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José García Domínguez

Autocrítica al banquero Linde

Para ser honesto al señalar con el dedo a cuantos no vieron la burbuja antes de que estallase, el gobernador tendría que haber recitado íntegro el listín telefónico de la provincia de Madrid.

José García Domínguez
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Acaso con el precedente único de Luis Ángel Rojo, el gobernador Linde, del Banco de España, personifica la aquí extraña anomalía del tecnócrata financiero que, sin embargo, resulta ser hombre de vasta cultura. Rara avis ese Linde en el corral de la mesocracia hispana. De ahí lo decepcionante de que alguien como él, conocedor profundo de la obra de Josep Pla, ignorase la gran máxima del maestro en su comparecencia ante el Parlamento. Me refiero, quizá el lector ya lo haya adivinado, a la lacónica sentencia que reza: "Es más fácil juzgar que comprender". En estos tiempos de calvinismos impostados, de chivos expiatorios y de cazas de brujas, lo popular y oportunista es sumarse al auto de fe a voz en grito.

Y lo arduo, como siempre en España, es nadar a favor de la racionalidad, esto es, contracorriente. Así, Linde no ha querido desmerecer una ancestral tradición peninsular, la que ordena que "al moro muerto, gran lanzada". Y es que, para ser honesto al señalar con el dedo a cuantos no vieron la burbuja antes de que estallase, el gobernador tendría que haber recitado íntegro el listín telefónico de la provincia de Madrid. Y aún se hubiera quedado corto. Muy corto. Ejercer de inquisidor macroeconómico a toro pasado es empeño sencillo, un alarde al alcance de cualquiera. Cuán rápido nos hemos olvidado de aquellos prodigios estadísticos tan celebrados por todos, igual a diestra que a siniestra.

Cuando se cantaban al alimón las virtudes del "milagro" económico español; se pregonaba con la fe del carbonero el dogma de que los pisos eran un activo que nunca perdía valor, y mil majaderías por un estilo. Porque ya nadie se acuerda, empezando, ¡ay!, por el gobernador. Ojéense, por ejemplo, las citas textuales de ministros, banqueros y empresarios inventariadas en el libro del catedrático García Montalvo, De la quimera inmobiliaria al colapso financiero. Solo con la saliva ahí inmortalizada, habría para enviar al ostracismo a la mitad del hemiciclo de las Cortes, del palco del Bernabéu y de la sección de bodas y bautizos del ¡Hola! En pareja tesitura que Linde, declarando ante el Congreso norteamericano, Alan Greenspan pronunció una frase imposible entre los nuestros: "Cometí un error". Extravagancias de yanquis, es sabido. 

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