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Rostros parciales

La mezcla de menos gasto y menos impuestos, por desgracia, es sumamente inusual. Y cuando la economía se recupere volveremos a la combinación típica del intervencionismo: la subida tanto de los gastos como de los impuestos.

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Una interesante serie de artículos en El País lleva por título: "Los recortes tienen rostro". La idea está clara: cuando el gasto público se reduce, hay personas concretas que resultan perjudicadas, porque antes cobraban de dicho gasto y después no. En el caso que comento, correspondiente al 30 de septiembre, y que firma Jaime Prats desde Valencia, la protagonista fotografiada es Beatriz Pérez, que declara: "estoy desorientada... han truncado mi carrera profesional". El antetítulo: "El presupuesto que la Generalitat valenciana destinaba al Centro de Investigación Príncipe Felipe ha caído un 50 % en dos años", y los sumarios: "Los ajustes dejan sin beca ni tesis doctoral a Beatriz Pérez" y "La investigadora se ha quedado en la calle sin paro ni indemnización".

La idea es potente porque los datos son reales y desconsoladores. ¿Es que alguien puede estar a favor de que Beatriz Pérez se quede en la calle? ¿Acaso los políticos no se dan cuenta de que están dañando a seres humanos concretos?

Pero conviene prestar atención, como diría Bastiat, no sólo a lo que se ve sino también a lo que no se ve. Esta lección elemental es ignorada por quienes sólo ven al Estado o "lo público" como algo bueno sin matiz alguno, y creen que el gasto público sólo tiene aspectos plausibles, y su reducción, por lógica, es mala sin rastro de bien alguno.

El problema con esta interpretación estriba en que el gasto público no es gratis: siempre hay una persona que lo paga, pero esa persona no se ve con claridad. No abundan las fotografías ni las historias periodísticas concretas de las mujeres y hombres perjudicados por la recaudación que el gasto público exige. Nadie sabe qué seres humanos específicos con rostro, nombres y apellidos han sido dañados, empobrecidos o arrojados al paro por causa de los mayores impuestos que han aplicado los políticos de todos los partidos en los últimos tiempos. Ningún tribunal aceptaría una denuncia por este motivo contra Zapatero o Gallardón.

La extensión de la imagen angelical del gasto público ha provocado que las protestas contra el Estado, en las que antiguamente la subida de impuestos jugó un papel preponderante, ahora se limiten a la ira contra la reducción del gasto o la reclamación en favor de su expansión.

Así como los medios de comunicación se concentran en las víctimas del menor gasto y nunca en las de la mayor presión fiscal, si ambas variables se invierten será mucho más fácil para la prensa distinguir el rostro concreto de la persona beneficiada particularmente por el mayor gasto público que el de la beneficiada por una menor fiscalidad.

La mezcla de menos gasto y menos impuestos, por desgracia, es sumamente inusual. Y cuando la economía se recupere volveremos a la combinación típica del intervencionismo: la subida tanto de los gastos como de los impuestos conforme a la conveniencia política de cada momento. Y, como siempre, veremos otros rostros, los rostros duros de las autoridades que, como siempre, jurarán y prometerán que todas las violaciones que perpetran contra nuestra libertad y nuestros derechos son por nuestro bien.

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