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Pablo Molina

La paradoja progresista de la nevera subvencionada

Las familias sin recursos subvencionarán el cambio de vehículo de las familias con una situación económica más desahogada.

Pablo Molina
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En la segunda legislatura de Zapatero, las comunidades autónomas pusieron en marcha, a instancias y con fondos del Ministerio de Industria, el llamado Plan Renove de Electrodomésticos. En esencia, se trataba de que el gobierno subvencionara el coste de los referidos aparatos, siempre que estuvieran catalogados como de alta eficiencia energética y poco contaminantes.

En esas fechas se rompió la nevera de casa y fuimos a comprar una nueva sin saber que existían estas ayudas públicas, aspecto del que nos informó inmediatamente el amable vendedor, para que no dejáramos pasar un trinque tan jugoso. El problema era que esos aparatos altamente eficientes y ecofriendly eran los más caros –y la mayoría de empresas alemanas–, por lo que, a pesar de la subvención, el presupuesto excedía lo que una familia normal suele dedicar a un frigorífico o una lavadora. El vendedor me confirmó que así era y que, de hecho, la gente con escasos recursos no accedía a estas ayudas porque el precio final, tras descontar la ayuda autonómica, seguía siendo muy superior al de otros modelos no subvencionados. De esta forma, como siempre ocurre con las medidas socialistas, las personas con menos recursos estaban financiando con sus impuestos la renovación de los electrodomésticos de las familias que menos lo necesitaban.

Ayer supimos que los segundos presupuestos más austeros de la Historia incluirán una ayuda de 2.000 euros para cambiar de coche, siempre que el nuevo modelo, como los frigoríficos de ZP, sea respetuoso con el medio ambiente y contribuya a aplacar la terrible amenaza del calentamiento global. Los fabricantes y concesionarios están muy contentos, porque venderán más coches, y los que de todas formas iban a cambiar de automóvil en el corto plazo andan entusiasmados.

En general, la percepción entre los ciudadanos corrientes es que estas medidas son muy beneficiosas para todos, porque, a pesar de las críticas que recibió en su día cierta sabia egabrense, la gente cree que, en efecto, el dinero público no es de nadie. La cuestión es que si una ayuda de 2.000 euros, que suele ser el 10% del precio de un vehículo de gama media, es una medida excelente. ¿Por qué no hacer que el gobierno nos pague el coche entero? "Ah no", responderá el progre de guardia, "porque entonces todo el mundo cambiaría de coche y no habría dinero suficiente". O sea, que el problema aquí no es la injusticia palmaria de que gente con pocos recursos pague con sus impuestos el cambio de coche de unas familias que todavía pueden permitírselo, sino una cuestión meramente técnica de insuficiencia de recursos para dar abasto con tanto trinque.

Extiendan el razonamiento a las exigencias de los universitarios a favor de una universidad pública y gratuita o a cualquier otro sector que viva de la subvención y tendrán una imagen muy ajustada a la realidad de cómo funciona la mentalidad del español medio. Ahora, además, cada vez hay menos dinero público, con lo que el rebaño subvencionado está llegando a niveles psicóticos, tal y como podemos ver en las continuas algaradas callejeras contra los recortes del gobierno.

Eso no es justicia social, ni apoyo a los desfavorecidos, ni defensa de la democracia. Son sencillamente los síntomas que experimentan los drogatas cuando ven peligrar su dosis periódica. Y el trinque tal vez sea el estupefaciente más adictivo.

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