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Crisis a la francesa

Las dos principales fuerzas políticas alemanas no quieren saber nada de las propuestas del nuevo primer ministro galo. Y a Francia solo le quedan dos opciones: dejar las cosas como están o no ratificar el Pacto y atenerse a las consecuencias.

Emilio J. González
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La crisis del euro es la historia de nunca acabar. No hemos terminado de superar las consecuencias de una posible salida de Grecia de la Unión Monetaria Europea y ya estamos metiéndonos en un nuevo charco, esta vez de la mano de Francia. El nuevo presidente galo, el socialista François Hollande, dice que su país no va a ratificar el Pacto Fiscal europeo si no se renegocia para que incluya medidas en favor del crecimiento económico. Básicamente, lo que quiere Hollande es tener las manos libres para aplicar políticas keynesianas de estímulo de la demanda, eso sí, pagadas en gran medida por la Unión Europea y, a ser posible, sin soportar las consecuencias financieras de sus decisiones. Pero lo único que consigue con ello es introducir nuevas incertidumbres sobre el futuro de la moneda única que, esta vez sí, pueden pasarle factura a su país.

Hollande quiere renegociar el Pacto Fiscal, pero resulta que Alemania no quiere. Y, en este caso, no solo es cosa de Merkel, que sigue rechazando de plano los eurobonos porque éstos supondrían que su país tendría que financiarse con tipos de interés más elevados y que los contribuyentes alemanes tendrían que ser solidarios con aquellos países poco ortodoxos en caso de impago, sino también de los socialdemócratas que, al presentar su programa electoral esta semana, han dicho a Francia que elija entre financiación europea para sus planes de inversión o financiación europea para su agricultura. En consecuencia, las dos principales fuerzas políticas alemanas no quieren saber nada de las propuestas del nuevo primer ministro galo. Y si Alemania no quiere renegociar el Pacto Fiscal, cosa que ya le habían advertido a Hollande durante la campaña electoral, a Francia solo le quedan dos opciones: dejar las cosas como están, que sería lo mejor para ellos, o no ratificar el Pacto y atenerse a las consecuencias.

Las cosas en Francia, desde luego, no están como para que Hollande se ande con bromas. Su déficit presupuestario en 2011 fue del 5,2% del PIB y su deuda del 85,8%, muy por encima de los niveles de la española. Con estas cifras, cualquier día las agencias de rating, que ya tienen en el punto de mira a los bonos galos, revisan a la baja su calificación crediticia, algo que Sarkozy trató de evitar a toda costa porque supondría encarecer la financiación del Estado y las empresas francesas. En este contexto, si Hollande insiste en su órdago lo único que puede acabar por conseguir es que los mercados, que ya empiezan a desconfiar de él, se asusten y disparen la prima de riesgo francesa, provocando, por contagio a otros países, una nueva escalada de la crisis del euro, de la que el primer país perjudicado será Francia.

Le guste o no a Hollande, para salir de la crisis hay que realizar sacrificios y poner las cuentas públicas en orden. Lo que él pretende, sin embargo, es poder hacer tortillas sin romper huevos, y eso, por su propia naturaleza, es imposible. Los socialistas franceses deberían tenerlo en cuenta; los socialistas españoles, que quieren lo mismo para nuestro país, también.

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