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Fastidiar a los buenos

El himno a la irresponsabilidad no puede ser mayor. Seguimos teniendo a la zorra guardando el gallinero, y en esta situación no es de extrañar que al final se acabe fastidiando a los buenos.

Juan Morote
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Las cumbres europeas se asemejan cada vez más al tratamiento que reciben en la prensa deportiva los enfrentamientos entre el Madrid y el Barcelona, el Inter y el Milán o el Chelsea y el Manchester; cada uno de ellos es considerado como el partido del siglo, siendo irrelevante que se vean las caras seis o siete veces cada temporada. En cambio, después de la expectación y la gran cantidad de ruido y páginas de prensa, todo vuelve a su cauce y se va decantando quién será el campeón. Tras cerrarse la cumbre con un casi plano empate a cero, también nos vamos acercando a la que al final nos presentarán como la única solución posible, y cuyo contorno ya han empezado a moldear.

Parecen estar de acuerdo todos los cabecillas europeos, desgraciadamente no tenemos un solo líder que llevarnos a la pluma, en que lo primero que deben abordar es una recapitalización de los bancos. En lo atinente a este tema, la voluntad es casi unánime. Resulta evidente que todos los gobiernos son responsables del problema que ha generado en la banca el continuo crowded out (presión sobre los bancos para que compren deuda pública, detrayendo los recursos de la financiación al sector privado).

Una vez hayan garantizado la solvencia de los bancos, la salida va a ser claramente monetarista. La solución más fácil, y si seguimos perdiendo el tiempo quizá se convierta en casi única, será la de generar más masa monetaria en circulación. Es decir, incrementar la cantidad de dinero circulante, sin que dicho incremento se base en un aumento de la riqueza. Esto de facto provocará los mismos efectos que un corralito, pero sin la ignominia que acarrea tal acción. Veamos, el incremento conllevará que hará falta más dinero para comprar lo mismo, ergo nuestro dinero valdrá mucho menos de lo que valía hasta ahora. Esto que se llama inflación y que hemos estado combatiendo, lógicamente, va a resultar ahora la solución a la que acudan todos los manirrotos. El fenómeno es muy fácil, si los que nos gobiernan son los primeros que han actuado mal, no es de extrañar que pinten como demonios a los que han actuado bien, esto es, a aquellos que han ahorrado. De esta guisa, el peso de las deudas adquiridas por las familias se verá reducido y los bancos previamente recapitalizados sortearán sin mayores problemas el temporal que se avecina.

El ejemplo es pésimo. Si bien hemos de asumir que perseveramos en mantener en el puesto de mando a los máximos responsables de la concepción, gestación, alumbramiento y engorde del problema. El himno a la irresponsabilidad no puede ser mayor. Seguimos teniendo a la zorra guardando el gallinero, y en esta situación no es de extrañar que al final se acabe fastidiando a los buenos.

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