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Adiós al rescate

La locura del Tratado de Versalles, la imposición a Alemania de una carga financiera imposible de pagar fue una insensatez idéntica a la que la misma Alemania comete hoy forzando la quiebra de los Estados del Mediterráneo.

José García Domínguez
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Otra vez con el agua al cuello, la prima ida y los inversores huyendo despavoridos de los bonos soberanos. Otra vez el abismo abriéndose bajo nuestros pies. Y eso cuando apenas ha transcurrido una semana desde aquel gran triunfo –¿alguien lo recuerda?– de Rajoy y Monti en el Consejo Europeo. Como Romanones cuando la Restauración, Berlín también aplica la vieja máxima caciquil de la España del XIX, la que prescribía "haga usted las leyes que ya haré yo los reglamentos". De ahí que, letra pequeña mediante, el reflote de los bancos con cargo a la Unión vaya camino de quedar en nada. La recapitalización directa, único modo, es sabido, de romper el circulo vicioso entre deuda privada y pública, se consumará, sí, pero ad calendas graecas.

Allá por el 2014 lo esperan ahora los avisados. Esto es, cuando el BCE haya asumido el papel de supervisor único de la zona euro. Aunque es probable que, a esas alturas, no quede en pie nada que supervisar en la Península Ibérica. Menos trabajo, debe pensar Draghi. Y la Historia que se repite. En los célebres Ensayos de persuasión el Innombrable aventuró una hipótesis a fin de poder comprender lo incomprensible. En su tiempo, 1919, la locura del Tratado de Versalles, la imposición a Alemania de una carga financiera imposible de pagar. Insensatez idéntica a la que la misma Alemania comete hoy forzando la quiebra de los Estados del Mediterráneo.

Cómo entenderlo, se preguntaba. Porque, igual que Merkel, Schäuble o la gente del Bundesbank, Lloyd George y Clemenceau, los hombres que causaron el desastre al empujar a la República de Weimar a un callejón sin salida, no eran ningunos fanáticos. Tampoco unos ignorantes ni obtusos doctrinarios ciegos ante la realidad. Simplemente, eran políticos que seguían el método Montesori para dar satisfacción a ese niño caprichoso que es la opinión pública. Consecuentes, decían y hacían todas las tonterías que el electorado quería ver y oír, en la esperanza –vana– de que pronto se percibirían como lo que eran. Versalles no fue más que eso, el tributo de la razón a la demagogia de los populistas y charlatanes que agitaban la calle. Como Merkel, jugaron con fuego. El resultado es bien conocido: el ocaso definitivo de Europa como potencia hegemónica. Pero nadie aprende. Nunca. 

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