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Pablo Molina

Por qué nos cae tan bien el ministro Luis de Guindos

A estas alturas todavía no sabemos qué opina De Guindos de la política fiscal pergeñada por su colega Montoro con las bendiciones del presidente.

Pablo Molina
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A estas alturas todavía no sabemos qué opina De Guindos de la política fiscal pergeñada por su colega Montoro con las bendiciones del presidente.

En unos momentos de fuerte contestación social, según reflejan los telediarios de la Secta y las principales encuestas de opinión, es difícil que algún ministro se salve de la quema. Ahora bien, si algún miembro del ejecutivo de Rajoy merece contar con el favor popular es Luis de Guindos, a la sazón titular de la cartera de Economía y Competitividad. La fractura social española en estos momentos, como es bien sabido, radica en la manera de interpretar los "esfuerzos" que el gobierno está pidiendo a los ciudadanos. Unos pocos censuramos al gobierno por habernos subido los impuestos, y además de forma tan brutal, mientras que otros, los que viven del esfuerzo ajeno (hoy amplia mayoría), reprueban a Rajoy por no haber aumentado la presión fiscal mucho más de lo que lo ha hecho. Los primeros somos los contribuyentes y los segundos los trincones netos. Luego están los espectadores de Telecinco, pero esos andan azacanados en debates de mayor enjundia.

El ministro De Guindos es, a efectos fiscales, una figura ampliamente respetada por todos, estén a favor o en contra de la subida de impuestos recetada por Rajoy. La razón es muy sencilla: a estas alturas de la legislatura todavía no sabemos qué opina De Guindos de la política fiscal pergeñada por su colega Montoro con las bendiciones del presidente. Muy a favor no está, aunque sólo sea por la rivalidad debida entre los titulares de dos carteras que deberían estar fusionadas en un solo ministerio como Dios manda, pero tampoco hay constancia de que haya hecho un Aguirre en el seno del Consejo de Ministros, censurando a sus colegas por esa rapacidad impositiva de la que llevan haciendo gala va para un año y medio ya.

En realidad, parece que el bueno de D. Luis es más de la línea puramente determinista de Mariano Rajoy, que atribuye la estocada fiscal atizada a los españoles, sin esperar a cuadrarnos en la suerte, a la inevitabilidad de los mandatos de Bruselas bajo la amenaza de una cruel intervención. Pero lo que llama la atención en nuestro responsable económico es ese optimismo que despliega en todas sus intervenciones, de cuya sinceridad resulta difícil dudar cuando lo ves hablando en el telediario. Su imagen física, evocadora de la típica honradez del ruralicio antes que de la clásica fullería cosmopolita, contribuye a crear un vínculo automático de confianza, y eso que el tío lleva toda su vida trabajando en el extranjero y además habla inglés, cosa absolutamente excepcional entre los ministros del Reino de España que el mundo han sido.

Si Montoro dice que en 2014 esto va a mejorar, nos acordamos de las putadas que nos lleva hechas e inconscientemente nos convencemos de que (otra vez) nos está mintiendo. Ahora bien, eso mismo lo dice Luis de Guindos y uno está dispuesto a conceder, como mínimo, el beneficio de la duda, porque tiene el talento de apuntalar su apuesta con datos francos que, en efecto, echándole algo de imaginación, señalan un cambio de tendencia a corto plazo. Como el anuncio de Gili Toledo de irse a vivir a Cuba, un síntoma definitivo de que estamos muy cerca de iniciar la salida de la crisis, que sólo el PP es capaz de no explotar al máximo por su inabarcable torpeza en el campo de la comunicación.

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