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Manzanas o reformas

Que Merkel esté más preocupada por el desempleo de estas naciones que sus dirigentes es de por sí bastante patético.

GEES
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El martes se reunieron en Bruselas los mandamases europeos para hablar de evasión fiscal y energía. Hablaron de paraísos fiscales, secreto bancario y deslocalizaciones de empresas, asuntos sobre los que carecen de poder para obligar a terceros. Tampoco acordaron unificaciones impositivas, lo que hay que agradecer al dispar (in)cumplimiento del equilibrio presupuestario entre los países europeos.

Así que volcaron su entusiasmo en la cacería de Apple desatada en Estados Unidos, donde, cuando creíamos haberlo visto todo, un senador muy indignado arremetió contra una compañía americana por no pagar suficientes impuestos… en Irlanda.

Sobre energía, el país que depende en un 75% de la atómica –Francia, gracias a De Gaulle– le dijo al que tiene las mayores reservas de gas de esquisto, Polonia, que debería hacer como él y no explotarlo. Uno se pregunta si el objetivo de algunos es promover la cooperación internacional, la productividad o solo causar vergüenza ajena.

Es, pues, la enésima representación teatral para fingir hacer algo –mordiendo a Apple– en lugar de reformar los Estados del Bienestar. Pero la reunión cubre una finalidad real: seguir viéndose las caras en la tregua que permite a Francia y España, destacadamente, levantar el pie en la reducción del déficit a cambio de reformas estructurales.

Que Merkel esté más preocupada por el desempleo de estas naciones que sus dirigentes es de por sí bastante patético, pero el impulso a reformar viene también por otra vía.

Se intuye el agotamiento del llamado keynesianismo. Ciertamente Japón, país enganchado a este para salir de la depresión durante dos décadas con fracaso notorio, ha puesto en marcha un plan de choque que, no se olvide, incluye reformas estructurales, pero tanto Inglaterra como América tantean cómo salir de la espiral de deuda comprada con impresión monetaria.

El nuevo gobernador del Banco de Inglaterra apuntó a la urgente necesidad de tomar medidas: citó la unión bancaria y la reforma laboral conjunta de Europa con un seguro único. Por de pronto, el gobernador saliente, retenido por sus compañeros de consejo, no da rienda suelta a más compras ilimitadas, 375.000 millones de libras les contemplan, de deuda. Bernanke mismo, con el no menos notable peso de 85.000 millones de dólares mensuales, teme que la inflación, generada hasta ahora fuera, especialmente en países con monedas vinculadas al dólar, regrese a casa. La era keynesiana muere, lo que desquicia al FMI (17% de contribución americana, o sea propiedad de Obama), que hace aspavientos para retrasarlo. Es difícil salir de las flexibilizaciones cuantitativas, vulgo financiación con aire de la deuda pública. Es imposible evitar subir los tipos a los que se deberá devolver en el futuro la inmensa cantidad de deuda incurrida en estos años por el Estado del Bienestar. Menos mal que en la Zona Euro la impresión de moneda y la inflación causaban erisipela en latitudes germanas.

Como nadie quiso hablar de esto, se entretuvieron pegándole otro mordisco a la manzana y hablando de Aznar.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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