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Una dimisión oportuna

Rato tuvo que pilotar una fusión política con Bancaja, para salvar a la entidad valenciana de la quiebra y para salvar también el honor del Partido Popular al respecto, con el fin de que Bancaja no se convirtiera en la Caja de Castilla-La Mancha del PP.

Emilio J. González
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Dimitir es un verbo que se conjuga poco en España. Uno dimite de un cargo, o presenta la dimisión, cuando no ha hecho las cosas bien, cuando se ve salpicado por algún tipo de escándalo, cuando su superior así se lo requiere para salvarse él mismo de la quema, cuando uno considera que la tarea que ha venido a desempeñar se ha completado o cuando cree que, en las circunstancias del momento, otra persona puede desempeñar mejor su cargo. La salida de Rodrigo Rato de la presidencia de Bankia obedece a esta última razón.

Rato es un político y un empresario, pero no un banquero. Y lo que necesitan ahora las entidades financieras españolas con problemas es que a su frente estén personas que de verdad entiendan el mundo de la banca y sepan tomar las mejores decisiones en cada momento, sabiendo como sabemos todos que la situación en estos momentos es muy difícil y que las cajas de ahorros, lo mismo que los bancos, tienen que afrontar un duro proceso de saneamiento y recapitalización como consecuencia del deterioro de los activos inmobiliarios que conformaban las garantías de los préstamos hipotecarios y a promotores que concedieron durante los años de la burbuja inmobiliaria. Esto no quiere decir que Rato lo haya hecho mal; esto quiere decir que él ha optado por ceder el testigo a alguien como José Ignacio Goirigolzarri, que es una de las personas que más saben de banca en este país y, por tanto, que es más adecuada para pilotar, a partir de ahora, la nave de Bankia.

Rato, con ello, se puede decir que ha completado su trabajo. Llegó a Caja Madrid y cogió el timón de una entidad que parecía ir a la deriva y en la que su anterior presidente, Miguel Blesa, parecía querer consolidarse como tal, con independencia de lo que dijera al respecto la ley de cajas de ahorros. Después, tuvo que empezar a tomar las primeras decisiones drásticas para empezar a sanear la caja y, además, tener que pilotar una fusión política con Bancaja, para salvar a la entidad valenciana de la quiebra y para salvar también el honor del Partido Popular al respecto, con el fin de que Bancaja no se convirtiera en la Caja de Castilla-La Mancha del PP. Después intentó llevar a Bankia, la entidad resultante de dicha fusión, a otra operación con alguna entidad crediticia mayor y más saneada, como La Caixa o el BBVA, que ayudara a reflotar Bankia, pero no lo consiguió. Agotadas, pues, sus posibilidades, Rato parece haber entendido que es el momento de que al frente de la entidad figure alguien con un perfil y una experiencia bancaria mucho más acreditada que la suya y ha cedido el testigo a José Ignacio Goirigolzarri, uno de los pesos pesados del sector bancario español que estaba sin empleo desde su jubilación en el BBVA. De Goirigolzarri se dice que sabe hacer banca de verdad. Eso es lo que necesita Bankia en estos momentos. Bankia y otras muchas cajas de ahorros. La cuestión es si el ejemplo de Rato va a cundir en estas entidades, aunque me temo que no.

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