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Cristina Losada

El oráculo y el abejorro

Se esperaba que Draghi apareciera este jueves en uniforme de combate con un bazuka listo para disparar, a fin de bajar las primas de riesgo a tiro limpio; pero salió, por así decirlo, con una pistola de agua.

Cristina Losada
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Ha hablado Draghi y las certezas, más efímeras que nunca, han dejado paso a las incertidumbres habituales. Hace una semana, una docena de palabras del presidente del Banco Central Europeo bastaron para calmar las aguas como por ensalmo. Parecía un milagro. Siete días después, una larga rueda de prensa ha vuelto a agitarlas, y de qué manera. Igual que el mensaje de los oráculos, el del guardián del euro se halla abierto a las interpretaciones. Hay que descifrar las entrañas y, a primera vista, pintan mal. No ha ocurrido el gran prodigio que se creyó, pues era cuestión de fe, que anunciaban aquellas dos frases. Si se esperaba que Draghi apareciera este jueves en uniforme de combate con un bazuka listo para disparar, a fin de bajar las primas de riesgo a tiro limpio; el caso es que salió, por así decirlo, con una pistola de agua.

Ah, sólo eran palabras. La pronosticada intervención inmediata del BCE quedaba aplazada y envuelta en cierta confusión sobre sus condiciones. El termómetro de los mercados bajó, implacable, a medida que el italiano desgranaba la declaración del Consejo de Gobierno, mientras la prima de riesgo escalaba a sus anchas.

Draghi prometió "medidas excepcionales" y "medidas no convencionales", pero su detalle se sometía al estudio de los comités del BCE correspondientes. Sólo entonces se tomaría la "decisión final". Por un instante, vimos a Napoleón, al Bonaparte político que recomendaba sabiamente: si no quieres resolver un problema, nombra una comisión. En consecuencia, se había decidido que decidirían otro día. Entretanto, la prima resolvía acogerse a la doctrina de un cómico chileno que salía en el Un, dos, tres y decía: "Yo sigo".

Bien. Esto es Europa. Los procesos de toma de decisiones son complejos, largos, difíciles. Hay posiciones encontradas y visiones diferentes entre las que alcanzar compromisos. El problema, ay, es que los mercados no esperan. Monti, en La Moncloa con Rajoy, advertía que no reaccionan a los avances de la política, sino únicamente a los éxitos. Me temo que ponía al mal tiempo, buena cara.

En aquella declaración suya de efectos tan portentosos como fugaces, Draghi comparó a la zona euro con un abejorro. No se sabe como vuela, pero lleva volando diez años, dijo, y enseguida se convertirá en una abeja en perfecta disposición de volar. Por el momento, sin embargo, las autoridades del euro confían en la sorprendente capacidad del abejorro.

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