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Cristina Losada

Las Confesiones de Mafo

Prefirieron mandar a las cajas a una clínica de reposo y ponerles una dieta blanda y algo de ejercicio, a ver si poco a poco, amancebándose entre ellas, se curaban.

Cristina Losada
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Si España es intervenida no será porque se dejaran de poner en marcha reformas pendientes de toda la vida, aunque esa puesta al día no vaya al ritmo del pasodoble o del vals. Si España es intervenida será porque ha fallado la madre de todas las reformas, la del sector financiero. Será porque el café con leche se convierta en un café irlandés con un licor de garrafa como para tumbar a cualquiera. Será porque las sospechas se han venido a confirmar cuando un dinosaurio "too big to fail" (demasiado grande para quebrar) requiere un megarescate superior al anunciado. Y cuando el rescatador –el Estado– anda con lo puesto y vive de prestado. 

El embrollo nos remontaría a la burbuja inmobiliaria, pero lo que interesa es qué sucedió con la factura que aquellos excesos pasaron a los principales afectados. Y ocurrió que el saneamiento emprendido hace tres años, no metió a las cajas de ahorro en el quirófano para una operación de urgencia. El Gobierno y el Banco de España prefirieron mandar a las cajas a una clínica de reposo y ponerles una dieta blanda y algo de ejercicio. A ver si poco a poco, amancebándose entre ellas, se curaban de los males y sin aportar más de cuatro chavos públicos. Así hemos llegado a esto: a que haya que poner los fondos que no iban a ser necesarios. 

Aquella discreción y aquel sigilo que rodearon al intento de sanación se quiere mantener ahora, cuando el asunto apesta. ¡No abramos en canal el sistema financiero! ¡Los mercados se asustarán! Como si los mercados no tuvieran ya el susto en el cuerpo. A esos efectos, no servirá tapar ni tampoco destapar. Los inversores no paran de correr: al trote cuando olfatean un agujero y al galope cuando lo ven. Sea como fuere, un gobierno no puede atender únicamente a las correrías de los mercados. Y menos transmitir la impresión de que desea ocultar fallos y conductas reprobables de los gestores. Es verdad que una comisión parlamentaria aporta demasiados taquígrafos y muy poca luz. Pero no es la única vía. Algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca, cuando quien tiene más que callar amenaza con cantar la Traviata. Un espectáculo para alquilar sillas, que se dice en Cataluña. Confiésese, gobernador. Quíén sabe, quizá la Historia lo absuelva.

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