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EDITORIAL

La falsa dicotomía entre crecimiento y austeridad

Lo contrario de austeridad no es crecimiento sino derroche. Los papagayos que repiten la consigna de oponer ambos conceptos dan por supuesto que el crecimiento sólo puede venir de un mayor gasto público.

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La inmensa máquina de propaganda socialdemócrata lleva semanas intentando vendernos la averiada mercancía de que los recortes y la austeridad, además de suponer un supuesto recorte de derechos, estrangulan el crecimiento económico, que al parecer necesitaría de un mayor gasto público. La campaña se ha intensificado notablemente tras el apretado triunfo de Hollande en la primera vuelta de las presidenciales francesas. No son sólo los alborozados comentaristas de la izquierda quienes celebran la posibilidad de que el triunfo del socialista lleve a una relajación de las políticas de austeridad; parece haberse convertido ya en un lugar común, que se repite en los telediarios de todas las cadenas como si se tratara de algo sabido que no es necesario discutir siquiera.

Al margen de lo mucho que podría aprender la inútil derecha política de esta campaña, implantada con una naturalidad que refuerza su poder de convicción, lo necesario es recordar su falsedad de fondo: lo contrario de austeridad no es crecimiento sino derroche. Los papagayos que repiten la consigna de oponer ambos conceptos dan por supuesto que el crecimiento sólo puede venir de un mayor gasto público. Vamos, que el Plan E de Zapatero, cuya utilidad y consecuencias prácticas ya hemos tenido la oportunidad de contemplar todos, sería lo último de lo último en recuperación económica.

Lo cierto es que, aunque existe relación entre crecimiento y austeridad, está lejos de ser tan obvia. Países con mucho gasto público y países con una presencia del Estado menor han crecido y han tenido crisis. Relacionar, por tanto, ambas variables requiere de una teoría económica. Y lo que tanto la experiencia como teorías económicas bastante más sensatas que la keynesiana advierten es que un aumento del gasto público puede llevar como mucho a un incremento temporal del PIB, cuya magnitud dependerá del dinero empleado en eso que llaman "estímulo", pero que no es sostenible en el tiempo. En cambio, un peso de sector público más reducido supone una mejora de la libertad económica; y existe una gran correlación entre ésta y la prosperidad.

El gran problema de esos mal llamados estímulos es que hay que pagarlos. Para ello hace falta o bien aumentar los impuestos –opción nada recomendable porque estrangula el crecimiento más sano y sostenible del sector privado–, o endeudarse más –que a la larga conlleva una mayor imposición y a corto plazo resulta hoy imposible ante la reticencia a prestarnos más dinero– o a generar inflación, ese injusto impuesto no declarado que afecta sobre todo a los ahorradores y a quienes menos tienen, y contra el que no existe defensa posible. No parece necesaria una gran perspicacia para darse cuenta de que ninguna de estas alternativas es la más deseable.

Nuestro problema de crecimiento se superará cuando el sector financiero vuelva a dar crédito a la economía, y para ello es necesario, entre otras cosas, que deje de emplear su capital en pagar el déficit del Estado. Así pues, quienes abogan por esa falsa dicotomía entre austeridad y crecimiento no sólo no están aportando soluciones, sino proponiendo nuevos problemas.

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