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Un veto que es un favor

El veto del Reino Unido es lo mejor que podía ocurrir. La vía del acuerdo intergubernamental es la más rápida para que entre en vigor cuanto antes el acuerdo alcanzado en Bruselas.

Emilio J. González
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¿En qué medida el resultado de la cumbre de Bruselas puede calificarse como bueno? Quienes quieran criticar el mismo lo tienen fácil: el pacto fiscal no se incluirá en los tratados porque el Reino Unido se ha negado a ello y todo va a tener que hacerse a través de un pacto intergubernamental. Sin embargo, yo creo que el veto del Reino Unido es lo mejor que podía ocurrir. Me explico.

La vía del acuerdo intergubernamental es la más rápida para que entre en vigor cuanto antes el acuerdo alcanzado en Bruselas. Este es un punto de suma importancia porque cuanto más se tarde en empezar a tomar medidas, más van a dudar los mercados acerca del futuro de la unión monetaria europea y, por tanto, van a empeorar más la situación, dificultando, de esta forma, aún más, la salida de la crisis.

No cabe duda de que la reforma de los tratados sería lo mejor para dar la máxima credibilidad al acuerdo intergubernamental suscrito por la mayoría de los líderes comunitarios. Pero también hay que tener en cuenta dos cosas para desdramatizar que, por ahora, los tratados no vayan a modificarse. En primer lugar, una cosa es lo que digan los tratados y otra muy distinta lo que interpreten los mercados. El Tratado de Maastricht, por ejemplo, prohíbe de forma explícita que la Unión Europea rescate a ningún país en dificultades. Sin embargo, los mercados no se lo creyeron y siguieron apostando por Grecia hasta que le vieron las orejas al lobo a raíz del desafío permanente que ha mantenido el Gobierno heleno con la UE a causa de las medidas de ajuste que la Unión les demandaba y que éste se negaba a poner en práctica. Luego que el contenido del pacto fiscal se incluya en los tratados, en última instancia, no es un factor determinante de su eficacia.

En segundo término, la reforma de los tratados requiere la ratificación de todos y cada uno de los Estados miembros para poder entrar en vigor. Este proceso podría tardar hasta dos años y la Unión Europea no puede esperar tanto tiempo para resolver la crisis del euro. Además, en cualquier momento podría surgir la sorpresa de que algún país se negara a ratificar la reforma, como ocurrió con Irlanda y la República Checa en relación con el Tratado de Lisboa. De esta forma, el proceso de ratificación estaría repleto de incertidumbres que los mercados tendrían en cuenta y que no facilitaría para nada la salida de la crisis del euro. Por tanto, lo mejor que podría pasar es que ahora no tuviéramos que vernos inmersos en dicho proceso de ratificación. Al final, con su veto, el Reino Unido, sin proponérselo, puede haberle hecho un gran favor a la Unión Europea y al euro. 

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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