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José García Domínguez

Por qué ha fracasado el euro

Londres apostó por la independencia monetaria y acertó; Madrid eligió la estabilidad cambiaria y se equivocó.

Londres apostó por la independencia monetaria y acertó; Madrid eligió la estabilidad cambiaria y se equivocó.

Tras la historia de ese fracaso, el euro, late una pregunta inocente que a nadie se le ocurrió formular antes de imprimir el primer billete en 1999. A saber, ¿por qué a lo largo de toda la historia de la Humanidad no había existido nunca moneda alguna que careciese del respaldo de un Estado? ¿Por qué nadie había querido hacer jamás el experimento que los europeos nos proponíamos emprender coincidiendo con el cambio de siglo? Y al igual que sucede con esas muñecas rusas, las matrioskas, la pregunta inocente que nadie formuló encerraba en su seno otras dos acaso no tan cándidas. La primera es por qué se sabía que el euro iba a fracasar. La segunda inquiere por la razón de decidir implantarlo sabiendo que fracasaría. Pues, a diferencia de la Gran Recesión, el colapso del euro no ha constituido una sorpresa para muchos economistas de primer nivel. De hecho, cualquiera que hubiese leído un librito publicado por Robert Mundell allá por 1950, Teoría de las zonas monetarias óptimas, intuía que el asunto no iba a funcionar. Mundell, que después fue asesor áulico de Reagan, creó el marco conceptual para discernir cuándo es útil alumbrar una moneda y cuándo no. Algo que en lo sustancial depende de tres circunstancias.

La primera apela a la intensidad de la integración económica entre los territorios. A mayor volumen de intercambios, más beneficios mutuos por el hecho de compartir idéntica divisa. La segunda remite a las asimetrías. Cuanto más diferentes sean las industrias de los partícipes, mayor necesidad experimentarán de practicar políticas monetarias distintas, distantes y hasta opuestas. La tercera, en fin, alude a la fuerza de los mecanismos compensatorios de esas divergencias; en especial, a las transferencias del Gobierno central y a las migraciones internas. Así, la estructura económica de la zona euro no resulta mucho más heterogénea y desigual que la de la zona dólar. Hay, sin embargo, una pequeña diferencia: un abogado de Soria no puede emigrar mañana a Helsinki o Budapest, pero a uno de Kansas nada le impide instalarse en Nueva York. Ningún arancel, ni el más proteccionista del mundo, sería capaz de distorsionar tanto los mecanismos del mercado como un montón idiomas indoeuropeos esparcidos al azar sobre un mapa. Pero aún hay algo más que tampoco se le ocurrió a nadie en 1999. Miremos otra vez a Estados Unidos. Producen cientos de películas al año, sí, pero todas en Hollywood. Inundan el planeta de deslumbrantes juguetes informáticos, sí, pero todos salen del Silicon Valley.

Por alguna razón, las industrias de un mismo ramo tienden a juntarse en el mismo sitio. Les llaman clusters y constituyen una tendencia universal. Y eso significa que las divergencias asimétricas son el futuro, no el pasado. Oporto jamás se parecerá a Múnich. Al contrario, cada vez resultará más distinto. La convergencia, ¡ay!, es un camelo. ¿Por qué, entonces, se implantó el euro sin mayor dilación? Pues por una razón muy simple: porque no quedaba otro remedio. El euro no fue una opción sino una necesidad, una necesidad imperiosa. El día que Europa decidió abrir la caja de Pandora de la libre movilidad del capital el destino del euro estuvo escrito. Es lo que Jean Pisani-Ferry, del think tank Bruegel, llamó "el despertar de los demonios". Y es que en ese mismo instante surgió un dilema –o trilema, mejor– insoluble. Porque simplemente es imposible que un país disponga a la vez de una moneda estable, libertad de entrada y salida de capitales e independencia en su política monetaria. Total, absoluta, radicalmente imposible. No queda más remedio que optar por dos de esos objetivos y renunciar de grado al tercero. Así las cosas, Londres apostó por la independencia monetaria y acertó; Madrid eligió la estabilidad cambiaria y se equivocó. Los antiguos sabían muy bien lo que hacían: una moneda que no esté anclada a un Estado, más pronto o más tarde, devendrá un barco a la deriva. Un Titanic del que nadie puede huir.

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