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Merkel no se entera

El problema principal de Europa no es de gasto público (que también), sino de modelo económico. La elefantiásica estructura administrativa y la desaforada deuda pública son un síntoma de la enfermedad.

Domingo Soriano
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Viendo la felicidad que emanaban los 26 líderes europeos que firmaron el pasado viernes la enésima declaración de refundación de la UE, lo único que me venía a la cabeza es ese viejo refrán español que dice que "no hay peor ciego que el que no quiere ver". Lo peor de todo no era el contenido del documento (que sienta las bases de un mega-estado europeo que no resolverá ninguno de los problemas que nos trajeron hasta esta crisis sin fin), lo peor es que todos ellos creían firmemente que estaban poniendo los cimientos que asegurarían el bienestar de sus ciudadanos durante décadas. Estoy convencido de que Sarkozy, Monti o Zapatero eran sinceros cuando celebraban el éxito ante la prensa; aunque sus recetas han fracasado una y otra vez, se niegan a repensar los principios que tanto tiempo han defendido porque creen que no hace falta. Es la realidad la que se equivoca, nunca ellos.

De entre todos, quizás sea Angela Merkel la figura más triste, precisamente porque puede que sea ella la que más cerca esté de saber que éste es sólo otro paso hacia ninguna parte. Aunque no comparto gran parte de su diagnóstico ni de su remedio contra el colapso que amenaza a Europa, reconozco que me cae bien la canciller alemana. Al menos hasta ahora, parece que su intención principal sea establecer unas bases comunes que permitan un crecimiento equilibrado. Por eso, no ha aceptado que los contribuyentes alemanes paguen los dispendios de los gobiernos despilfarradores del resto del continente. Sin embargo, no sé si por desconocimiento del terreno que pisa o simplemente por equivocación, Merkel no ha conseguido todavía, dos años después de que se comenzase a hablar de quiebras soberanas en la Eurozona, iniciar la parte relevante de su trabajo.

Desde hace meses, se ha entrado en una discusión eterna sobre los recortes que tienen que hacer los estados europeos para equilibrar sus cuentas. Pero el problema principal de Europa no es de gasto público (que también), sino de modelo económico. La elefantiásica estructura administrativa y la desaforada deuda pública son un síntoma de la enfermedad, pero no son en sí mismos el mal que hay que atajar. Mientras no nos demos cuenta de esto, ninguna medida que tomemos servirá para solucionar nuestras dificultades.

En España, por ejemplo, el problema no es que haya más de 3 millones de funcionarios, ni que la sanidad pública esté en quiebra técnica, ni que todos sepamos que habrá que recortar las pensiones de forma constante de aquí al año 2050, ni siquiera que el déficit del Estado este año vaya a dispararse muy por encima del 6% que tenía el Gobierno como objetivo y que se suponía que marcaba un camino de "austeridad" (alguien quizás debería preguntarse si es normal que se defina como "austero" un presupuesto que permite que las administraciones gasten ¡60.000 millones! de euros más que los que ingresa). Todos esos son sólo indicios que nos permiten conocer el cáncer que nos carcome por dentro: la asfixiante presencia del Estado en la economía.

Lo que hay que hacer es flexibilizar el mercado de trabajo, para que sea más fácil contratar, eliminando trabas a los empresarios y acabando con los absurdos privilegios de patronal y sindicatos. Lo que hay que hacer es quemar en la plaza pública los miles de tomos de leyes, directivas, reglamentos y decretos que conforman la absurda regulación antiempresas española y cerrar los miles de organismos ministeriales que tienen casi como único objetivo poner dificultades a los que quieren crear riqueza. Lo que hay que hacer es acabar con los sectores protegidos, que viven a costa del bolsillo del contribuyente porque no son capaces por sí mismos de crear riqueza. Lo que hay que hacer es cerrar los centenares de empresas y entes públicos que compiten con ventaja en el mercado (pues sus pérdidas no suponen su cierre) y ahuyentan a miles de emprendedores de los sectores en los que están presentes. Si se cumple con todo esto, se reduciría el gasto en prestaciones de desempleo (porque habría más trabajo), en salarios (porque habría menos funcionarios) o en subvenciones (porque no habría nada que subvencionar). Pero de nada sirve recortar el gasto si los cimientos sobre los que se asienta el edificio de nuestra economía siguen siendo de barro. Quizás, con un recorte por allí y otro por allá, tarde algo más en hundirse, pero tarde o temprano, las leyes de la física actuarán.

Pensaba en todo esto mientras leía este martes las noticias acerca del informe de los inspectores del FMI que están en Grecia. Los enviados de la troika (FMI, UE, BCE) que vigila al Gobierno heleno se mostraban desencantados por el grado de incumplimiento en los compromisos adquiridos. Pero primero deberían replantearse si algo de lo que pidieron tenía algún sentido.

En primer lugar, exigieron un incremento de ingresos por la vía de las subidas de impuestos. Evidentemente, no lo consiguieron. Los liberales llevamos años explicando que la mejor manera de aumentar la recaudación es incrementando la riqueza, no los impuestos. Subir la presión fiscal sólo sirve para desincentivar aún más al sector privado y de eso Grecia no tiene ninguna necesidad. Además, el Gobierno no ha realizado ninguna de las reformas estructurales que necesita su economía: ni privatizaciones a gran escala, ni cambio profundo en el mercado de trabajo, ni eliminación de la burocracia... Apenas se han emprendido algunos pocos cambios cosméticos. Por no hacer, el Estado griego ni siquiera ha reducido su derroche: este año, gastará más que el pasado. Por poner un ejemplo, de los 30.000 funcionarios que prometió pasar a la reserva antes de 2012 (con el 60% de su sueldo), sólo 8.000 están en esa situación. Dar dinero que actúe como salvavidas de un Gobierno irresponsable y esperar que cambie es como darle golosinas a un niño que se ha portado mal y luego quejarse porque siga siendo desobediente.

En la resolución de la crisis europea, se ha comenzado a construir la casa por el tejado. Lo que se necesita con urgencia no son recortes, sino reformas. La reducción del gasto público llegará como una consecuencia benéfica de este cambio de modelo. Quitar un coche oficial por aquí, paralizar una obra pública por allá o reducir el número de plazas en las oposiciones no conseguirá sanear la economía española o la griega. Ninguna de estas medidas sobra, pero no son la solución, digan lo que digan Sarkozy, Monti o Zapatero. Merkel le pone mejor voluntad, pero tampoco se ha enterado de que nada de lo hecho hasta ahora será demasiado útil. Es una pena: cuando acabó la Cumbre aparentaba estar realmente feliz.

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