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José García Domínguez

La quebrada y fracasada es Europa, no Chipre

El alboroto histérico en torno a ese pigmeo ridículo, Chipre, ha vuelto a demostrar que la genuina bancarrota de Europa es intelectual, no financiera.

El alboroto histérico en torno a ese pigmeo ridículo, Chipre, ha vuelto a demostrar que la genuina bancarrota de Europa es intelectual, no financiera. Así, los expertos nos explicaron primero que esa pulga flotante no significaba apenas nada, ya que únicamente supone el 0,02% de la economía de la Unión. Un argumento que igual podrán exponer a sus hijas adolescentes cuando vayan a salir solas de noche y algún violador en serie ande suelto por la ciudad. El asunto, pues, carecía de importancia alguna. Al punto de que incluso se nos ilustró sobre cómo arreglarlo sin poner ni un duro, solo repartiendo unas estampitas – "acciones" les llamaban – entre los depositantes locales que iban a perder todos sus ahorros en los bancos quebrados.

Eran, huelga decirlo, los mismos expertos que hoy respiran aliviados porque se ha evitado el apocalipsis del euro merced al acuerdo in extremis. Hay algo esencialmente estúpido en apelar a la recuperación de la confianza como única terapia para salir de la crisis y, al tiempo, destruir la confianza de la gente en que los bancos le devolverán su dinero el día que vaya a buscarlo. Soberana estupidez que es la que ha guiado la estrategia toda de la troika en el sainete chipriota. E idéntica necedad a la que yacía tras la idea de que, por primera vez en la historia del género humano, se podría crear una moneda que no contase el respaldo expreso de un Estado nacional. Porque lo único seguro es que lo de Chipre se volverá a repetir. Y pronto.

En apariencia tan distintos, el comunismo y el fundamentalismo de mercado, las dos ideologías utópicas que se han sucedido en Occidente, tienen mucho en común. El maniqueísmo radical, sin ir más lejos. Bajo el socialismo real, la mínima expresión de autonomía individual era estigmatizada como un atentado contra la colectividad. De modo análogo, para sus herederos intelectuales cualquier intromisión externa en la voluntad de los individuos equivale poco menos que al Gulag. De ahí los escandalizados aspavientos ante la mera sugerencia de que se fijen controles a los movimientos de capitales dentro de la Unión. Controles perfectamente legales y previstos en los tratados, por lo demás. Aunque, en fin, hay algo peor que la fuga de capitales: la fuga de inteligencias en el alto mando de Europa.

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