasma de lo que fueron excepto en su dotación pecuniaria, en efecto, tras la división del territorio en Comunidades Autónomas. Pero la distorsión entre necesidades reales y arborescencias burocráticas empieza de forma masiva en eso que elogiaban como "la administración más cercana al administrado", los ayuntamientos, y que se ha revelado como la más absolutamente lejana. Nunca como en estos años se ha demostrado mejor que la administración local muy pocas veces tiene que ver con la localidad real de la que se supone que emana, porque los consistorios se han dedicado a importar tendencias cosmopolitas y obsesiones esteticistas propias de expocero o exaparcero (cualquier poblacho ha construido con lo que no tenía el equivalente al Niemeyer de Avilés). Me contaba un amigo que acababa de visitar un semidespoblado caserío en La Mancha profunda que disponía de un gigantesco Ayuntamiento futurista en el que ni había administrativos por falta de papeleo, pero donde los dos únicos inquilinos del "platillo volante", el alcalde y el secretario del Ayuntamiento, utilizaban las dependencias para jugar al "chamelo". ¡Y el secretario se enorgullecía del ahorro que suponía no tener más funcionarios en un sitio que probablemente es excesivo que tenga hasta nombre!

Mientras toda esa España oficial que presta semejantes "servicios a la comunidad" no figure en el paro, la estructura laboral española, y descontados los dos incautos que efectivamente se dedican aquí a algo explicable, seguirá dividiéndose en tres sectores: los que no tienen trabajo y no lo quieren, los que no tienen trabajo y lo quieren (pero no lo van a obtener) y los que creen que tienen trabajo pero jamás han sabido en qué pueda consistir eso. 

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