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José García Domínguez

Sí, somos Grecia

Como reza en el frontispicio del infierno de Dante, perded toda esperanza: si Grecia cae, caeremos todos. Pretender engañarse creyendo lo contrario es de una ingenuidad pueril. Grecia no puede caer. Y España menos.

José García Domínguez
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Sin duda, no andaríamos igual si esos contables de Bruselas hubiesen leído a Eugenio D´Ors. Ah, la arrogante incultura de los economistas. "Los experimentos, con gaseosa", gustaba advertir el genuino padre intelectual del catalanismo –y de la Falange– a quien quisiera escucharle. Pero no, había que hacer un invento del tebeo: el euro, la única moneda en toda la historia de la Humanidad cuya emisión y gestión restan ajenas a la autoridad de un Estado nacional. Y como tampoco han frecuentado a Lenin, asimismo ignoran aquella legendaria máxima del jefe de los bolcheviques, la que sentencia que la mejor manera de destruir los fundamentos de una sociedad es socavar su moneda.

Un talón de Aquiles que a estas horas se llama Grecia, aunque tan pronto como ya responderá por España. Al respecto, se perora con alegría temeraria a cuenta de la inminente expulsión de Atenas de la divisa única. Perdónales Señor, porque no saben lo que dicen. Repárese, si no, en un simple, elemental, prosaico dato estadístico. Los países de la zona euro necesitar captar unos 800.000 millones de euros en bonos durante lo que queda de 2012. De esa enormidad a plazo fijo e interés compuesto, el cuarenta por ciento corresponde a Italia y España. Pero no se vaya a creer que acaba ahí la broma. Al tiempo, la banca privada habrá de hacer frente en idéntico periodo al vencimiento de deudas por un monto que supera los 700.000 millones de euros.

Así las cosas, si Grecia se despidiera ahora a la francesa, sin amago de pagar las copas, no quedaría un solo incauto en el planeta dispuesto a costear de su bolsillo la siguiente ronda. Llegado ese instante procesal, entre el Apocalipsis y la hiperinflación únicamente se interpondría la célebre manguera del Banco Central Europeo. Nada más. Como reza en el frontispicio del infierno de Dante, perded toda esperanza: si Grecia cae, caeremos todos. Pretender engañarse creyendo lo contrario es de una ingenuidad pueril. Grecia no puede caer. Y España menos. Olvidémonos, pues, de añejas hidalguías y de orgullos estériles. Tampoco para eso queda tiempo que perder. Ruéguese cuanto antes, ahora mismo, el rescate de nuestra agonizante banca a la troika. Y dejemos de fantasear de una vez. Porque sí, somos Grecia. 

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