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Cristina Losada

¡Que hable el pueblo!

Hay, por tanto, una desconfianza de ida y vuelta. Las elites europeas desconfían de sus electores y los electores desconfían de sus elites. Más de una vez, en asuntos relacionados con la Unión, los votantes les han dado calabazas.

Cristina Losada
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Pocas veces se habrá desatado un pánico tal a que hable el pueblo como tras la sorpresiva convocatoria de un referéndum en Grecia. Y es porque todo el mundo intuye qué dirá el soberano. La certeza de que va a decir que no quiere apretarse más el cinturón y no piensa pagar las deudas, ha causado –paradójicamente– un ataque global de incertidumbre. Nadie cree que los votantes griegos vayan a aceptar el acuerdo al que Papandreu, en principio, había dado su plácet y todos suponen que se impondrá en las urnas el grito de la calle; ése "que paguen los que han provocado la crisis", que siempre, siempre, resultan ser otros. Hay, por tanto, una desconfianza de ida y vuelta. Las elites europeas desconfían de sus electores y los electores desconfían de sus elites. Más de una vez, en asuntos relacionados con la Unión, los votantes les han dado calabazas. Malos precedentes y peores presagios.

El temor que ha embargado a los políticos –y a los mercados– se interpretará, sin duda, como una aborrecible desconfianza en la democracia. Y dirán, ya lo dicen, que no hay nada más democrático que consultar al pueblo. Pero la frase redonda esconde falacias. Reduce la democracia a un procedimiento, al hecho de votar, prescindiendo de las instituciones que le confieren sustancia, e implica que el referéndum es la fórmula democrática por excelencia. Será una más, pero no ha de ser la quintaesencia cuando la utilizan con gran comodidad las dictaduras y gusta tanto a quienes prefieren la mano alzada de la asamblea. Aún en condiciones democráticas, la consulta popular es presa fácil de la manipulación y un gobierno puede instrumentalizarla para fines espurios.

Tal parece el caso de Grecia. Si su gobierno estuviera convencido de que ha perdido legitimidad, convocaría elecciones. Pero no. Opta por un referéndum que ejerce una presión doble. Sobre la eurozona, a la que amenaza con el caos, y sobre la oposición, que difícilmente puede abonarse al "no" que le pide el cuerpo. Añádase el sesgo de la pregunta, que no ha de ser si los griegos quieren salir del euro, como manda la honradez, sino una que eluda esa inevitable consecuencia. Mientras dura el tira y afloja con Papandreu, el plan de "ganar tiempo" se consolida como una pérdida de tiempo. Salvo para Merkel y Sarkozy, que también desean ganar tiempo antes de afrontar las urnas. ¡Es la hora de la política!, clamaban los socialdemócratas. Ahí la tienen. Supongo que estarán contentos.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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